Si supieran de libertad

Una de las primeras celebraciones de carnaval a las que recuerdo haber asistido fue en el Tablado. “No me pinchen el globo”, del barrio Huracán, donde me crié. Era el año 1987, había una efervescencia enorme entre los más grandes, algo que sobre todo disfrutábamos los más chicos, yo apenas tenía 8 años en ese momento y ver aquel despliegue de color y alegría todas las noches, iba calando hondo en todos los niños que nos acercábamos al lugar cada noche.
Claro, como éramos tan pequeños teníamos hora de regreso, pero como el público eran todos los vecinos de la cuadra, que solamente tenían que sacar sus sillas plegables hacia la vereda para ver los espectáculos y en cierta medida todo era una fiesta familiar, por lo cual nos sentíamos ciertamente protegidos, entonces el horario podía estirarse un poco y a veces nos quedábamos hasta el cierre, para lo cual teníamos que volver a casa en punta de pies, así nos ahorrábamos el reto.
Esas fiestas vecinales que se armaban en los diferentes barrios de la ciudad, con conjuntos que más allá de su calidad artística, ya que algunos de ellos podían pecar de precarios, algo que a nadie le importaba, se constituían en verdaderas celebraciones de la libertad.
La gente se sentía tranquila y libre de poder expresarse a través de agrupaciones artísticas de distintos rubros, el público se sentía libre de aplaudirlos y todos comenzaban a respirar un aire de renovación, donde ya no temían decir lo que querían, ni a sentir que podían ser hostigados por reírse a carcajadas con una canción que hablara de los defectos de los gobernantes de la época.
Pasaron los años y esa libertad se acentuó, pero lo bueno de esto, es que más allá de que los procesos políticos y sociales consolidaron el sistema democrático que hoy tenemos en nuestro país, ese espíritu libertario que imperó desde entonces y que hoy se encuentra en un estado de plenitud, siempre respetó la institucionalidad, por más que la gente no estuviese de acuerdo con quienes estaban al frente de las mismas, siempre se marcó un límite, pero lo mejor de ese límite, es que surgió en forma espontánea y que fue la propia gente la que con su accionar lo definió. Un hasta aquí llegamos, pero también un ‘vamos a decir lo que queramos, cuando queramos y donde queramos’, pero con el respeto a lo más sagrado, las instituciones que representan a la democracia.
Actualmente el carnaval es la fiesta del pueblo creada y organizada por el pueblo, para divertirse, reírse de quienes nos gobiernan, desafiarlos desde las proclamas que también se escuchan a través de los diferentes conjuntos artísticos, y para marcar el sentimiento de la gente, con tal o cual político y con los hechos que pasaron durante un año y que no dejaron conformes a la población.
Se trata de las cosas que los gobernantes no han hecho bien, a juicio de quienes así lo interpretan, y las mismas se dicen y se cantan por parte de los carnavaleros y además, que es lo más importante, se aplauden sin la más mínima limitación por parte de la gente.
Todas estas cosas son el fiel reflejo de la libertad que se vive y se respira en nuestro país. Pero esa concepción no solamente es mérito de los gobernantes que se han sucedido en forma democrática en los últimos 30 años. Sino que sobre todas las cosas, es mérito de la gente, que ha impuesto el hecho de querer vivir en libertad, diciendo lo que piensa y siente, sin ningún tipo de censuras.
Es virtud de un pueblo que sabe que la democracia no se compra y que con ella no se negocia, que no hay ideología que sirva para imponerse sobre ésta, y que mientras ella funcione, los pueblos tendrán garantías para poder vivir.
Aunque si bien nuestro país es ejemplo de esto, con una democracia fuerte, con partidos políticos que intercalan en el gobierno según la voluntad popular, con diferentes formas de concebir los intereses del país, con gritos a favor y en contra todos los días por parte de la sociedad civil organizada, con una prensa que puede sentirse libre e independiente para decir lo que piensa y siente, sin que nadie, por más llamaditos que le hagan al director del medio, pueda prohibir lo que piensan los periodistas, estas cosas que son la virtud y el orgullo de nuestro país hoy, no suceden en todos lados.
Hay países, acá cerca, como el caso de Venezuela, y pongo énfasis en éste porque integra el Mercosur, porque es socio y aliado del gobierno uruguayo en las políticas comerciales que nuestro país lleva adelante con el proyecto sucroalcoholero que está en Bella Unión, pero sobre todo porque pese a todas las diferencias que tenemos con ellos con lo que respecta al concepto de libertad y democracia, nos tiembla el pulso para decirles algo cuando el gobierno de ese país viola todo lo concerniente a la libertad de expresión, a los derechos humanos y a la integridad física de sus habitantes, y en vez de protestar por eso, nos callamos y reivindicamos a sus líderes, recibiéndolos con honores de Estado, tal como va a ocurrir en los próximos días cuando el déspota de Nicolás Maduro pise suelo uruguayo.
Siempre tuve una muy buena concepción del socialismo, soy filosóficamente de izquierda, lo que para mi implica la construcción de un proyecto de país basado en la solidaridad con el que menos tiene, pero apuntalando la igualdad de oportunidades para lograr el crecimiento individual en base a las virtudes de cada ser humano, aportándole herramientas para la explotación de sus habilidades y potenciales con el fin del desarrollo de sí mismo y tras esto, apostar al fortalecimiento colectivo, siempre y en todos los casos, respetando la libertad individual, porque el día que se supriman las libertades para cambiarlas por un plato de comida, estaremos fritos.
Si llegamos a ese extremo, que ha sido el modelo de las dictaduras de izquierda, como las de Cuba, China o Korea del Norte y la fatalidad de la propia Unión Soviética, nos vamos al tacho. La gente perderá su dignidad, ganada por el esfuerzo y el trabajo de cada uno, y las posibilidades de prosperidad y desarrollo se verán frustradas para nuestros pueblos, los que han demostrado que no quieren alejarse del consumismo ni por un segundo, y que la única pelea que dan en las calles es por tener más salarios, para poder gastar más y vivir mejor, pese a los insistentes reclamos de un presidente que formula enérgicamente la concepción de austeridad y apostar a aprovechar el tiempo, a vivir la vida con amor, paz, respeto y libertad para ganar más en felicidad.
Algo que si realmente lo creyera de la boca para afuera, el propio Mujica debería decírselo a Maduro, para que deje de reprimir a quienes en su país no piensan como él, ya que son cientos de miles. Para que respete el trabajo de la prensa y le permita informar con pluralidad, y sobre todas las cosas para que respete los derechos humanos y la vida de las personas que heroicamente han salido a defender su pensamiento, porque castigándolos, reprimiéndolos, solamente demuestra tener miedo.
El mismo que tuvo la dictadura uruguaya cuando prohibía los carnavales para que la gente no se riera de ellos, el mismo que tienen los malos gobernantes cada vez que el pueblo le canta las cuarenta en la cara y ellos le temen, porque en el fondo no son más que cobardes que la historia los juzgará como tal y así deberá terminar el actual gobierno de Venezuela, por el atropello que está llevando adelante contra su propia gente, con los muertos que carga en sus espaldas y que todos recordaremos.

