Ser Charrúa en el Uruguay de hoy

Ser Charrúa en el Uruguay de hoy

Por Wenceslao Landarín

La tarde montevideana del 21 de diciembre pasada estaba fatal, en cuanto a temperatura. Parecía Salto.
Especial para compartir un tereré con un joven descendiente de la tribu Charrúa y una pareja de la misma comunidad, nada más y nada menos que en pleno cemento y asfalto, en la explanada de la Intendencia Departamental.
En ese lugar EL PUEBLO estableció un diálogo abierto con Martín, Mónica y Alejandro.
Ese fue solo el comienzo de un camino que nos llevó a un asentamiento del barrio Salto Nuevo, y hablar con Ernesto, y a Pepe Núñez, y dialogar con el investigador Carlos Motta. Pero, fundamentalmente, de alguna manera, pudimos entender el cerno de la denominada nación Charrúa.
Escuchar testimonios de dolor, de discriminación y de esclavitud, de guardar silencio para sobrevivir, recoger voces que critican las mentiras enseñadas desde los libros de historia. Expresar enfáticamente la existencia de un genocidio planificado, y de comunidades actuales que sufren la exclusión y las necesidades como cualquier uruguayo. Quizás busquemos Charrúas como están dibujados en esos libros, y de esos, seguro, no hay nadie.
Hoy tienen celular y cuentas de Facebook, estudian en la Universidad o trabajan en la cosecha de los arándanos. Reivindican ser reconocidos y contar con un poco de tierra para establecerse, cultivarla, hacer ceremonias y vivir en comunidad. Para ellos es volver a recuperar lo que les quitaron en otro tiempos.
En el presente informe EL PUEBLO acerca a sus lectores la realidad de las comunidades charrúas de hoy, sus reclamos y su voz, esa que cada día parece cobrar vigor y estar mejor organizada, y que nos constituyó como nación antes de que el Estado naciera.

Vocero de la Comunidad Betum lo afirma tajantemente
El 70% de la población salteña es Charrúa: “se ve a la indiada en la cara, por más que te llames Domínguez”

En la ciudad de Salto hay una comunidad de descendientes de Charrúas, constituida por tres familias. Ernesto Olivera es el referente de esta comunidad local (denominada Betum), que por motivos laborales actualmente vive más tiempo en Buenos Aires que en Salto.

En diálogo con EL PUEBLO el vocero de la comunidad se explayó, sin cortapisas, sobre la realidad por la que atraviesan los “Bohanes”: el incendio del local que la comunidad tienen en el Asentamiento La Esperanza, en Salto Nuevo; los reparos que ofrecen algunos integrantes de no decir que son Charrúas por miedo a ser perseguidos; al alto porcentaje de la población que proviene de la raíz Charrúa; la dolorosa historia de su madre que hoy tiene 94 años; y como hay personas que se acercan buscando una espiritualidad que los Charrúas no tienen.

LOS BOHANES: CHARRÚAS SALTEÑOS

Ernesto Olivera explicó que su nombre Charrúa es “It charrúa”, que significa “fuego de la cruz del Sur”.
Es el vocero de la comunidad que está viviendo en Salto: “soy el que viajo, traigo las noticias”. Integra la “Comunidad Betum, fundada en el 2000”, aunque Olivera ya había viajado por Buenos Aires, Bolivia, Tucumán, Salta, Jujuy, visitando otras comunidades, haciendo el reencuentro de todas las naciones originarias de América.
En el 2000 se construye la Comunidad, que pertenece al CONACHA (Consejo de la Nación Charrúa), a la CODECHA (Coordinadora de Comunidades Charrúas de Entre Ríos), y a una central de los pueblos indígenas que reúne a Mapuches, aymaras, Quechuas, y otras naciones originarias. Olivera explicó que para el pueblo Charrúa América sigue siendo la “Abya Yala”, nada ha cambiado. Y en ese sentido “Salto no es Salto, son los Bohanes, y así también están los Arachanes, los minuanes, los Yaros, los guenoas y todos los que pertenezcan a la nación Charrúa”.
Los Bohanes “somos y estamos en la nación Charrúa”.
Los asentamientos charrúas más destacados en Salto son Arerunguá, Pueblo Charrúa (Pepe Núñez), el arroyo Las Viudas Charrúas (en el sur de la ciudad de Salto, sobre la costanera), y las Cuevas de San Antonio.

