Postales y Fotografías, del salteño Daniel Abelenda Bonnet

Son cuarenta poemas publicados bajo el título “Postales y Fotografías”. Son cuarenta postales y fotografías agrupadas en ocho secciones (Arte poética, Postales familiares, Postales montevideanas, Postales uruguayas, Air Mail, Postales políticas, Postales filosóficas y Posdata), que forman parte de la vida de este poeta nacido en Salto y radicado en el departamento de Colonia desde 1970. Al nuevo libro de Daniel Abelenda Bonnet nos estamos refiriendo: una colección de imágenes confeccionadas con palabras (aunque lo gráfico propiamente dicho no falta, por ejemplo en el sello postal de la ciudad de Salto que está en las primera páginas), donde Salto está explícitamente presente, además, en la página 25, donde nos encontramos con…
SALTO
Respirar aquel aire verde
De los naranjos y azahares
Y el Río-Padre pasando
-como se pasan los años-
Pintando rojos horizontes
Entre ceibos y cantos rodados.
Desde las barrancas de Arenitas Blancas
Yo me veo parado en mis 6 años
Mirando los hombres bajar de los botes
Con sus redes llenas de dorados, surubíes.
El niño mira con ojos de asombro
-la irrepetible mirada del alma-
El paisaje que quedará grabado
Para siempre en su memoria.
Una voz personal
Quienes conocemos la trayectoria literaria de Daniel Abelenda, podemos seguramente coincidir que “Postales y Fotografías” es el libro que lo consolida como poeta, en tanto supera en nivel al primero (“30 poemas”) y muestra a un autor que ha encontrado su propio estilo poético, su propia voz como se dice habitualmente.
Prólogo
El prólogo está escrito por un destacado intelectual, Hugo Giovanetti Viola, se titula “El señorío de la vida” y dice: “Postales y Fotografías, el segundo poemario de Daniel Abelenda Bonnet, nos enfrenta a una especie de álbum/ balance de la vida de un escritor que confiesa, a través de una cita inicial de Juan Gelman, sentirse obligado por los dolores ajenos a ejercer un oficio que no es el suyo. Y este despojamiento de toda pretensión de rimbombancia fatua lo hace contemplarse (y contemplarnos) trilcemente las mediasuelas del alma (Vallejo y Serrat dixit) desde el primer poema: Trato de llenar la página/con pobres palabras/que rescaten mendrugos/de mi vida aunque/no maten el hambre/y me dejen aún sediento / (Sólo el silencio es elocuente). Este silencio, por otra parte, para un cristiano confeso como Abelenda, remite inmediatamente a la escena del Evangelio donde el ya muy latigueado Hijo del Hombre calla frente a Pilatos. La Verdad Invisible sólo reverberará si reina en la hondura del iceberg. Y es por eso que el perfume poético más sugerente de Postales y Fotografías lo obtienen textos como 60 Malvín o Cuadernos Tabaré, donde aflora la técnica de un narrador policial que ha digerido aplicadamente a maestros como Chéjov, Hemingway y Carver, y es capaz de hipnotizarnos transportándonos a un vértigo de cornisa. Pero Abelenda también minimiza filosofando con la eficiencia de los koans, y tanto en Don Quijote y Sancho como en 25 Watts le encaja rendidores palazos a la piñata:
Los gigantes, amigo mío/nos parecerán tales/únicamente/cuando nosotros/estemos de rodillas.
Lo peor de la gente mala/es el silencio/de la gente buena/ Lo peor de ser pobre/es que consume/todo el tiempo del mundo.
Y hay una tercera línea verticalizadora de decisiva importancia en este poemario, y es la feroz condenación irónica de una culturosis uruguayista pelotuda, hipócrita y demagógica que actualmente –después que los aislados tsunamis celestes de Maracaná y el Obelisco fueran licuificados por la restauración burguesa de la Republiqueta Ponsonbylándica de Salsipuedes y el progresismo posmoderno- parece haber consumado la traición largamente anunciada del arquetipo artiguista ¿Qué se nos fizo la Suiza de América?
Pero Abelenda no renuncia a la profecía de la nueva Humanidad y en el poema A Líber Falco (intertextualizando nada menos que a Dylan Thomas) machaca con fe crística: Amasaste panes y poemas/ para ahuyentar el invierno/ y el hambre tan prosaica/ que se colaba cada noche/ entre los ranchos de lata/ de tu barrio Jacinto Vera. ¡Y el silencio no tuvo señorío! Te entintaste las manos/ entre grises imprenteros/ -tan anónimos como vos-/ pero a ellos dedicaste/ tu entrañable “Despedida”/ para seguir girando como un trompo/ con los colores de la vida/ ¡Y la muerte no tuvo señorío!
Hasta que en Estado de Sitio nos desafía advirtiéndonos con una tensa calma: El miedo –o el coraje- se aprenden duramente.







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