Sentido común a la bartola: los absurdos del insulto a distancia

De unos años a esta parte, a nivel de la Liga Salteña de Fútbol, no ha quedado otra opción: separar a los hinchas. Tejidos en las canchas.
La manera inexorable de evitar la iracundia en la reacción. Los melancólicos no entenderán esta cuestión vigente. Claro, que tampoco son muchos los melancólicos que acuden a la cancha, porque aquel fútbol que ellos jugaron al amparo del toque y la gambeta, se fue sometiendo al olvido, en la medida que las nuevas tácticas fueron ahorcando la fantasía. ¿Ultraje a la química del fútbol en todo caso?
Pero lo que en el fútbol salteño se va acentuando dramáticamente, es el insulto desde el hincha. La grosería desmedida, destemplada.
No hay límites.
No es tan normal que en el fútbol se caiga en este tipo de actitud. Hasta hace algunas temporadas, se planteaba un límite. Ahora los dardos se apuntan a árbitros y jugadores. No existe un ataque a hechos deportivos o juzgamientos respecto a un penal no sancionado o un remate que se desvió por impericia del ejecutante.
Sorprende el insulto a la persona, al ser humano. La bajeza de lo que se trasmite.
Y algunos seguramente establecerán que “esto es parte del folclore del fútbol”, pero es que nadie saca la cara por quien pagó una entrada para ver un partido de fútbol y no para toparse con una sinfonía de ordinarieces que parten desde los ordinarios.
El insulto es a distancia.
Con un tejido de por medio. Los que insultan se atavían de guapos.
¿Lo harían mano a mano? Al fin de cuentas se acodan en la impunidad que surge de ese grito en masa y desde varios. Una masa humana y deforme.
Años atrás, frente a la primera señal en esa dirección, la policía actuaba. Hasta su cercana presencia, silenciaba a los salvajes de la maloliente expresión. Ahora, no solo que no actúan, sino que el uniforme tampoco conmueve para bajar las revoluciones “a los inadaptados de siempre”.
Penoso es que hay quienes pagan la entrada para insultar!
Es el sentido común a la bartola!
Pagar para insultar, es un menoscabo a la pretendida misión de un hincha en la cancha. Es someter la inteligencia, si es que se dispone de ella.
Creer que se dispone del razonamiento básico puede transformarse tan solo en una ilusión tenue, vaga, difusa. Tan difusa como esos grises metidos a hinchas, de la incrustada mediocridad.
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-ELEAZAR JOSÉ SILVA-

De unos años a esta parte, a nivel de la Liga Salteña de Fútbol, no ha quedado otra opción: separar a los hinchas. Tejidos en las canchas.

La manera inexorable de evitar la iracundia en la reacción. Los melancólicos no entenderán esta cuestión vigente. Claro, que tampoco son muchos los melancólicos que acuden a la cancha, porque aquel fútbol que ellos jugaron al amparo del toque y la gambeta, se fue sometiendo al olvido, en la medida que las nuevas tácticas fueron ahorcando la fantasía. ¿Ultraje a la química del fútbol en todo caso?

Pero lo que en el fútbol salteño se va acentuando dramáticamente, es el insulto desde el hincha. La grosería desmedida, destemplada.

No hay límites.

No es tan normal que en el fútbol se caiga en este tipo de actitud. Hasta hace algunas temporadas, se planteaba un límite. Ahora los dardos se apuntan a árbitros y jugadores. No existe un ataque a hechos deportivos o juzgamientos respecto a un penal no sancionado o un remate que se desvió por impericia del ejecutante.

Sorprende el insulto a la persona, al ser humano. La bajeza de lo que se trasmite.

Y algunos seguramente establecerán que “esto es parte del folclore del fútbol”, pero es que nadie saca la cara por quien pagó una entrada para ver un partido de fútbol y no para toparse con una sinfonía de ordinarieces que parten desde los ordinarios.

El insulto es a distancia.

Con un tejido de por medio. Los que insultan se atavían de guapos.

¿Lo harían mano a mano? Al fin de cuentas se acodan en la impunidad que surge de ese grito en masa y desde varios. Una masa humana y deforme.

Años atrás, frente a la primera señal en esa dirección, la policía actuaba. Hasta su cercana presencia, silenciaba a los salvajes de la maloliente expresión. Ahora, no solo que no actúan, sino que el uniforme tampoco conmueve para bajar las revoluciones “a los inadaptados de siempre”.

Penoso es que hay quienes pagan la entrada para insultar!

Es el sentido común a la bartola!

Pagar para insultar, es un menoscabo a la pretendida misión de un hincha en la cancha. Es someter la inteligencia, si es que se dispone de ella.

Creer que se dispone del razonamiento básico puede transformarse tan solo en una ilusión tenue, vaga, difusa. Tan difusa como esos grises metidos a hinchas, de la incrustada mediocridad.

-ELEAZAR JOSÉ SILVA-