EN UN ASENTAMIENTO

La Comunidad Betum está ubicada en Salto Nuevo, en el asentamiento La Esperanza, atrás de la cancha de fútbol del Club Salto Nuevo (calle 4 entre Florencio Sánchez y Juan Carlos Gómez). En ese lugar “no queremos estar, necesitamos nuestro territorio, un espacio de tierra, para las ceremonias, para plantar su maíz, su pitanga, su ubajay, su yatay, su tuna” sentenció nuestro entrevistado. Sufrió un incendio el pasado 17 de diciembre donde “se perdió todo, se volvió todo cenizas, incluso los registros, las caracolas (instrumento musical), los libros, el historial. Por suerte lo tenemos en la mente, que mientras esté bien, no falla”. Olivera viaja a Buenos Aires para trabajar.
La Comunidad de Salto la integran trabajadores zafrales de distintas cosechas. Actualmente están reconstruyendo la vivienda. Tiene su propia manera de vivir “que quizá los Yaros de Concordia no la tengan, u otras comunidades de Canelones, Paysandú o Montevideo.
Pero todos conformamos la nación Charrúa”. “En la comunidad somos bastante, pero muchos no quieren que se den por enterados que son charrúas, porque algún día puede haber una persecución por el hecho de ser charrúas. La cantidad nunca se sabe y no se suele decir”.

70% DE LA POBLACIÓN DE SALTO ES CHARRÚA

El referente Charrúa indicó que “aún los gobiernos tienen miedo de reconocernos porque saben que somos los propietarios de estas tierras. No es lo mismo un africano, que le dan una pensión y ya está. En nuestro caso están hablando con los propietarios y no saben cómo manejar esa situación. En Salto el 70% de la población es Charrúa.
Lo mismo pasa en Tacuarembó y Paysandú.
En esta región los Charrúas se quedaron en los campos, cuando se dio la repartija principal de niños y niñas para tenerlos de esclavos en las estancias”.
Uno visita los barrios o pueblos de Salto “y ves a la indiada en la cara.
Por más que te llames Domínguez o cualquier nombre español o italiano, son nombres puestos por los europeos que llegaron a colonizarnos”.
Consultado por su ascendencia, explicó que su madre (Lila, que en diciembre cumplió 94 años) fue una de esas niñas que fue llevada por una familia.
“La llevaron a Concordia con unos doctores que la tenían encerrada como unos bichos, muerta de hambre, solo cortando leña, haciendo servidumbre.
Según cuenta su madre, cuando el abuelo fue a buscarla parecían unos bicharracos. La llevaron a los 4 años y la rescataron a los 13”.

Los libros de historia mienten

Olivera expresa que hay “cuatro poderes que nos arruinan: la Iglesia, el poder militar, los gobiernos y los medios de comunicación. Seguimos en la lucha, encaminando a nuestros hijos y nietos en el tiempo que podemos”. Criticó especialmente a los medios que “envían información que no es verdad, haciendo enemigos que no son”. Se refirió a

Parte de la Comunidad Betum. Olivera es el sexto contando de izquierda a derecha, con una bandera atada a su cuello (parado).

Parte de la Comunidad Betum. Olivera es el sexto contando de izquierda a derecha, con una bandera atada a su cuello (parado).

que “los libros de historia cuentan algo que no es. Se habla de los indígenas como ladrones, sin decir que los dueños eran los pueblos originarios. Ellos no cuentan que fueron otros los que vinieron a robar, y los libros hablan del salvaje”. “Tenemos la esperanza que nos devuelvan algo. No pedimos todo, al menos una parte. Hay un montón que tienen miles de hectáreas sucucheadas que no la usan para nada y hay gente que no come. Han terminado con animales como pumas y jaguares”.
En el caso de Salto están dialogando con el Intendente Andrés Lima, al que le pedimos trabajo. “Queremos ir a enseñar a las escuelas las prácticas de los Bohanes, pero con un sueldo, como cualquier maestra o profesor. No podemos hacerlo gratis, porque no tenemos ni para comer. La mayoría somos pobres. Queremos que el Estado se encargue de la reparación histórica que nos hizo fleco”.
ATEOS
Reconoció Olivera que se han acercado a la comunidad gente de clase media y media alta en búsqueda de “espiritualidad”. Pero “no estamos para eso. No somos un grupo evangélico. No necesitamos la espiritualidad todos los días. Optamos por ceremonias normales, cuatro o cinco en el año. Optamos por la naturaleza, la biodiversidad, por los árboles, por comidas ancestrales, lucha contra la contaminación, semillas, cuidado de la tierra, conocer el Cosmos. Todo lo que le hace mal a la tierra. Hay gente que viene confundida y piensa que esto es rezar todos los días”.
La comunidad practica ceremonias “del agua, de la madre tierra, del viento, del sol”. Es una comunidad “atea. Tenés que ver y contar lo que estás viendo. No podes traerme un Dios que hace milagros. Nosotros estamos con la realidad no con la fantasía”.

