Por los caminos de la buena narrativa

«UMBRALES»

Por José L.Guarino

Diecinueve  cuentos integran el libro «Umbrales» de Estela Rodríguez Lisasola, publicación del Taller Literario Horacio Quiroga dependiente de la Intendencia Municipal de Salto.

También incluye siete poemas intercalados, de los que por el momento no nos ocupamos, dado que el propósito del presente trabajo se relaciona con la parte narrativa del  referido texto.

Lo primero que sobresale en la obra de Estela es un deliberado y sostenido intento de captar elementos esenciales, con desinterés por lo obvio o complementario.

Lo demuestran la brevedad de sus cuentos, y hasta el titulo mismo del libro. Una sola palabra: «Umbrales», que está referida a lo liminal, es decir a sensaciones que, caen debajo de la conciencia, o que por su debilidad son captadas sólo parcialmente. Lo que queda más allá del conocimiento pleno logrado a través de los sentidos tradicionales.

De ahí que el lector se encuentra con un panorama de claroscuros, que lo obligan a asirse a los hilos argumentales y superar los vacíos con su imaginación.

La narración gana en intensidad y brinda un espejo de lo real, pero no se limita a lo mimético, porque también abarca un panorama de lo posible y lo probable, que quedan en penumbras, pero que se intuyen. Porque, seguro timonel de su prosa, la narradora elige los caminos más breves y contundentes para llegar a buen puerto, y llega triunfalmente, sin desvíos ni retrasos. Queda así , el deseo de conocer más sobre personajes apenas esbozados, y que no obstante permanecen como tallados a cincel en la memoria; o sobre escenas solo delineadas, y que a pesar de ello, impactan por su plenitud y convicción. Pero este efecto que trasciende la lectura, es lo mejor que le puede ocurrir a un cuento, y el logro mayor de un cuentista.

Las páginas contienen una variedad de ejemplares, de distintas clases sociales, diversos lugares de procedencia, niveles económicos y culturales, costumbres, preferencias, y hasta estados psíquicos y mentales.

En ese variado panorama, la narradora testigo conduce al lector – por ejemplo- por la severa adustez de «Isabel, Adela y Petra»; el macabro regodeo del anónimo personaje de «Monodia»; la moira inapelable de «Los niños de los Inturri»;  los vericuetos de «esos destinos que transcurren en voz baja», de «Cinco Cartas»; esa  especie de reencarnación en una foto de antaño,  en «Elena»: la contenida desilusión de Julia en «De Utopías y Desencantos»; la constatación de que existen personajes como Ismael Costa, en «Los Otros»; el grito del nombre propio «para no perder también lo único que le quedaba » en «Ruptura»;  el rescate de esos desenlaces que pudieron ser, pero no fueron, en «Otra historia»; el misterio de «La mujer de la casa verde»; esas manos de mujer que, «entre lunas y amaneceres», anudan dos historias en una sola, en «Absurdas coincidencias» o esos destinos inescrutables de ángeles y de cruces en «Hacia atrás».

Fina elaboradora de sus atentas y lúcidas observaciones, la autora de «Umbrales»,  nos ofrece un decantado cuadro de  personajes erguidos en la carnadura de lo creíble,

y diversidad de asuntos que tocan lo psicológico y lo sociológico, lo cuerdo y lo patológico, en palpitantes tajadas de humanidad, compendio no solo de nuestro tiempo, sino de esa suerte de destino del que las sociedades no  pueden o no quieren liberarse.

En su conjunto, son también una apuesta a la memoria de las visiones, intuiciones y emociones que el ser humano experimenta,  que  mueren con las personas, a menos que  el arte los fije indeleble y definitivamente, como en este caso.