Terribles confesiones de Gavazzo al diario El País

En entrevista exclusiva con la periodista Paula Barquet, el represor dio una nueva declaración

Un hombre de casi 80 años, alto y corpulento, bien erguido, de paso no veloz pero resuelto, mirada atenta, sonrisa fácil, jeans, camisa a cuadros y campera de lana verde, que acepta mi mano extendida y se disculpa por el timbre fallido. En la calle podría ser un abuelo amable, un jubilado activo, un hombre cualquiera. gavazzo

Hace tres años que José Nino Gavazzo vive en esta casa. Se la presta un amigo extranjero, dueño de varias propiedades en Uruguay. Cuando en 2015 le dieron prisión domiciliaria, por un tiempo estuvo en su apartamento en Pocitos, que si bien no es chico -mide 113 metros cuadrados- tenía el problema de que no podía abrir la puerta de calle a quienes lo fueran a ver porque se salía del límite estipulado por el juez. Hoy disfruta de un fondo, un frente, piscina, parrillero y varios cuartos, y logra recibir visitas sin que su tobillera -que sigue colocada en su pie derecho a pesar de la intención de una jueza de sacársela- emita advertencias. La piscina casi no la usa, aclara, pero reconoce que está más cómodo que antes.
La casa que habita no es suya, ni todo lo que hay allí, pero sí ha procurado tener consigo decenas de carpetas con documentos, fotos, copias de expedientes, y todos los libros que lo mencionan, muchos de ellos escritos por sus enemigos. Son libros que han sido leídos y revisados, tienen partes subrayadas con regla y hasta post it indicando los temas. Todos están firmados en la primera página con la aclaración: “Tte. Cnel. José N. Gavazzo”.
Y aunque su nombre ha vuelto a copar los medios por sus confesiones ante el Tribunal de Honor, él, en su mundo, apenas se ha enterado de los titulares. En este primer encuentro conmigo no ha leído las actas ni lo escrito en los diarios. Antes consumía absolutamente todo lo que se decía sobre él. Pero ahora, por hastío -quizás- pero sobre todo por desinterés debido a las “falsedades” que se han reproducido -dice él-, ya no más.
Gavazzo, que negó en la Justicia lo que después reconoció ante el Ejército, se ha ubicado en el imaginario popular como el peor represor, el más cruel torturador, y también como un mentiroso contumaz. Pero, según él, las mentiras han sido siempre de otros. Para cada presunto mentiroso tiene una explicación creíble. En las causas de la dictadura, afirma, él ha sido “un comodín” al que se ha echado mano sin fundamentos. Y si bien quedó en falso en el caso de la muerte del tupamaro Roberto Gomensoro, asegura que fue para defenderse de “otras mentiras”.
La entrevista se concreta después de algunas semanas de dudas de su parte. La propuesta es hablar en profundidad sobre lo dicho en el Tribunal de Honor y finalmente acepta, aunque demorará en revelar por qué. Serán 10 horas, distribuidas en dos días, cuyas revelaciones principales se publicarán en esta sección en etapas. Cuando me abre la puerta de su casa prestada, Gavazzo avisa que en el momento en que accede a darme esta nota puedo preguntarle lo que sea. Él contestará todo, y dirá “solamente la verdad”.
El vuelo de la duda
Una de sus verdades es que no existió “segundo vuelo”. Es decir, que no hubo un traslado clandestino desde Buenos Aires a Montevideo de 22 militantes del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP), todos desaparecidos. Esto es algo que Gavazzo ha dicho en la Justicia, en el libro de Leonardo Haberkorn, “ Gavazzo sin piedad (2016)”, y también en el Tribunal de Honor, donde agregó: “Ellos (por los argentinos) al enemigo lo mataban. Nosotros no, ¿verdad? ¿Qué sentido tiene que de la Argentina, donde los mataban a todos, trajéramos una cantidad X de personas para matarlas acá?”, se preguntó. Y se respondió: “Ningún sentido. Si nosotros hubiéramos tenido la necesidad militar o fuésemos unos sádicos, que los queríamos matar, los matábamos allá, pero no los traíamos a Uruguay a matarlos acá”.