Política de Estado
La masacre de Salsipuedes no terminó ahí; fue un genocidio pensado para que la cultura muriera

En el diálogo que EL PUEBLO mantuvo con distintos actores, muchas veces apareció la palabra genocidio, haciendo expresa referencia a Salsipuedes como la masacre más grande (en 1831) y a otras matanzas posteriores, “que fueron verdaderas políticas de Estado. Si bien Rivera fue uno de los actores claves, otros gobiernos continuaron la tarea”, expresó directamente Delgado a EL PUEBLO. Lo que falta es comprender “la dimensión histórica. Muchas de las

Todos los años el 11 de abril se recuerda el  genocidio de los Charrúas en Salsipuedes.

Todos los años el 11 de abril se recuerda el
genocidio de los Charrúas en Salsipuedes.

situaciones económicas, de precarización que viven muchos hermanos Charrúas, son consecuencias del genocidio, de esa práctica colonial. El genocidio fue en una época pero los efectos siguen hasta hoy. Por eso mucha gente le da vergüenza reconocerse como Charrúa, y le cuesta organizarse. Todavía está esa cuestión de exponerse públicamente, por la discriminación histórica”. Si bien hubo ruptura, también sobrevivieron otras y es de ahí “que tomamos nuestro reconocimiento, de esas pequeñas memorias de la abuela que decía que era Charrúa y era muy callada. Que contaba la historia de la guerra de las divisas y cuando venían a llevarse a los varones, y había que esconder a los niños. Esos miedos están incrustados en todos los descendientes”, mencionó el joven charrúa que estudia antropología en la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República.
GENOCIDIO PENSADO
Para Leonardo Rodríguez y Nicolás Soto, directores del documental “El país sin indios”, Salsipuedes “fue una masacre pero no terminó ahí, los prisioneros vinieron caminando hasta Montevideo, separaron a las madres de los niños para que se perdiera la lengua, se repartieron como esclavos, a los hombres los colocaban en barcos para que se fueran del territorio. Fue un genocidio pensado para que realmente la cultura muriera”. El documental sobre la población indígena en el Uruguay, se basa en dos historias. La de Roberto Riveo, un trabajador rural de Paysandú, conocido domador de la zona de Villa Quebracho; y Mónica Michelena (una de nuestros entrevistados), una docente de matemáticas en un liceo de Montevideo. Los dos son descendientes charrúas. Cada uno vive a su manera el ser indígena en la actualidad. Desde su lugar en la tierra, Roberto vive en base a sus valores con naturalidad y discreción. Respetuoso por la naturaleza y con una relación especial con los caballos, no siente la necesidad de una lucha política para reivindicar su identidad. Con un rol protagónico en el movimiento indígena, Mónica lleva su lucha a espacios jurídicos y académicos dentro y fuera de fronteras, para lograr el reconocimiento de la existencia del pueblo charrúa y hacer justicia por los crímenes de nuestra historia. A su vez, importantes académicos aportan datos que permiten comprender el escenario actual desde una perspectiva renovada, y cuestionar al Uruguay que aún se ve a sí mismo como “un país sin indios”.
COMUNIDADES
En distintas partes del país hay comunidades Charrúas. Son familias o grupos de familias que viven en barrios o pueblos como Young (Río Negro), Guichon (Paysandú), Salto, Rincón de la Aldea y Curtinas (en Rivera), Gregorio Aznarez (en Maldonado), Montevideo, Canelones (Neptunia, Marindia, entre otras ciudades), Tacuarembó. Desarrollan actividades tan simples como compartir un guiso, o memorias sobre nuestros abuelos, ir al monte a acampar.
Los denominados “Encuentros de saberes ancestrales” permiten recuperar el sentido comunitario y son muy importantes para fortalecer el espíritu como pueblo. Además se recuperan memorias de como “utilizar las plantas medicinales, los animales, creencias espirituales (como la Luna), y otras prácticas que si no tienden a desaparecer”.

