Ramón Guido Silva: de poeta y de loco…

Hace poco tiempo, en una rueda de amigos surgió el tema: ¿Guido Silva vive? Nadie supo responder con certeza en el momento. Después, pude saber que había fallecido en Villaguay (Entre Ríos) el 20 de setiembre de 2013, a los 95 años de edad. Y que, aunque anduvo por nuestras calles varios años, había nacido en Concordia, en 1918. Los veteranos que integraban aquella rueda recordaban, entre otras, estas cosas: que se decía poeta, músico, pintor; que andaba por las calles vociferando sus poemas a viva voz; que afirmaba que “los políticos son corruptos encaramados en el poder”; que sostenía que “hay un mundo invisible que clama por nuestra cordura” y estaba dispuesto a demostrar su existencia; que pregonaba un “Movimiento a favor de la Redención de la Belleza y en contra de las Pruebas Nucleares”; que adhería a la lista 2215, de Fermín “Gordo” Pose. (Los anteriores, son recuerdos aportados, en especial, por el Dr. Eduardo de Rezendes).
“Fue un espíritu artístico”: No hay demasiado acuerdo acerca de cuántos libros publicó, pues se trataba en definitiva de pequeños folletos construidos artesanalmente, que luego se iban diseminando por la ciudad. Tengo uno en mi biblioteca, se titula “Poemas a Lucy”, de formato pequeño, pocas hojas y de contenido absolutamente desparejo en cuanto a nivel literario. Esa fue su característica en todo lo que hizo, la falta de criterio selectivo quizás, lo que lo llevó a ser un artista de un gran desorden, descontrolado, de muy notorios altibajos en sus creaciones. En su libro “Literatura de Salto”, Leonardo Garet menciona que Guido Silva reunió poemas en el libro “Preludio”, de 1946. Y agrega: “Fue un espíritu artístico acuciado por la necesidad de trascendencia. Dispersaba sus bocetos poéticos en medio de un delirio pocas veces controlable”. Por su parte, el crítico de arte montevideano Pablo Thiago Rocca menciona el libro “Impactos del Infinito”, editado en Montevideo en 1951, al que pertenece el poema “Recordación” que seguidamente compartimos.
Artista inclasificable y audaz: Las siguientes son palabras de Pablo Thiago Rocca: “Ramón Guido Silva, Silvita o Cacho para sus familiares, pasó a engrosar esa triste nómina de artistas inclasificables y audaces que en vida se los trató con indiferencia. Creador de una obra que aspiraba a la integralidad de medios y recursos, tan despareja en calidades como diversa en motivos…”. Cabe agregar que en el año 2013, Rocca estuvo en nuestra ciudad y disertó sobre este artista en una especie de homenaje que se le tributó, además de hacer entrega al Museo Olareaga Gallino de dos pinturas de Guido Silva, como había sido su voluntad.
“Fue sin duda un loco… pero se le debe reconocer…”: Douglas Simonet escribió una vez: “Lo conocí allá por fines de los años cincuenta o principios de los sesenta, cuando yo era estudiante de preparatorios, todo el mundo estaba convencido que Ramón Guido estaba loco. Por esa época había tomado notoriedad por su, en ese entonces, famoso poema de “Los tallarines”, concebido seguramente en una larga, fría e interminable noche de invierno y hambre, poema que sería interesante rescatar del pasado para compararlo con algunas letras de exitosas canciones actuales”. Y luego continúa: “Ramón Guido Silva fue sin duda un loco, cuya mediocre obra pasó al olvido sin pena ni gloria, pero se le debe reconocer que captó claramente, seguramente de forma intuitiva y no explícita, que la escritura es una forma de expresión limitada y que el mensaje es mucho más poderoso cuando se integra el lenguaje escrito con los símbolos, la imagen y el sonido. Creo también que llegó más lejos; al considerarse semántico, seguramente apuntaba a una comunicación mucho más simbólica que la poesía, la música o la pintura convencionales”.

RECORDACIÓN
¡Murieron los relojes de cadena!
Y en su lugar se luce
una pulsera.
Pulseras! Pulseras! Pulseras!
Pulseras!… Pulseras!… Pulseras!…
¿Dónde están
las fuertes cadenas
con que ataban los ríos de las horas
antiguas personas buenas?
Cadenas… cadenas… cadenas…
Sobre los vientres arrobados
de aquellas personas buenas
brillaban silenciosas
en su orgullo de reinas.
Pero no eran agresivas
esas fuertes cadenas
-¡tenían el alma cándida!-
y noble la materia.
Hoy en su lugar lucimos
concreta una pulsera.
Mas, qué cambio de frente…
¡y qué maneras!
Las fábricas resoplan todo el día
para ofrecérnoslas.
Pero ¿qué hacen las fábricas, vacías,
después de tanto afán y cruel porfía?
Relojes, relojes, más relojes;
más relojes, más relojes, todavía…
Giran las ruedas, las correas bracean.
Ruedas gigantes y pequeñas ruedas.
Aulladas voces sobre la marea.
Los cables, van y vienen
con esquelas.
Y el ama sola
en silenciosa espera.
Relojes, relojes, más relojes;
más relojes, más relojes de pulsera.
Por todas partes y en feroz condena
¡montando las muñecas!
como arañas trepadas y mordiendo
los feroces relojes de pulsera.
Y qué blasón …
y aire, fuera!
Las agujas, fatídicas conversan
solamente de crímenes y guerra.
Los periódicos gritan.Las emisoras velan.
Pasan
los automóviles con secretos ¡que hielan!
Relojes, relojes, más relojes;
más relojes, más relojes de pulsera.
¡Ah!… Ya no existen las pausadas cadenas
con que ataban los ríos de las horas
en otro tiempo las personas buenas!…
¡En su lugar se mira
esa implacable guardia de pulseras!
Mientras somos más rápidos; mientras en el alma ¡nieva…!
Agujas, agujas, agujas;
Más agujas, más agujas, más agujas,
¡más agujas…
para los feroces relojes de pulsera!
Guido Silva







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