Tenemos que poder

Una de las mejores experiencias de mi vida fue sin lugar a dudas ser estudiante universitario. En realidad aún lo es, porque todavía no terminé mi carrera, aunque espero hacerlo pronto.  Pero el hecho de convivir con un grupo de universitarios, persiguiendo un fin que es el conocimiento y pelear por cuestiones que entendemos en esos momentos, como de mayor justicia, es una etapas que no vuelve, pero que se la recuerda con mucho cariño.
Además porque la formación a la que apuntamos en ese momento, pasaba por algo que iba más allá de ir a clases. Es decir, era un placer poder asistir a clases y tratar de aprender lo mejor posible las profundas enseñanzas que nuestros docentes nos impartían durante largas hora de clase. Es en esos momentos, y también teniendo un trabajo por las noches como éste, donde se aprende a tomar mate y a conocer las bondades del mismo para mantenernos despiertos todo el tiempo.
Pero el hecho de vivir en una comunidad como la universitaria, donde más allá de la diversidad de ideas, de propuestas políticas, de concepción de Universidad que podíamos tener cada uno y lo que nos deparó diversas disputas electorales, debates incansables y charlas agotadoras con mucho tiempo para hacerlas en los pasillos de la Facultad, el hecho es que al final estábamos todos juntos, peleando por lo mismo, y eso nos hacía ver cosas que después con el tiempo y ya con las necesidades de la vida a cuestas, se miran desde otro ángulo y con otra perspectiva.
La Universidad es parte de mi vida, el ser universitario es una concepción mucho más importante que la de ver colgar un título en una pared y firmarse doctor antes de escribir nuestro nombre, y con mi experiencia aprendí que si los intereses políticos y hasta partidarios de cada grupo, no se hicieran pesar tanto, no se hubieran marcado ni tampoco se marcarían ahora, tantas diferencias.
Porque parece que a los universitarios se los mide con una vara, la de según a qué facción de ideas respondan cada uno, y es esto, lo que ha hecho mucho daño a la institución, a quienes la integran y a quienes con mucho esfuerzo han pasado por ella buscando no otra cosa que un futuro mejor, o encontrar una respuesta a las inquietudes de sus vidas.
Por eso estoy de acuerdo en que se genere pensamiento político en la interna de la Universidad, pero el corte partidario del mismo ha sido decisivo para que haya más divisiones que unidades, y esas acciones por parte de operadores políticos de todos los partidos, pero principalmente de los distintos sectores de la izquierda, por mal que le pese a muchos, ha sido sustancial para que muchas de las cosas que requerían unanimidades y cinchar todos para adelante, no se hayan alcanzado.
Así la Universidad, que en su discurso y en el pensamiento de hombres de buena voluntad como la decana de la Facultad de Derecho, Dora Bagdassarián, el actual rector Rodrigo Arocena y hasta el actual director de la Regional Norte, Alejandro Noboa, ha tenido siempre entre sus principales cometidos el hecho de que la institución se debe a la población y sobre todo a los que más la necesitan. Pero en los últimos tiempos no ha sido así, y la Universidad se ha olvidado de trabajar con la gente, sobre todo en los barrios de la ciudad. Sea por la razón que fuere, pero lo ha hecho, y aún está a tiempo de revertirlo.
Un ejemplo práctico es la preocupación que demostraron dignamente los vecinos del barrio La Tablada, cuando señalaron con el dedo las bocas de venta de drogas que pululan en esa zona y que está “matando a sus hijos”, según dijeron sus pobladores esperando que alguien les de una respuesta. La Universidad debe involucrarse y hacer un trabajo social importante, para atacar las causas que llevan a esta gente a vivir en el delito.
¿Cómo? Con el apoyo de todas las instituciones a su alcance y hasta del gobierno departamental, la policía, salud pública y todo lo que se considere necesario para ayudar a la población. Porque creo como universitario y como salteño, que si todos cinchamos juntos, lo que nos proponemos puede ser posible.
Todo esto lo he venido reflexionando desde hace tiempo, pero especialmente cuando el pasado viernes, los compañeros del Centro Estudiantes de Derecho, el que supe integrar y del cual además tuve el honor de ser su secretario general en el 2004, rindieron un justo y merecido homenaje a uno de los profesores que con su vida ha sido un ejemplo de dedicación, esmero, integridad, honestidad, sinceridad, solidaridad y  un claro alentador de la vida, especialmente a cientos de jóvenes de toda la región que él sabía que concurrían con mucho esfuerzo a sus clases, cuando los sábados  a las siete de la mañana nos despertaba con una pregunta sobre el tema dado en clase, con el que muchas veces nos ayudaba a despabilarnos y a darnos cuenta que de nada valía el esfuerzo de madrugar si no hacíamos que el tiempo rindiera.
Se trata del profesor Carlos Blanc, docente magistral de derecho comercial sobre todo por su vocación de enseñarnos y de que aprendiéramos, porque con “Blanc” como le decíamos muchos, y otros nos atrevíamos al “carlitos” con sumo respeto y profundo cariño, se aprendía.
Pero no solo derecho comercial, sino también se aprendía sobre la vida, sobre el valor de la palabra, sobre solidaridad, compañerismo, altruismo y sobre todo sobre la igualdad, sin divisionismos. Él nos transmitía siempre que todos éramos iguales, y que nuestras oportunidades estaban servidas sobre la mesa y que sólo aquel que quisiera tomarla podría salir adelante.
Carlitos nos hablaba de la Universidad como algo maravilloso, como un lugar donde aprendíamos a ser personas antes que profesionales y en su discurso el día del homenaje, que tuve la grata satisfacción de escucharlo con mi pequeño y hermoso hijo  en brazos, nos demostró recordando a muchos de nosotros en distintas épocas, lugares y circunstancias, que la vida es hermosa y que si en vez de mirar las diferencias, nos miramos a los ojos y vemos todo lo que podemos hacer cinchando juntos, el mundo sería mucho mejor y la Universidad alcanzaría sus postulados pasándolos del papel a la práctica. Por eso Gracias Carlitos por ayudarme a poder entenderlo.