PENSAR EL PAIS DE MANERA DISTINTA
Martin Delgado Cultelli, integrante del Consejo de la Nación Charrúa (CONACHA) explicó que esta organización nació en 2005, pero desde 2001-2002 (cuando se repatriaron los restos del Cacique Vaimaca Pirú) ya se venían gestando los llamados “Encuentros aborigenistas”, espacios donde confluían comunidades y agrupaciones Charrúas. Es así que con el planteo de unificar y aglutinar a la mayoría de las comunidades surge el CONACHA. Trata de ser una voz que interpele al Estado y a la sociedad.
En comparación al 2005 se han logrado algunos reconocimientos, pero “todavía falta. Uno ve que distintos actores políticos les cuesta entender el reconocimiento de los charrúas como pueblo ancestral y los derechos en función de una justicia histórica”.
Para Delgado esta idea asentada es fruto de varios factores. Uno es que “el sistema político en Uruguay está construido principalmente a los derechos individuales y los derechos de los pueblos indígenas son derechos colectivos, como pueblo. Otro tema que cuesta entender es la preexistencia de la cultura Charrúa al propio Estado: nuestra existencia como charrúas evidencia el carácter colonialista y la matriz genocida de cómo se construyó el Estado Nacional. Hay que rever como pensar el país y hay gente que no quiere repensarlo”.

¿Pepe Núñez o Pueblo Charrúa?
Un pueblo donde MEVIR no pudo entrar y ser Charrúa se mantuvo en secreto como estrategia de supervivencia

Ubicado al sureste de nuestro departamento, muy cerca del límite con Tacuarembó este pueblo ha sido elevado a la prensa nacional e internacional cuando en 2012 ANCAP inició perforaciones para conocer el suelo en búsqueda de petróleo.

Pero la historia del lugar está ligada a los indios charrúas. Así se llamaba el pueblo en sus inicios: Charrúa. MEVIR pudo entrar cuando propuso un plan de viviendas.
Los pobladores rechazaron la idea y permanecieron con sus casas entre los cerros. En 1992 investigadores de la Regional Norte de la Universidad de la República lo recorrieron de punta a punta, charlaron con cada poblador y recogieron confesiones asombrosas.

Encuentro de saberes ancestrales, junio de 2015 en Valle Eden,  Tacuarembó (Facebook del CONACHA).

Encuentro de saberes ancestrales, junio de 2015 en Valle Eden,
Tacuarembó (Facebook del CONACHA).

Estratégicamente permanecía en secreto el pasado charrúa como forma de sobrevivir, el pueblo posee una identidad propia, un sentido de pertenencia y un estilo de vida inalterable. EL PUEBLO entrevistó al abogado y ex profesor de Sociología de la Regional Norte, Carlos Motta, integrante de aquel equipo de estudiantes y docentes que publicó la investigación titulada: “Pueblo Charrúa. Orígenes de nuestra cultura: el aporte de la etnia charrúa. Referencias socio-históricas de la posesión de la tierra en el norte de la Banda Oriental” (Fundación de Cultura Universitario, año 2000).
SE RECHAZÓ UN PLAN DE VIVIENDAS DE MEVIR

Hubo dos líneas de investigación, justo cuando se conmemoraban los 500 años del llamado “Descubrimiento de América” (en 1992).
Una partía de la afirmación de que en “Uruguay no hay indios y ese pasaba a ser un dato despreciable, y concebía al país como una sociedad homogénea sin cultura originaria, lo que marcaba un aspecto diferente con el resto de los países de Latinoamérica”.
La investigación buscaba ver si eso era cierto o había vestigios que permitiera relativizar esa afirmación.
La otra línea de investigación era “el estudio sobre la regularización de la tierra en el interior del departamento”. El punto de conexión con Pueblo Charrúa “estaba dado en virtud de un programa que tenía la Intendencia de regularización de la propiedad apuntando a la estabilidad de algunas poblaciones.
Se pretendía dar formalización o un trazado a los pueblos rurales.
Se buscaba establecer programas de vivienda a través de MEVIR. Particularmente en el caso de Pueblo Charrúa no fue posible establecer un plan de Viviendas de MEVIR en virtud de que la gente, en sucesivas reuniones y en una consulta, lo rechazó.
Esto llamó poderosamente la atención a los investigadores que buscaron encontrar las razones de esa negativa y condujo al descubrimiento de una historia que es muy rica en cuanto a las diversas aristas que presenta”.

