Relatos de Hermann Hesse: El vértigo de la lentitud

El libro RELATOS ESENCIALES, del célebre autor alemán Hermann Hesse, fue editado por la editorial Lumen, en este año, en Buenos Aires, con 504 páginas. En nuestro país es distribuido por la empresa editorial RandomHouse Mondadori.

Ayer, en el Suplemento Cultural del diario El País, la  periodista Mercedes Estramil, regala una munida nota sobre los relatos del célebre escritor, titulada Relatos de Hermann Hesse.

LA NOTA

LA TAN MANIDA frase de que Hermann Hesse fue viejo cuando fue joven y joven cuando fue viejo, es particularmente aplicable a sus relatos iniciales, escritos demasiado cerca de una adolescencia y primera juventud dolorosas y sensibles. De nacionalidad germano-suiza, Hesse había nacido en 1877 en Calw (Alemania) en una familia de misioneros cristianos que no captó del todo ni con alegría su intención profunda y temprana de ser poeta. Tanto no la captó que no pudo evitar que Hesse deambulara infeliz por numerosas escuelas y manicomios, atajando ideas suicidas precoces hasta que por fin dejó el aparato educativo institucional y se dedicó a trabajar, primero como relojero y luego como librero. Fue esta última actividad la que le dio el pase definitivo a lo único que le importaba: escribir. En 1904 su novela Peter Camenzind le reporta los primeros beneficios económicos. Es también el año de su primer y complicado matrimonio (tendrá otros dos: uno no consumado, y otro más gratificante a sus cincuenta años). En cada una de esas etapas iniciales el sino de Hesse parece estar bajo una dramatización extrema de lo que no son más que dificultades inherentes a la vida y que su sensibilidad especial dotó de características más intensas. Ni qué decir que se reflejan con precisión en su escritura, pero con la suficiente tangencialidad para no caer en confesiones autobiográficas.

APRENDICES.

La mayoría de estos Relatos esenciales recogen textos escritos por Hesse entre 1903 y 1919 (sólo los cuatro últimos pertenecen a 1925, 1948 y 1953) y forman parte de una narrativa realista de signo romántico, donde la naturaleza juega un papel subrayador de emociones y sentimientos, donde sobreabundan los mensajes moralistas y cierto tono majestuoso y trascendente, y donde cada movimiento de sus personajes es revisado a la lupa del detalle y la reflexión. Hay que decirlo: en estos relatos Hesse apenas sobrevive a los tiempos que corren (o, en otra interpretación, son estos tiempos los que han perdido capacidad de sobrevivencia frente a lo que sigue siendo una literatura de calidad, perfeccionista y sobria, pero lenta y preciosista).

Las historias son altruistas y didácticas: el chico que se enamora pero es rechazado y en ese rechazo alcanza una comprensión más honda de lo que es «el amor» («El estudiante de humanidades»); el joven que recuerda el avance de una mujer rica y madura y advierte a tiempo qué fútiles son los placeres mal administrados («La primer aventura»); otro que coquetea con la mujer de un compañero y se da cuenta de que va por mal camino («El aprendizaje de Hans Dierlamm»); el sacerdote de doble vida que cae en la trampa de unos ladrones y es ayudado por una viuda pero deberá expiar su culpa para conseguir su amor («El padre Matías»); el seductor que proyecta una vida espiritual difícil de lograr en su condición («La conversión de Casanova»). En cada caso Hesse da una lección, y no hay ironía ni sorna ni sarcasmo: a lo sumo puede haberlos en sus personajes, pero suelen pagar caro cualquier desviación del camino recto, del accionar justo, de los sentimientos positivos.