Una de las mejores experiencias de mi vida fue sin lugar a dudas ser estudiante universitario. En realidad aún lo es, porque todavía no terminé mi carrera, aunque espero hacerlo pronto.  Pero el hecho de convivir con un grupo de universitarios, persiguiendo un fin que es el conocimiento y pelear por cuestiones que entendemos en esos momentos, como de mayor justicia, es una etapas que no vuelve, pero que se la recuerda con mucho cariño.

Además porque la formación a la que apuntamos en ese momento, pasaba por algo que iba más allá de ir a clases. Es decir, era un placer poder asistir a clases y tratar de aprender lo mejor posible las profundas enseñanzas que nuestros docentes nos impartían durante largas hora de clase. Es en esos momentos, y también teniendo un trabajo por las noches como éste, donde se aprende a tomar mate y a conocer las bondades del mismo para mantenernos despiertos todo el tiempo.

Pero el hecho de vivir en una comunidad como la universitaria, donde más allá de la diversidad de ideas, deuniversidadpropuestas políticas, de concepción de Universidad que podíamos tener cada uno y lo que nos deparó diversas disputas electorales, debates incansables y charlas agotadoras con mucho tiempo para hacerlas en los pasillos de la Facultad, el hecho es que al final estábamos todos juntos, peleando por lo mismo, y eso nos hacía ver cosas que después con el tiempo y ya con las necesidades de la vida a cuestas, se miran desde otro ángulo y con otra perspectiva.

La Universidad es parte de mi vida, el ser universitario es una concepción mucho más importante que la de ver colgar un título en una pared y firmarse doctor antes de escribir nuestro nombre, y con mi experiencia aprendí que si los intereses políticos y hasta partidarios de cada grupo, no se hicieran pesar tanto, no se hubieran marcado ni tampoco se marcarían ahora, tantas diferencias.

Porque parece que a los universitarios se los mide con una vara, la de según a qué facción de ideas respondan cada uno, y es esto, lo que ha hecho mucho daño a la institución, a quienes la integran y a quienes con mucho esfuerzo han pasado por ella buscando no otra cosa que un futuro mejor, o encontrar una respuesta a las inquietudes de sus vidas.