Una de las primeras celebraciones de carnaval a las que recuerdo haber asistido fue en el Tablado. “No me pinchen el globo”, del barrio Huracán, donde me crié. Era el año 1987, había una efervescencia enorme entre los más grandes, algo que sobre todo disfrutábamos los más chicos, yo apenas tenía 8 años en ese momento y ver aquel despliegue de color y alegría todas las noches, iba calando hondo en todos los niños que nos acercábamos al lugar cada noche.

Claro, como éramos tan pequeños teníamos hora de regreso, pero como el público eran todos los vecinos de la cuadra, quederechossolamente tenían que sacar sus sillas plegables hacia la vereda para ver los espectáculos y en cierta medida todo era una fiesta familiar, por lo cual nos sentíamos ciertamente protegidos, entonces el horario podía estirarse un poco y a veces nos quedábamos hasta el cierre, para lo cual teníamos que volver a casa en punta de pies, así nos ahorrábamos el reto.

Esas fiestas vecinales que se armaban en los diferentes barrios de la ciudad, con conjuntos que más allá de su calidad artística, ya que algunos de ellos podían pecar de precarios, algo que a nadie le importaba, se constituían en verdaderas celebraciones de la libertad.

La gente se sentía tranquila y libre de poder expresarse a través de agrupaciones artísticas de distintos rubros, el público se sentía libre de aplaudirlos y todos comenzaban a respirar un aire de renovación, donde ya no temían decir lo que querían, ni a sentir que podían ser hostigados por reírse a carcajadas con una canción que hablara de los defectos de los gobernantes de la época.

Pasaron los años y esa libertad se acentuó, pero lo bueno de esto, es que más allá de que los procesos políticos y sociales consolidaron el sistema democrático que hoy tenemos en nuestro país, ese espíritu libertario que imperó desde entonces y que hoy se encuentra en un estado de plenitud, siempre respetó la institucionalidad, por más que la gente no estuviese de acuerdo con quienes estaban al frente de las mismas, siempre se marcó un límite, pero lo mejor de ese límite, es que surgió en forma espontánea y que fue la propia gente la que con su accionar lo definió. Un hasta aquí llegamos, pero también un ‘vamos a decir lo que queramos, cuando queramos y donde queramos’, pero con el respeto a lo más sagrado, las instituciones que representan a la democracia.

