Presentaron el libro “La definición justa”, un diccionario raro y tan singular como su propio autor

Ambrose Bierce contra todos

(Cultural, El País)
No hay diccionarios completos, pese a que los hay de todo tipo y de casi todo: de economía, de medicina, de símbolos y por supuesto de lenguas. Y hay diccionarios raros, tan singulares como sus autores. Está, por ejemplo, el del francés Gustave Flaubert, que entre las tribulaciones amorosas de Emma Bovary y los dilemas espirituales de San Antonio tuvo tiempo de comenzar aunque dejó inconcluso un Diccionario de lugares comunes, con definiciones tan sarcásticas como las de «nervioso»: «Se usa cuando no se sabe nada de una enfermedad» u «obrero»: «Siempre honrado, cuando no hace huelgas», o tan sublimes como la de «disección»: «Ultraje a la majestad de la muerte». fotocultura
Más acá en el tiempo, sorprendió con un diccionario el argentino César Aira. Su Diccionario de autores latinoamericanos, ampliamente elogiado por Enrique Vila-Matas, arremete contra un montón de vacas sagradas y hace emerger a un puñado importante de autores menores o que no siendo menores fueron marginales al canon; para Aira, Sábato fue una especie de bluff y Arlt el mejor novelista argentino, por citar dos ejemplos.
Pero si hay un diccionario del que pueden extraerse definiciones memorables una y otra vez, ese es sin duda el del estadounidense Ambrose Bierce titulado El diccionario del diablo, del que acaba de salir traducida una edición íntegra en Galaxia Gutenberg.
EL GRINGO AMARGO
Ese generoso compendio de misantropía que luego fue Ambrose Gwinett Bierce —periodista, editorialista y narrador— nació en Ohio en 1846 en una familia de granjeros calvinistas. Los nombres de sus once hermanos también empezaban con la letra «a», un detalle que ciertamente hace pensar en diccionarios. Los datos más relevantes que se conocen de la vida de Bierce tienen que ver con su matrimonio, una relación no muy bien avenida que dio tres hijos pero terminó en divorcio (y del que sin duda obtuvo material para muchas entradas de su libro más famoso); con su trabajo como periodista sobre todo en la ciudad de San Francisco (estuvo a las órdenes del magnate William Randolph Hearst, dueño del Examiner e inspirador del filme El ciudadano de Orson Welles); con su pasaje por la Guerra de Secesión del lado de los unionistas; y con su misteriosa desaparición en tierras de Chihuahua alrededor de 1914, cuando con más de setenta años fue a pelear por la Revolución Mexicana y se le perdió el rastro.
Bierce, amigo de Mark Twain e inspirador de Lovecraft, fue conocido como el «amargo» por su evidente capacidad de ver el lado oscuro de lo humano antes que cualquier otro. Su experiencia como topógrafo en el marco de la guerra civil, inspeccionando y relevando los posibles campos de batalla, y el hecho de haber combatido en algunas de las más cruentas no fue precisamente de ayuda para cambiar su visión negativa acerca de la naturaleza humana. Pero al igual que ocurriría con Salinger o con Hemingway a propósito de la Segunda Guerra Mundial, el pasaje por la guerra le permitió a Bierce escribir algunos relatos memorables. «El incidente del Puente del Búho» es uno de los mejores ejemplos de manipulación inteligente hacia los lectores (el otro en esa dimensión podría ser el náutico Benito Cereno de Melville): muestra cómo un civil esclavista es condenado a muerte por ahorcamiento en el medio de un puente y aunque lo vemos cumplir su sueño de evadirse, esquivar los disparos, nadar hacia la orilla, regresar a su casa y ver una posible imagen de la felicidad, el relato nos estaba contando otra cosa. Niveles de impotencia parecidos asoman en otros relatos bélicos como «Uno de los desaparecidos» o «El caso del desfiladero de Coulter», éste último con un componente terrorífico, mismo que encontramos en el críptico «Un habitante de Carcosa» donde un muerto que camina termina hallando su tumba.
SIN CENSURA
