Promotores de inclusión y accesibilidad

Entramos en la última semana de vacaciones, donde las madres empiezan a vivir la locura por la compra de las túnicas y la selección de los uniformes liceales, al tiempo que los padres, junto con las madres en muchos de los casos, se aprontan para vaciar sus billeteras y comprar todo lo que al niño, niña o adolescente le haga falta, para ponerse la mochila e ir por un nuevo año educativo.
Preparar ese regreso a clases es todo un trámite. Anhelado por los niños que buscan el reencuentro con sus educacioncompañeritos y ansiosos por saber con qué y con quiénes se encontrarán en este nuevo ciclo de aprendizaje, la vuelta a clases también anhelada por los padres que entendemos que tres meses de vacaciones es mucho y que si tanto queremos imitar a los países de excelencia educativa, que son preferentemente Canadá y los de origen escandinavo, tendríamos que imitarlos hasta en el tiempo que ellos adoptan para interrumpir su proceso educativo donde consideran que 5 semanas de vacaciones ya es suficiente.
Pero nosotros no, porque si adoptamos ese sistema, el turismo se nos cae, y es el segundo ingreso más importante del país, el cual lo constituye la llamada “industria sin chimenea”, y para eso el Uruguay presenta 300 kilómetros de playas en la costa este del país y genera un movimiento económico que debe cumplir su ciclo para poder sacar dividendos. Por lo tanto, doce semanas parece ser el promedio de las vacaciones de verano en Uruguay, casi la totalidad de lo que dura la estación en sí, porque de otra manera, hay riesgo de que las cosas no anden.
Asimismo, en nuestra sociedad tenemos de todo. Instituciones que se preocupan por elevar su nivel académico, por fortalecer la instrucción pedagógica de sus docentes, por capacitar a su personal para mejorar la gestión, por cumplir con los postulados de ser un centro educativo de alto rendimiento y de ofrecer un nivel académico de muy buena calidad que marque la diferencia en nuestro medio y hasta podrían desafiarse ser reconocidos en todo el país.
Esto suena todo muy lindo, pero a la hora de enfrentar situaciones que puedan marcar esa diferencia, por tener que atender a ciertos alumnos los cuales por sus características particulares pueden llegar a ser simplemente distintos a los otros; en vez de asumir ese desafío de poner a prueba su calidad académica con estos casos y de medir la capacidad pedagógica de sus docentes tratando de contenerlos y aceptándolos en un marco de igualdad de oportunidades, cumpliendo con un principio básico como lo es el de la accesibilidad, lo que de cumplirse termina enalteciendo más aún a una institución, hacen exactamente lo contrario, los rechazan y evitan de esa forma hacerse cargo de alguien que puede llegar a presentar una distorsión en el equilibrio que consideran haber alcanzado para el normal desarrollo de sus actividades.
Este tipo de opciones que adoptan los directores de centros educativos, donde este caso en particular está basado en uno del sistema privado de nuestro departamento, lo que hace es mostrar la falta de capacidad que tienen tanto las autoridades como los docentes del lugar para educar y contener a jóvenes del estrato social que fuere, pero con las características que traiga él en sí mismo.
Allí opera el temor, que ya es decir bastante, porque si lo sienten, eso demuestra ser instituciones endebles y no sólidas. Temor a que el hecho de incluir niños y adolescentes con capacidades o conductas diferentes en sus instituciones pueda llegar a ser un factor distorsionante de la forma que tienen de gestionar el lugar, de la manera que tienen de controlar a sus alumnos, de la capacidad que tengan para enfrentar retos como el caso de tener que atender a personas diferentes y que eso desnude en cierta medida que la calidad de sus servicios no sea tan excelente como ellos mismos la promueven y que tampoco tengan la preparación necesaria como para enfrentar desafíos educativos que enaltezcan a la institución.
Un centro educativo debe ser un faro de luz para la comunidad, debe promover educación de vanguardia y ésta no se da solamente en las aulas, sino que debe apuntar a la promoción de valores tales como la inclusión, la igualdad y apostar a construir una sociedad mejor, pero desde las acciones puntuales de todos los días, buscando que cada niño o adolescente que busque refugiarse en sus salones de clase sea contenido de la manera adecuada, de una forma integral, buscando ayudarlo a crecer y a desarrollarse como ser humano, como persona, y como parte de una comunidad educativa, la que debe enfrentar retos todos los días y no de una que busque deshacerse de los que puedan aparecer como futuros problemas, ya que en este caso, la atención de un niño con dificultades no debe ser visto de esa manera, sino como un desafío a enfrentar.
El tema es que las instituciones educativas también son empresas que deben cuidar un todo complejo. Deben priorizar no solo el cometido de la educación, sino que además, deben cuidar la comodidad de sus clientes, que son los educandos, en realidad la de sus padres que son los decisores, es decir son aquellos que deciden qué mercado consumir, a qué o a quién pagarle lo que le pide para que le brinde educación a sus hijos. Y en el caso de ser los elegidos, esas empresas que venden servicios educativos deben cuidar, no digo a cualquier precio ni mucho menos, pero sí deben velar por mantener el interés de ese estudiante y para esto deben hacerlo sentir cómodo.
En ese sentido, hay un ingrediente de mezquindad en todo esto que ciertamente rechaza la inclusión y la accesibilidad de cualquier niño o adolescente como principios rectores en algunos centros educativos.
Esto a mi juicio es algo preocupante, lamentable y ojalá no ocurriera nunca. Porque ojalá todos los centros educativos se ocuparan de elevar su nivel académico y de prestigiar a sus instituciones, ocupándose de todos los que busquen educarse en sus aulas, pero mientras la mentalidad de sus autoridades practiquen lo contrario, la falta de centros educativos de los que uno pueda enorgullecerse por su excelencia se darán de una manera distinta y hasta diría yo, muy penosa.

Hugo Lemos







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