De algún modo, todas son versiones del «aprendiz», figura clave en su narrativa más madura, la que arranca con esa obra singular que es Demian (1919), novela de iniciación o bildungsroman que marcó una época, como -con sus abismales diferencias- el Werther de Goethe o el Holden Caulfield de Salinger. Emil Sinclair, el protagonista y narrador de Demian, es el adolescente que se debate entre el mundo confortable y familiar del Bien y las tentaciones de la edad adulta que a veces se confunden con el Mal. Será la presencia de Demian, compañero de estudios y especie de ángel salvador pero enigmático, la que ponga orden en el ánimo perturbado de un Sinclair incapaz de conjugar la espiritualidad que necesita con la carnalidad que desea (o viceversa).

UN ROMÁNTICO.

Pero lo que en Demian surge a través de un estilo depurado, con personajes fuertes y una atmósfera ambigua, en estos relatos está más sujeto a la sensiblería romántica, a su quintaesencia empalagosa.

Sus personajes -en especial los masculinos, siempre protagónicos, si bien los más interesantes son los femeninos- se ahogan en el discurso del amor antes que en su ejecución.

Son eternos soñadores, tímidos, vergonzosos, capaces de elaborar un destino a partir de una mirada o un paseo, y por supuesto candidatos firmes a estrellarse estrepitosamente. Si, por el contrario, la que avanza es la mujer, suelen huir despavoridos, al menos durante un tiempo prudencial, en parte porque necesitan la dificultad, el autoflagelamiento del dolor formativo.

Es el caso de «El ciclón», donde un chico de dieciocho años que sólo piensa en el amor lo rechaza cuando una joven se muestra demasiado dispuesta a enamorarse. La transición a la vida adulta aparece convenientemente ilustrada por esa tormenta de verano, insignificante en perspectiva, pero devastadora en su propio presente. En «El compromiso» un hombre ve pasar su juventud sin lograr (en parte por falta de intentos) conquistar a una mujer; tendrá que ser una amiga la que lo acorrale para que cruce la línea. En «El reformador del mundo» un hombre rico se aleja de la mujer que desea para iniciar una vida ascética, seducido por maestros espirituales y con voto de pobreza incluido, hasta que el paso del tiempo y la indiferencia de ella lo reconducen a la vida real.

Invariablemente, Hesse se coloca del lado de estos sufrientes, de su integridad, dudas y miedos, y en esta elección hay -más allá de una identificación personal, de un conflicto de identidad sexual o lo que sea- una crítica a la burguesía hueca, a la espiritualidad ruidosa pero vacía de los «gurús», a una sociedad que está cambiando vertiginosamente, a una Europa que se desmorona en términos de valores humanos, que se vuelve no sólo más guerrera sino más frívola. En ese sentido, la mirada de Hesse puede ser tildada de ingenua -y una ingenuidad defendida y caprichosa, si se quiere- pero nunca de ciega.

Precisamente en el único relato donde Hesse se presenta como personaje, y que destaca y redimensiona a los demás, se puede apreciar lo claro que lo tenía. «Velada literaria» (1913) muestra a Hermann Hesse yendo a dar una charla a una asociación de encuentros literarios. Sus anfitriones lo hospedan en su casa, un escenario de «sólida atmósfera burguesa» habitado también por un silencioso papagayo. Allí el escritor va advirtiendo que no saben bien quién es, que no les importa mucho saberlo, y que lo único que quieren es llenar el tiempo con algún divertimento.

Como no resulta divertido, excepto cuando por error tira un vaso de agua, la gente va vaciando la sala. Al volver a la casa el papagayo pronuncia las únicas palabras que sabe y que resultan -involuntariamente pero con un extraño parecido a un designio divino- el único comentario apropiado para la mediocridad y vacío que rodean a Hesse.

Si se los logra leer sin pretender que nos «diviertan», sorteando la distancia de su prosa hiperlírica, y sin el apuro que Hesse ya intuía al comenzar el siglo veinte y que cien años después es supersónico, estos Relatos esenciales conmueven por la simplicidad de fondo con que buscan interpelar al «alma», cosa ya casi impronunciable y que muta con las épocas, pero que en un punto permanece igual de vulnerable e idéntica para cualquier mortal.

(Fuente: Suplemento Cultural, El País de Montevideo, 12/10/2012)