INDENTIDAD PROPIA

Pueblo Charrúa o Pepe Núñez tienen una historia, pero sobre todo “una identidad propia, del lugar, un sentido de pertenencia que, en cierta medida, explica el porqué de la no aceptación de que se altere el sistema de vida a través de un mecanismo de asentamiento de la población en viviendas especialmente construidas desde el Estado”.

ESTILO DE VIDA

Una de las principales conclusiones a las que se arribó es “que los pobladores de Pepe Núñez, en virtud de esa pertenencia cultural propia, decidían mantener inalterado su estilo de vida.
Existe en la zona un cementerio indígena, cerros muy específicos (el Chapéu, el Bonito y el de la Virgen) que son los que se ven desde la ruta, y entre los que se puede apreciar la mayoría de las casas de los pobladores, más allá de las estancias que también tienen casas propias.
Más allá que hay caminos trazados, hay una serie de sendas y caminos internos propios que rodean o dan acceso a las viviendas”.
En ocasión de la investigación que hicieron los universitarios en la década del ’90, visitaron “una por una todas las casas del lugar, entrevistamos a cada persona e hicimos una encuesta”.

PERSECUCIÓN

Otra idea a la que se arribó es que “esa resistencia tenía su explicación en que podía ser considerada como un elemento de desconfianza que se había transmitido en el ADN de cada uno de esos pobladores que habían sufrido un proceso histórico de persecución y de arrinconamiento territorial, muy doloroso. Entonces una nueva presencia externa implicaría una desaparición definitiva de su espacio y su cosa mas querida, desde el arroyo y la zanja charrúa hasta la estructura del propio lugar de vida y de los propios cerros que rodeaban el pueblo”.
Hasta la década de 1950 el lugar “era identificado como Pueblo Charrúa y era un asentamiento territorial, no necesariamente una toldería. Porque la presencia de una toldería denunciaría estar en presencia de indígenas, y eso hubiera sido el principio del fin definitivo de esa población”.
Motta comenta que les fue difícil acceder internamente a confesiones directas de “yo soy Charrúa”, porque “el proceso de aculturación enseñó a cada uno de los habitantes de que la mejor forma de sobrevivir era esconder y no explicitar públicamente su origen.
La experiencia de la aniquilación de Salsipuedes y sucesivas aniquilaciones posteriores llega a su punto de quiebre en la década de 1870 con el alambramiento de la propiedad privada y la nueva regulación del Código Rural, donde se eliminan espacios o bolsones territoriales que pudieran albergar población no claramente blanca o de origen europeo o criollo”.

Reclaman ratificar Convenio 169 de OIT
Consejo de la Nación Charrúa busca reformar la Constitución para que se reconozca existencia de pueblos preexistentes al Estado

Mónica Michelena Díaz, integrante del Consejo de la Nación Charrúa indicó a EL PUEBLO que la principal reivindicación es que el “Estado uruguayo reconozca al pueblo indígena de manera explícita. Necesitamos que la Constitución Nacional reconozca que hubo pueblos preexistentes al Estado. Eso nos daría derechos históricos”. Estos temas las comunidades indígenas las han planteado en el Parlamento, como también han solicitado que Uruguay ratifique el Convenio Internacional del Trabajo No. 169, extremo que el gobierno no estaría de acuerdo. Hace pocos días, nos dijo la integrante de la comunidad Basquadé Inchalá, el ex ministro de Trabajo José Bayardi les expresó en

Alejandro Vargas, Mónica Michelena y Martín Delgado,  descendientes charrúas dialogaron con EL PUEBLO

