Se cumplen 30 años del fallecimiento del editor y poeta español que eligió Uruguay para despejar ideas y malentendidos

La vida por los sueños

Parco de palabras, se sabrá —sin embargo— que fue integrante de la Columna Durruti durante la Guerra Civil Española, Secretario de la Juventud Libertaria de Cataluña y, al final de la guerra, cruzó los Pirineos con su esposa Fina y vivió en las duras condiciones del refugiado en Francia durante la Segunda Guerra Mundial, en campos que en realidad eran de concentración. Allí nacería su hijo Leonardo (Marsella, 1941) y el destino del Uruguay —esa foto culturarenombrada “Suiza de América”, democrática y solidaria con la España republicana derrotada— aparecería en su horizonte.
A partir de ese humilde comienzo, Benito Milla desarrolló una tenaz e intensa trayectoria como librero (Librería Alfa desde 1954), editor (Editorial Alfa, 1958) y director de las revistas Deslinde (1956–1961) y Temas (1965–1968) marcadas con una filosofía originalmente libertaria y, poco a poco, abierta a un humanismo antibelicista y siempre antifranquista. Allí se congregaron los escritores más representativos del Uruguay de entonces (la generación del 45) y los jóvenes emergentes de los 60.
El primer libro editado por Alfa fue un clásico uruguayo, Ismael de Eduardo Acevedo Díaz. Luego se abrieron dos colecciones, una dirigida por el propio Milla (“Carabela”) y otra por Ángel Rama (“Letras de hoy”), donde se publicaron La casa inundada (1960) de Felisberto Hernández, La cara de la desgracia (1960) de Juan Carlos Onetti, Hombres y caballos de Mario Arregui, Cordelia de Carlos Martínez Moreno. También Montevideanos (1959) y La tregua (1960) de Mario Benedetti, dos obras que lo convirtieron en best-seller. Otro título exitoso de Alfa sería Los días siguientes (1962), primera novela de Eduardo Galeano, donde se ficcionaliza un episodio real que había conmocionado a Montevideo. Los escritores inmersos en la “línea creciente entre tensión y exigencia” —como fueran caracterizados en esos años por Mercedes Ramírez—formalizan apuestas que se tradujeron en la publicación de revistas (Puente, 1963; Aquí poesía, 1962–1966; Los Huevos del Plata, 1965–1969; Maldoror, 1967–1987; Prólogo, 1968); páginas culturales en diarios (La Mañana, Época, Hechos), semanarios como Marcha y en editoriales que florecieron con un novedoso rigor profesional y una estimulante competitividad, alimentando una producción autosuficiente y cerrada al principio sobre el país. Entre otras, Asir, Banda Oriental, Arca y la propia Alfa, una editorial que, en el centro del proceso nacional y latinoamericano, no olvida su origen y publica novelas de españoles exiliados como Ernesto Contreras y José Carmona Blanco, o ensayos fundamentales como la historia del anarquismo español de José Peirats.
DESLINDAR UN
ÁMBITO CULTURAL
Alrededor de la librería Alfa y luego de la editorial —situada en el emblemático local de la calle Ciudadela 1389 de Montevideo, a escasos metros de la Plaza Independencia—, Milla funda con Carmona, otro anarquista exiliado en Uruguay, la revista Deslinde en la que da cabida a las nuevas promociones poéticas no solo uruguayas (Juan Cunha, Nelson Marra y Saúl Ibargoyen Islas, entre otros), sino latinoamericanas y españolas. Siguiendo la propuesta de Alfonso Reyes de “deslindar” un ámbito cultural tan comprometido como independiente, los dieciséis números de Deslinde publicados entre 1956 y 1961 ofrecen una clara apertura al mundo y una naciente conciencia latinoamericana. Con el formato de un periódico, proponen una clara defensa de la libertad del escritor y el análisis crítico de la literatura española y uruguaya. Colaboran en Deslinde Albert Camus, Octavio Paz, Ernesto Sábato, Juan Goytisolo y entre los uruguayos Mario Arregui, Ángel Rama y Hugo García Robles, musicólogo de sorprendente y erudita sensibilidad, y futuro secretario de redacción de Temas.
Temas se publica en un contexto cultural que hereda la polarizada visión de la creación y la crítica de dos revistas de la década anterior. Por un lado Asir (1948–1959), de la que se editaron treinta y nueve números, dirigida por Washington Lockhart, un fino ensayista guiado por la búsqueda del ser nacional por una vía más emocional que racional, y que busca lograr la trascendencia a partir del arraigo (en su caso la ciudad de Mercedes en el litoral uruguayo). En su rechazo de la gran ciudad, en el elogio del campo y del suburbio donde se refugia la nostalgia del emigrado rural, Asir rezuma una cierta melancolía que se apoya sin ambages en la tradición literaria clásica y española. Ese espíritu existencial se prolonga cuatro años después en los seis números de Cuadernos de Mercedes (1963–1965), dirigida por el mismo Lockhart. En 1969 publica en la editorial Alfa El Uruguay de veras, una reunión de ensayos que pretenden indagar en un “ser” nacional más allá de los tópicos que se le adjudican.
En el otro extremo está la revista Número (1949–1958), cuyo redactor responsable, el crítico Emir Rodríguez Monegal, anuncia en el primer número que se trata de “enfocar los problemas del arte y el pensamiento contemporáneo”, realizando “un planteo que trascienda lo meramente literario o filosófico y atienda al suceso de la hora”, alternando “la producción nacional y extranjera con deliberada prescindencia de nacionalismos”.
En Número publican, entre otros, Juan Ramón Jiménez, Alfonso Reyes, José Ferrater Mora, Pedro Salinas, Borges y Jorge Guillén. Algunos números monográficos, como el dedicado a la Generación del 900, marcan un antes y un después en la crítica uruguaya. Interrumpida en 1958, Número reaparece en 1963, siempre bajo la dirección de Rodríguez Monegal, aunque ahora el editor es Benito Milla, experiencia que —tras cuatro números— posibilita la aparición de Temas bajo su entera responsabilidad.
CONFRONTACIÓN
Y DIÁLOGO
En abril de 1965 se publica el primer número de Temas con un “propósito” explícito de Milla: “contribuir a la expresión de las preocupaciones culturales en el ámbito sudamericano”, propiciando “el acercamiento y la comunicación entre los intelectuales de la zona en un intento de diálogo y discusión que tienda a resaltar y esclarecer realidades comunes”. Con un sentido premonitorio de lo que sucederá en años sucesivos anuncia que: «La actitud de la revista será de confrontación en una hora del mundo en la que el desgaste de los esquemas ideológicos se hace cada vez más evidente, los acontecimientos son más fluidos y complejos y no bastan para definirlos los lugares comunes, los slogans ni los absolutos apriorísticos con que se disfrazan todos los dogmas (Temas 1–2)».
Para que no quedaran dudas de su vocación independiente se insiste en la apertura cultural al margen de “la cuadrícula cerrada de los partidos, los grupos y las camarillas”. En resumen —se concluye— la publicación de Temas no obedece a un programa sino a un movimiento concebido en una dirección: la de vivir en una comunidad abierta. La postura ajena a “grupos, organizaciones o partidos” y la apertura temática de los dos primeros números, provoca críticas y reacciones en un medio polarizado, especialmente a partir de la revolución cubana de 1959.
Por ello, en el editorial del número 3, se reafirma la “indeclinable vocación de confrontación y diálogo”, ya que “dialogar y confrontar supone implícitamente la presencia de los otros, no como enemigos, sino como interlocutores”.
(EL PAIS CULTURAL)







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