Santiago Rojas: El guerrillero chileno de las FARC: «La violencia no vale la pena»

Gonzalo Domínguez Loeda.
La Venta (Colombia), 29 ene (EFE).- Hace seis años Santiago Rojas tomó una decisión radical en su vida: unirse a las FARC; más de un lustro después y con la paz a punto de cuajar en Colombia, este chileno que durante mucho tiempo fue una incógnita para las autoridades no se arrepiente aunque tiene claro que «la violencia no vale la pena».
«Las FARC lo que ha hecho es defender un proyecto político que lo querían exterminar y lo defendió con las armas. Si me dices si ha valido la pena: la violencia no vale la pena, pero defender ese proyecto político sí valió la pena», sostiene Rojas a Efe en la aldea de La Venta, en el departamento del Cauca (suroeste).
Pese a que mantiene su acento intacto, este chileno ha ido incorporando expresiones y dejes colombianos y no se separa ni de su gorra oscura ni de la cámara de video que ha cambiado por su fusil.
Prefiere que lo llamen Santiago, el nombre que eligió como guerrillero, pese a que en 2015 las autoridades hicieron público que su nombre es José Carrasco Pizarro.
También dijeron entonces que es médico pero en realidad es comunicador y como tal se formó un tiempo en Barcelona.
De ahí que en el pasaporte que incautaron las autoridades colombianas y que está omnipresente en la red cuando se busca información sobre él figure un visado español.
La primera cuestión es obvia: ¿Cómo acabaste en las FARC?, Rojas la capea con estilo guerrillero: «La pregunta es por qué no. Yo no diferencio países, para mí no hay mexicanos, bolivianos o argentinos; somos todos un mismo pueblo con las mismas necesidades».
«Si las empresas se unen para crear convenios para saquear, por qué nosotros los revolucionarios no podemos unirnos para defender esos recursos.
Nosotros no buscamos más que eso, que haya una Colombia más justa», apostilla.
Su propio discurso y su facilidad de palabra lo distinguen del resto de guerrilleros, muchos de ellos de origen campesino y que apenas tuvieron la ocasión de formarse.
Su ideario es sólido y no parece tomar palabras prestadas como otros miembros de las FARC, que repiten ideas como mantras u oraciones; es un hombre convencido de su causa aunque comprende la sorpresa de quienes le preguntan sin entender qué lo llevó a jugarse la vida en las selvas de Colombia por un principio comunista ya en la segunda década del siglo XXI.
«(Entrar a las FARC) es difícil, sobre todo si eres extranjero. Hoy es muy fácil encontrar un guerrillero pero hace unos años no, me tocó quedarme en un pueblito hasta que hice contacto y ahí pude ingresar», resume.
Abrevia la historia al explicar que fue un líder comunitario con el que empezó a conversar y le dijo que se quedara en la aldea en que estaba porque por allí pasaba la guerrilla.
Sin embargo, tuvo que esperar ocho meses durante los cuales ese pequeño pueblo fue desalojado en varias ocasiones por las autoridades como parte de los combates contra la guerrilla.
La paciencia fue su aliada y finalmente consiguió acceder a las FARC.
Comenzó entonces la guerra para él, algo que se antoja terrible para cualquiera pero a la que se refiere como «una experiencia».
«La guerrilla es una experiencia, te preparan para muchas cosas, he hecho cursos de enfermería, de francotirador, de radios, haces cursos de todo. Aprendes a manejar y llevar en tu bolso lo que necesitas, echar una muda, una cobija y una casa. Es difícil al inicio», afirma.
No solo es vivir con el miedo constante a la muerte en combate, a un bombardeo, es para alguien del medio urbano acostumbrarse a un entorno tan agreste, pero para él es una cuestión «de voluntad».
«Uno no sabe de qué es capaz hasta que está en el lugar.
Yo siempre preguntaba qué se hace en caso de bombardeo, corres, te agachas y son cosas que se van aprendiendo ahí», sostiene Rojas con su convicción intacta acerca de la adaptación a la guerra.
«Uno se pone nervioso, la adrenalina sube, todos los sentidos se agudizan pero el miedo se pasa después del primer disparo, el cuerpo se tranquiliza y lo que te mantiene vivo son las ganas de vivir», apostilla.
Todo ello lo lleva a asegurar que la guerra «no es recomendable para nadie», mientras medita sobre un futuro que está verdaderamente complejo para el puñado de extranjeros que están en las FARC, cuya situación jurídica está en el aire.
Eso no parece preocuparle y preguntado sobre su futuro dice que volverá a practicar la comunicación junto a las FARC, un «proyecto político» al que se unió y que «continua en otro escenario».
«Me gustaría seguir aportando en ese ámbito», afirma mientras señala su inseparable cámara y se refiere a la necesidad de cambiar la imagen que se tiene de las FARC.
«Los guerrilleros hace poco estábamos en la selva, en los montes con fusiles y ahora nos toca aprender muchas cosas muy rápido porque estamos en un nuevo escenario», concluye.