Alejandro Vargas, Mónica Michelena y Martín Delgado,
descendientes charrúas dialogaron con EL PUEBLO

reunión privada los motivos por los cuales el Poder Ejecutivo no ratifico el convenio, mientras él estuvo al frente de dicha cartera. El Estado reconoce el genocidio de Salsipuedes, pero desde el CONACHA se ha denunciado al país ante el Foro Permanente para las cuestiones Indígenas de Naciones Unidas y el Consejo de Derechos Humanos de la OEA. “Ratificar el Convenio 169 significa reconocer a los pueblos indígenas y darle derechos territoriales, sociales, culturales, a la consulta previa sobre proyectos que incumben a comunidades indígenas”, agregó Michelena al mismo momento que comentó que legisladores y dirigentes políticos no quieren ratificar este instrumento internacional “porque les quita libertad”. Citó el caso de la búsqueda de petróleo, donde “debería de pedirse permiso a la población y eso no lo quiere el Estado”. Reitera que “el principal opositor al tema por la entrega de tierras es la ARU (Asociación Rural del Uruguay), pero no está dentro de nuestros reclamos la confiscación de tierras”. Explicó que el CONACHA está solicitando “un espacio para construir un centro cultural en Montes del Queguay, cerca de Guichón, donde está la calzada Andrés Pérez”.
UN ROMPECABEZAS
“Hay costumbres que se siguieron manteniendo de la puerta de la casa para adentro, a escondidas, pero otras que se habían dejado de hacer nosotros las recuperamos”, menciona Michelena. Es el caso de la presentación de los niños recién nacidos a la primera luna llena. “Antes se hacía en las casas, y si hacía mucho frío a través de la ventana. Ahora lo hacemos colectivamente, varias familias en una ceremonia comunitaria”. Alejandro Vargas Cerna, esposo de Mónica, afirma que “se está reconstruyendo el pasado como una especie de rompecabezas”.

CONVENIO 169
Dicho convenio de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) refiere a los pueblos indígenas y tribales, y está en vigor desde el 5 de setiembre de 1991. Reconoce “las aspiraciones de esos pueblos a asumir el control de sus propias instituciones y formas de vida y de su desarrollo económico y a mantener y fortalecer sus identidades, lenguas y religiones, dentro del marco de los Estados en que viven. Observa que en muchas partes del mundo esos pueblos no pueden gozar de los derechos humanos fundamentales en el mismo grado que el resto de la población de los Estados en que viven y que sus leyes, valores, costumbres y perspectivas han sufrido a menudo una erosión. Recuerda la particular contribución de los pueblos indígenas y tribales a la diversidad cultural, a la armonía social y ecológica de la humanidad y a la cooperación y comprensión internacionales”.
Respecto de las tierras el Convenio establece que “deberá reconocerse a los pueblos interesados el derecho de propiedad y de posesión sobre las tierras que tradicionalmente ocupan. Además, en los casos apropiados, deberán tomarse medidas para salvaguardar el derecho de los pueblos interesados a utilizar tierras que no estén exclusivamente ocupadas por ellos, pero a las que hayan tenido tradicionalmente acceso para sus actividades tradicionales y de subsistencia”.
Además se indica que “los derechos de los pueblos interesados a los recursos naturales existentes en sus tierras deberán protegerse especialmente.
Estos derechos comprenden el derecho de esos pueblos a participar en la utilización, administración y conservación de dichos recursos.. En caso de que pertenezca al Estado la propiedad de los minerales o de los recursos del subsuelo, o tenga derechos sobre otros recursos existentes en las tierras, los gobiernos deberán establecer o mantener procedimientos con miras a consultar a los pueblos interesados, a fin de determinar si los intereses de esos pueblos serían perjudicados, y en qué medida, antes de emprender o autorizar cualquier programa de prospección o explotación de los recursos existentes en sus tierras. Los pueblos interesados deberán participar siempre que sea posible en los beneficios que reporten tales actividades, y percibir una indemnización equitativa por cualquier daño que puedan sufrir como resultado de esas actividades”.
Al convenio lo han ratificado países de la región como Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú y Venezuela. Prácticamente es solo Uruguay el que no lo ha ratificado.

Sin voz

En el aspecto cultural el docente e investigador destaca que “hay un proceso de aculturación donde una cultura superior impide otras que se opongan por lo diverso. Además lo charrúa era percibido como al margen de la legalidad, por lo tanto carece de voz y no puede hacer sentir su forma de pensar. Ese proceso de sustitución de una cultura originaria por otra imperante colorea todos los otros aspectos de la vida social y cultural de una población. En Pepe

Pepe Núñez , pueblo del interior de Salto, con profundas raíces  y actualidad charrúa (foto: Presidencia de la República)

Pepe Núñez , pueblo del interior de Salto, con profundas raíces
y actualidad charrúa (foto: Presidencia de la República)

Núñez hay un montón de referencias religiosas: el cerro de la Virgen, la historia de la aparición de una virgen a sus pies; la erección de la capilla en 1952. Ahí definitivamente se le cambia el nombre al pueblo y se impone una cultura que deja lo charrúa en el olvido para siempre”.