Pero Bierce no solo relató tragedia. Buena parte de su obra tiene que ver con un ingenio cargado de cinismo, sorna y absurdo, una efervescente destilería de veneno por la cual no solo cobró buenos salarios sino que tuvo la libertad de encarar como quiso, sin censura, aunque las cartas de lectores incomodados por su estilo fueran numerosas. Por ese lado viene el Diccionario del diablo, libro que se fue armando por entregas y a modo de folletín en distintos medios de prensa. Poco antes de desaparecer Bierce reunió su obra en doce volúmenes y por alguna razón dejó afuera una porción significativa del diccionario. Esta edición a cargo de Ernest J. Hopkins, profesor de periodismo de la Universidad de Arizona, lo presenta íntegro.
Para dar cuenta de cómo es este libro y porqué sigue vigente no hay más que anotar algunas de sus entradas. «Abdomen, s. Altar que guarda el objeto de la más sincera de las devociones del hombre»; «Amistad, s. Barco lo bastante grande para llevar a dos cuando hace buen tiempo, pero solo a uno cuando empeora»; «Cadáver, s. Persona que manifiesta el grado más elevado posible de indiferencia que puede aceptarse para corresponder a la solicitud ajena»; «Celoso, adj. Indebidamente preocupado por la conservación de algo que sólo puede perderse si no merece la pena conservarlo»; «Entrevista, s. En periodismo, confesionario donde la vulgar insolencia presta oído a las necedades de la vanidad y la ambición»; «Impunidad, s. Riqueza»; «Política, s. Lucha de intereses disfrazada de debate de principios. Gestión de los asuntos públicos con vistas al beneficio privado»; «Noviazgo, s. Tímidos sorbos que dan dos almas sedientas a una copa de vino que ambas pueden vaciar fácilmente pero ninguna está en condiciones de rellenar»; «Religión, s. Acogedor árbol en el que han anidado todos los pájaros confusos»; «República, s. Forma de gobierno en la que se administra una justicia igualitaria a cuantos puedan pagársela»; «Virtudes, s. Ciertas abstinencias»; «Voto, s. Instrumento y símbolo del poder de un hombre libre para quedar como un necio y arruinar a su país».
Algunos vocablos tienen más de una entrada, y no todos tienen definiciones tan ingeniosas y breves.
En algunos casos Bierce añade poesías y anécdotas de otros autores o cita autores apócrifos inventados por él y aunque muchas resulten ser entradas de peso no hay como sus sentencias más concisas y lapidarias.
En su totalidad, El diccionario del diablo evidencia dos cosas: una capacidad de escritura notable —por su léxico, contundencia y originalidad—, y un espíritu totalmente desencantado con la humanidad y sobre todo con su facción bienpensante. Un recuento no exhaustivo permite comprobar que la mayor parte de sus dardos se reparten entre tres categorías: las relaciones interpersonales (amor, amistad, pareja, hijos y todas sus variables emocionales y sexuales), la política (y su telón de ideologías, personajes, guerras y finanzas) y la vida espiritual (donde de la religión a la filosofía la picadora de Bierce no deja monumento en pie).
El diccionario del diablo en su conjunto no es para leer de un tirón, no solo porque ningún diccionario en principio lo es, sino porque esta lectura en particular puede resultar agobiante. El sarcasmo, la sátira, la ironía, el cinismo, la burla y la crítica amarga de Bierce hacia todo y todos puede hacer reír al comienzo, incluso por su cualidad sorpresiva. Pero a medida que avanza se aprecia mejor que esta no es para nada la obra de un humorista, sino la de un soldado kamikaze de una revolución personal y perdida. Dijo Bierce que el humor es un vino dulce y el ingenio un vino seco y que bien sabemos cuál prefiere el conocedor auténtico. A su salud.
EL DICCIONARIO DEL DIABLO de Ambrose Bierce. Galaxia Gutenberg, 2017. Barcelona, 360 págs. Trad. de Vicente Campos. Distribuye Océano.







El tiempo

Ediciones anteriores

noviembre 2018
L M X J V S D
« oct    
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
2627282930  

  • Otras Noticias...