Por eso estoy de acuerdo en que se genere pensamiento político en la interna de la Universidad, pero el corte partidario del mismo ha sido decisivo para que haya más divisiones que unidades, y esas acciones por parte de operadores políticos de todos los partidos, pero principalmente de los distintos sectores de la izquierda, por mal que le pese a muchos, ha sido sustancial para que muchas de las cosas que requerían unanimidades y cinchar todos para adelante, no se hayan alcanzado.

Así la Universidad, que en su discurso y en el pensamiento de hombres de buena voluntad como la decana de la Facultad de Derecho, Dora Bagdassarián, el actual rector Rodrigo Arocena y hasta el actual director de la Regional Norte, Alejandro Noboa, ha tenido siempre entre sus principales cometidos el hecho de que la institución se debe a la población y sobre todo a los que más la necesitan. Pero en los últimos tiempos no ha sido así, y la Universidad se ha olvidado de trabajar con la gente, sobre todo en los barrios de la ciudad. Sea por la razón que fuere, pero lo ha hecho, y aún está a tiempo de revertirlo.

Un ejemplo práctico es la preocupación que demostraron dignamente los vecinos del barrio La Tablada, cuando señalaron con el dedo las bocas de venta de drogas que pululan en esa zona y que está “matando a sus hijos”, según dijeron sus pobladores esperando que alguien les de una respuesta. La Universidad debe involucrarse y hacer un trabajo social importante, para atacar las causas que llevan a esta gente a vivir en el delito.

¿Cómo? Con el apoyo de todas las instituciones a su alcance y hasta del gobierno departamental, la policía, salud pública y todo lo que se considere necesario para ayudar a la población. Porque creo como universitario y como salteño, que si todos cinchamos juntos, lo que nos proponemos puede ser posible.

Todo esto lo he venido reflexionando desde hace tiempo, pero especialmente cuando el pasado viernes, los compañeros del Centro Estudiantes de Derecho, el que supe integrar y del cual además tuve el honor de ser su secretario general en el 2004, rindieron un justo y merecido homenaje a uno de los profesores que con su vida ha sido un ejemplo de dedicación, esmero, integridad, honestidad, sinceridad, solidaridad y  un claro alentador de la vida, especialmente a cientos de jóvenes de toda la región que él sabía que concurrían con mucho esfuerzo a sus clases, cuando los sábados  a las siete de la mañana nos despertaba con una pregunta sobre el tema dado en clase, con el que muchas veces nos ayudaba a despabilarnos y a darnos cuenta que de nada valía el esfuerzo de madrugar si no hacíamos que el tiempo rindiera.

Se trata del profesor Carlos Blanc, docente magistral de derecho comercial sobre todo por su vocación de enseñarnos y de que aprendiéramos, porque con “Blanc” como le decíamos muchos, y otros nos atrevíamos al “carlitos” con sumo respeto y profundo cariño, se aprendía.

Pero no solo derecho comercial, sino también se aprendía sobre la vida, sobre el valor de la palabra, sobre solidaridad, compañerismo, altruismo y sobre todo sobre la igualdad, sin divisionismos. Él nos transmitía siempre que todos éramos iguales, y que nuestras oportunidades estaban servidas sobre la mesa y que sólo aquel que quisiera tomarla podría salir adelante.

Carlitos nos hablaba de la Universidad como algo maravilloso, como un lugar donde aprendíamos a ser personas antes que profesionales y en su discurso el día del homenaje, que tuve la grata satisfacción de escucharlo con mi pequeño y hermoso hijo  en brazos, nos demostró recordando a muchos de nosotros en distintas épocas, lugares y circunstancias, que la vida es hermosa y que si en vez de mirar las diferencias, nos miramos a los ojos y vemos todo lo que podemos hacer cinchando juntos, el mundo sería mucho mejor y la Universidad alcanzaría sus postulados pasándolos del papel a la práctica. Por eso Gracias Carlitos por ayudarme a poder entenderlo.

Hugo Lemos