EL SILENCIO COMO ESTRATEGIA DE SUPERVIVENCIA
Motta explica que sobre el tema de los charrúas el paso de los años le permite verlo de una manera más madura. “No hay que sentir vergüenza de hablar. En 1991 cuando se defendió la idea del proyecto de investigación desde la cátedra de Sociología (junto a los profesores Gabriel Finozzi, Luis Barrios y la profesora Robaina Ansó) y los estudiantes, muchos lo criticaron a nivel institucional. “Cuando hicimos la investigación algunas de las cosas que percibíamos fueron vistas a nivel académico como una especie de disparate, que no tenía justificativo. Después el tiempo nos dio la razón y nos generó una gran satisfacción”.
Luego “al compararlo con el silencio que en Pepe Núñez había como estrategia de supervivencia por parte de los descendientes de charrúas, logramos comprender mas cabalmente como el miedo y la vergüenza de ser tenían un peso específico fue muy fuerte”.
El doctor Carlos Motta fue docente en la Regional Norte de la Universidad de la República entre 1990 y 2008, momento en el que renunció para asumir el cargo de fiscal departamental de Artigas. Actualmente es Fiscal Letrado Departamental de Paysandú.

Charrúas: según censo hay unos 160 mil, pero estudio antropológico establece que serían más de un millón

En el último censo (2011) se preguntó sobre el origen étnico racial de los uruguayos. El 5% de los uruguayos se auto reconoce como indígena. “No es poca gente, serían unos 160 mil indígenas, tanto charrúas como otros pueblos (Chanas, Guaraníes, por ejemplo)”, nos dice Martín Delgado. El 2,4% eligió a la ascendencia indígena como la principal, en los casos en los que elegía más de una opción. Son unos 76 mil uruguayos. “No somos tan pocos”, reitera Mónica Michelena. Aunque reconocen que la mayoría no está organizado. Por eso el CONACHA procura concientizar a que se integren a comunidades. “Hace poco se integró una familia entera oriunda de Itapebí, en Salto, que emigró a Montevideo, a trabajar”, nos dijo Alejandro Vargas.
MÁS DE UN MILLON NO SABEN QUE SON CHARRÚAS
La licenciada en Ciencias Antropológicas, con especialización en Prehistoria y Arqueología, Mónica Sans publicó en “La diaria” del 10/11/2015 los resultados de una investigación que lleva adelante y mediante la cual afirma que “por lo menos un tercio de la población posee origen indígena por línea materna (análisis de ADN mitocondrial), variable en distintas regiones del país. “En Bella Unión la ancestría indígena llega a 64%, en Tacuarembó a 62%, en Cerro Largo el 30%”. A partir de lo expuesto se debe subrayar dos aspectos: “por una parte, la discordancia entre la ancestría aceptada y los datos genéticos; por otra, qué significa ser “indio” en Uruguay. Ambos aspectos pueden resumirse en uno, relacionado a la ruptura entre el pasado y el presente, el ocultamiento y la falta de referencia sobre ancestros no europeos, la lejanía en el tiempo, y tal vez el hecho de que el aporte indígena provenga fundamentalmente por vía femenina; la conjunción de estos elementos redunda en la invisibilidad de los indígenas a partir de Salsipuedes. Por otra parte, ser “indio” en América tiene más de un significado. En muchos países andinos, donde las etnias indígenas priman por sobre el resto de la población, indio se considera solamente a aquél que “vive” como indígena: habla una lengua nativa, viste ropas tradicionales y habita en una comunidad indígena. Sin embargo, no es el único criterio; por ejemplo, en América del Norte depende de los datos genealógicos, es decir, de poseer ancestros de una etnia indígena. Incluso en este último caso existe un doble criterio, ya que para distintas tribus la pertenencia no depende de poseer un ancestro sino también de cómo se transmita esa pertenencia (por ejemplo, patrilineal o matrilinealmente). ¿Es Uruguay diferente? ¿Por qué debiera utilizarse el concepto “andino” de indio y no este último?”

 







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