Sonia Blanco: una mujer que se sintió comprometida con su convicción y sus ideas

Talvez la pobreza que vivió de niña mientras la criaba su abuela con mucho sacrificio, la llevó a actuar con ahínco en la defensa de su ideal de igualdad y solidaridad muchos años después. Siendo la única mujer de 5 hermanos, su infancia transcurrió con muchas dificultades económicas, pero eso no impidió que “a pesar que éramos muy pobres, pobres, tuve una infancia preciosa”, comenzó diciendo Sonia.
A los 15 años, “todo se complicó”, la llegada de su primer hijo hizo que tuviera que dejar el liceo y se casara con José AL DORSO 2212“el Jopo” Figueroa (actualmente fallecido), uno de sus impulsores en su incursión en el partido de izquierda, con quien estuvo casada 13 años y tuvo 3 hijos (Ney, Darío, Rosana).
Después su casa en el Ceibal, formó parte del movimiento de Tupamaros en nuestra ciudad que albergó en su domicilio a un grupo de los (111) fugados de la cárcel de Punta Carretas. Como ella dijo, “lo que hubo en la casa de nosotros fue grande, el movimiento que vino de gente de Montevideo fue importante”.
Sus actuaciones la llevaron a estar detenida por cerca de 8 años (en Salto, Paso de los Toros y Punta de Rieles) y aunque aseguró no haber recibido graves torturas, reconoció que fue una etapa difícil de su vida.
Una vez en libertad, se fue a vivir a Venezuela, donde estaban sus padres y su hijo mayor Ney (quien falleció en ese país de un ataque cardíaco mientras jugaba un partido de fútbol). Allí, Sonia estuvo más de 20 años, con la intención de “cambiar de aire”, pero “no sirvió de nada”, solo pudo despejarse un poco. “Todo era con mucho sacrificio”, apenas llegó quería volver. Pero el trabajo y un nuevo amor, con quien compartió 18 años de su vida (y falleció poco antes de su intención de regresar a Uruguay), la retuvieron por más tiempo.
En el 2010, regresó a su casa en el barrio Ceibal, donde actualmente trabaja haciendo artesanías, algo que aprendió por distracción y para pasar el tiempo, durante su detención en la época de la dictadura. Un hobbie que luego de recuperar su libertad se transformó en su principal fuente de trabajo y un legado que transmitió a su hija Rosana con quien comparte el taller de su casa.
Hace pocos años volvió a recorrer el lugar de su detención en Punta de Rieles, donde se realizó un homenaje a los detenidos durante la dictadura y se colocó una placa. “Volví al mismo lugar donde estuvimos, pero no sentí nada. Yo soy una persona que saca todo lo positivo que puede de cada lugar en que estoy”, reflexionó Sonia sobre su vida.

¿Cómo surge tu vinculación al movimiento Tupamaro?
“En el 67 por ahí, empezamos a agruparnos. La vinculación a la izquierda surgió más que nada por mi esposo y con el tiempo me fui involucrando yo y así comenzó la militancia desde mi casa. Después empezaron a llegar más compañeros y hacíamos reuniones y conversaciones”.

¿Cómo se vivía entonces?
“En esa época se vivía muy mal. Lo que pasó es que en mi casa nos reuníamos con militantes que no eran de acá, algunos eran de Montevideo y de otros lados. Entonces los militares empezaron a revolver todo y mi casa fue un desastre. Vinieron varias veces, destrozaron todo, yo tenía un almacén y de eso no quedó nada, se llevaron hasta el sueldo de mi esposo que recién había cobrado y pasó todo eso que todo el mundo sabe, a muchos compañeros se los llevaron y les hicieron torturas”.

¿A su esposo lo llevaron detenido?
“Sí, yo me enteré enseguida, porque eso se corre por todos lados, se sabe enseguida y ahí ya lo que había eran muchos nervios. A mi marido ya se lo llevaron del Hospital (donde trabajaba) varios meses antes que me llevaran a mi. Pero no fue solo a mi marido, también mi cuñado y varios más. Ahí, mi hija más chica tenía 5 años y los gurises eran unos años más grandes, pero eran chicos todavía. En ese entonces vivíamos de la ayuda de la abuela de mis hijos y de un grupo de gente que nos dio una mano”.

¿Y cuándo la detuvieron a usted, cómo fue ese día?
“Lo que pasa, es que son cosas tan, tan… que a veces no es fácil contar (hace una pausa). Ese día yo estaba con mis hijos en mi casa, yo mandé al Ney (su hijo mayor) a buscar a su abuela que vivía a una cuadra para que se quedara con ellos. A mí ya me habían llevado varias veces, pero me detenían para declarar y después me largaban. Desde que se lo llevaron a mi marido (a la cárcel de Libertad) hasta que me llevaron a mi, cada día por medio estaban los milicos en casa. Ese día, cuando me llevaron del todo, fue un desastre total, toda la cuadra estaba llena de milicos y vinieron y me llevaron al cuartel, al séptimo (Batallón de Ituzaingó de Infantería Nº7) y me acuerdo que me tuvieron parada todo el día, eran muchas horas, mientras me interrogaban. Ahí estuve presa un año, desde el 72, me acuerdo que era diciembre. Después, estuve 4 años en Paso de los Toros y como 3 años más en Punta de Rieles”.

¿En que pensó cuando la llevaron presa?
“En todo, era de terror. Se comentaban todas las torturas que había y se sentía mucho temor de lo que te podía pasar, en esa época muchos compañeros eran trasladados y no se sabía más de ellos. Pero tenías la convicción de que ese era el camino, y lo que podía pasar de ahí en adelante había que soportar”.

¿Qué le hicieron en el cuartel, la torturaron?
“Primero estuve parada detrás de una carpa muchas, muchas horas. Otras veces me ponían en un lugar muy chiquito y me dejaban ahí. Me preguntaban mucho sobre la organización, ¿quien era esta persona, quien era esta otra, que hacían? Pero a mi nunca me torturaron, aunque sé, que acá en Salto muchas compañeras las vivieron en carne propia. Punta de Rieles era más severo, pero acá fue la peor parte porque desaparecía gente y no se sabía que iba a pasar. Después que te daban la condena de lo que hiciste ya te dejaban más tranquila para que cumplas tu pena. Para mi lo peor que me pasó fue el encerramiento, y el miedo al principio. Aunque en Punta de Rieles fue difícil”.

¿A usted, porqué la “condenaron”?
“¿A mí? ¡por todo! Toda la ley me la leyeron: atentado a la Constitución, el grado de conspiración, seguida de actos preparatorios, encubrimiento, ¡todo!”.

Pero en su casa el movimiento era importante, ¿cuál fue su grado de participación, qué hizo?
“Si bien en casa había un movimiento importante, que es cierto, mi actuación fue de cosas leves, estuve adentro, pero a mi me tocaba hacer cosas materiales como armar carpas y cosas para mandar al monte. El movimiento fue duro, pero en el caso nuestro, en Salto, no hubo muertos por parte del movimiento. Talvéz se hicieron cosas, porque en su defensa el movimiento hizo cosas, pero yo no las ví”.

¿Se arrepiente de algo?
“No, porque yo no hice nada. Si pudiera volver el tiempo atrás, diría que ese es el camino, pero tal vez no estaría igual de comprometida”.

¿Qué siente hoy por los militares?
“Hoy, solo siento rechazo, pero no los tengo presentes en mi. Me acuerdo de algunos de ellos pero nunca me los crucé porque después yo me fui a Venezuela y hoy, si me los cruzo, no me acuerdo de sus caras”.