Actualmente el carnaval es la fiesta del pueblo creada y organizada por el pueblo, para divertirse, reírse de quienes nos gobiernan, desafiarlos desde las proclamas que también se escuchan a través de los diferentes conjuntos artísticos, y para marcar el sentimiento de la gente, con tal o cual político y con los hechos que pasaron durante un año y que no dejaron conformes a la población.

Se trata de las cosas que los gobernantes no han hecho bien, a juicio de quienes así lo interpretan, y las mismas se dicen y se cantan por parte de los carnavaleros y además, que es lo más importante, se aplauden sin la más mínima limitación por parte de la gente.

Todas estas cosas son el fiel reflejo de la libertad que se vive y se respira en nuestro país. Pero esa concepción no solamente es mérito de los gobernantes que se han sucedido en forma democrática en los últimos 30 años. Sino que sobre todas las cosas, es mérito de la gente, que ha impuesto el hecho de querer vivir en libertad, diciendo lo que piensa y siente, sin ningún tipo de censuras.

Es virtud de un pueblo que sabe que la democracia no se compra y que con ella no se negocia, que no hay ideología que sirva para imponerse sobre ésta, y que mientras ella funcione, los pueblos tendrán garantías para poder vivir.

Aunque si bien nuestro país es ejemplo de esto, con una democracia fuerte, con partidos políticos que intercalan en el gobierno según la voluntad popular, con diferentes formas de concebir los intereses del país, con gritos a favor y en contra todos los días por parte de la sociedad civil organizada, con una prensa que puede sentirse libre e independiente para decir lo que piensa y siente, sin que nadie, por más llamaditos que le hagan al director del medio, pueda prohibir lo que piensan los periodistas, estas cosas que son la virtud y el orgullo de nuestro país hoy, no suceden en todos lados.

Hay países, acá cerca, como el caso de Venezuela, y pongo énfasis en éste porque integra el Mercosur, porque es socio y aliado del gobierno uruguayo en las políticas comerciales que nuestro país lleva adelante con el proyecto sucroalcoholero que está en Bella Unión, pero sobre todo porque pese a todas las diferencias que tenemos con ellos con lo que respecta al concepto de libertad y democracia, nos tiembla el pulso para decirles algo cuando el gobierno de ese país viola todo lo concerniente a la libertad de expresión, a los derechos humanos y a la integridad física de sus habitantes, y en vez de protestar por eso, nos callamos y reivindicamos a sus líderes, recibiéndolos con honores de Estado, tal como va a ocurrir en los próximos días cuando el déspota de Nicolás Maduro pise suelo uruguayo.

Siempre tuve una muy buena concepción del socialismo, soy filosóficamente de izquierda, lo que para mi implica la construcción de un proyecto de país basado en la solidaridad con el que menos tiene, pero apuntalando la igualdad de oportunidades para lograr el crecimiento individual en base a las virtudes de cada ser humano, aportándole herramientas para la explotación de sus habilidades y potenciales con el fin del desarrollo de sí mismo y tras esto, apostar al fortalecimiento colectivo, siempre y en todos los casos, respetando la libertad individual, porque el día que se supriman las libertades para cambiarlas por un plato de comida, estaremos fritos.

Si llegamos a ese extremo, que ha sido el modelo de las dictaduras de izquierda, como las de Cuba, China o Korea del Norte y la fatalidad de la propia Unión Soviética, nos vamos al tacho. La gente perderá su dignidad, ganada por el esfuerzo y el trabajo de cada uno, y las posibilidades de prosperidad y desarrollo se verán frustradas para nuestros pueblos, los que han demostrado que no quieren alejarse del consumismo ni por un segundo, y que la única pelea que dan en las calles es por tener más salarios, para poder gastar más y vivir mejor, pese a los insistentes reclamos de un presidente que formula enérgicamente la concepción de austeridad y apostar a aprovechar el tiempo, a vivir la vida con amor, paz, respeto y libertad para ganar más en felicidad.

Algo que si realmente lo creyera de la boca para afuera, el propio Mujica debería decírselo a Maduro, para que deje de reprimir a quienes en su país no piensan como él, ya que son cientos de miles. Para que respete el trabajo de la prensa y le permita informar con pluralidad, y sobre todas las cosas para que respete los derechos humanos y la vida de las personas que heroicamente han salido a defender su pensamiento, porque castigándolos, reprimiéndolos, solamente demuestra tener miedo.

El mismo que tuvo la dictadura uruguaya cuando prohibía los carnavales para que la gente no se riera de ellos, el mismo que tienen los malos gobernantes cada vez que el pueblo le canta las cuarenta en la cara y ellos le temen, porque en el fondo no son más que cobardes que la historia los juzgará como tal y así deberá terminar el actual gobierno de Venezuela, por el atropello que está llevando adelante contra su propia gente, con los muertos que carga en sus espaldas y que todos recordaremos.

Hugo Lemos







Recepción de Avisos Clasificados