El segundo vuelo -y el enterramiento en Uruguay de sus pasajeros- es una certeza para muchos desde el momento en que quien fuera comandante en jefe de la Fuerza Aérea Uruguaya (FAU), Enrique Bonelli, aceptara en agosto de 2005 que existió ese traslado el 5 de octubre de 1976. Ya había habido notas periodísticas afirmándolo, especialmente una de Roger Rodríguez en La República, que en base a testimonios anónimos describió la escena del aterrizaje nocturno y el inmediato traslado de los detenidos, encapuchados, en camiones del Ejército.
En el juzgado, Bonelli dijo que su convicción provenía de investigaciones internas pero no pudo aportar datos concretos sobre el vuelo. Tampoco lo encontraron anotado en los registros de la FAU. De todas formas, la fiscal Mirtha Guianze y el juez Luis Charles entendieron que, aun sin pruebas ni testimonios directos, había elementos suficientes para procesar a dos policías y seis militares, entre ellos Gavazzo, por el homicidio de 28 personas (los 22 del presunto vuelo y otros seis del PVP).
Consultada para esta nota, Guianze reafirma hoy su “convicción a nivel personal” de que el segundo vuelo existió, y se apoya sobre todo en el reconocimiento oficial del mismo. “Bonelli es el testimonio más fuerte. Es el que dio mejor información (en el juicio). Se interesó en averiguar y lo vi realmente conmovido. Su actitud fue, en momentos, casi a punto del llanto. Te daba sensación de verdad”. En cambio, Gavazzo “no dijo nada”: “Siempre como una piedra y hablando de cosas en lenguaje militar; se iba por las ramas”.
Desde el PVP, este partido fundado en Buenos Aires en 1975 a partir de grupos revolucionarios exiliados de Uruguay, razonan igual. Dice Ricardo Gil Iribarne, que integró el aparato militar del PVP por aquellos años, que no tiene sentido dudar de Bonelli: “¿Con que necesidad? ¿Qué ganan con decir que hubo un segundo vuelo?”.
En la entrevista, le pregunto a Gavazzo qué cree que pasó entonces con esas 22 personas, y su primera respuesta es: “¡Los mataron en Argentina! Yo no tengo ninguna duda”.
Tiene un motivo para no dudar, y es que conoce perfectamente a quien los hizo caer. Sabe cómo y cuándo los detuvieron, y también sabe que al cabo de un mes estaban todos muertos, ejecutados en Buenos Aires. Esto no lo había dicho nunca antes. Pero para entender su relato hay que ir un poquito hacia atrás.
La primera delatora
Gavazzo está enfermo. Fue operado del corazón y tiene que cuidarse; no puede hacer ejercicio -apenas 10 minutos al día en el caminador, dice- ni exigirse físicamente. Tuvo una veintena de accidentes cerebrovasculares. Ahora le detectaron una insuficiencia renal que si bien no le afecta en lo cotidiano, puede ser letal. Por eso hoy está internado y en estos días le harán una intervención quirúrgica: deberá empezar a dializarse.
En ese estado, a cinco meses de cumplir 80 años y pese a una sordera en ascenso, conserva una memoria que impresiona. Sobre todo por el nivel de detalles con el que reconstruye los hechos de hace 40 años, algo a lo que acude constantemente para reforzar su intención de ser creíble. Aunque todos crean que miente.
Recuerda muy bien a Pilar Nores, “la primera delatora” del PVP, una mujer “extraña”. Nores era la secretaria de Gerardo Gatti, secretario general del PVP. Ella dice que la detuvieron. Gavazzo, en cambio, dice que a mediados de 1976 se presentó voluntariamente ante la Policía Federal Argentina porque ella era esencialmente política y estaba “asustada” por los golpes militares que planeaba dar el PVP.
Gavazzo, que como oficial de enlace iba habitualmente a Buenos Aires, pidió para interrogarla en el despacho de Aníbal Gordon, jefe del grupo paramilitar Triple A, que operó en Argentina hasta el golpe de Estado. “Entonces hablo con ella, y cuenta absolutamente todo”. Según el testimonio de Gavazzo, en este caso coincidente con el de varios militantes del PVP -tal como recoge Hugo Cores en su libro Memorias de la resistencia-, Nores (o “Mónica”, como la llamaban) señaló a 24 militantes políticos que fueron detenidos, interrogados en la Organización Táctica 18 (Orletti) y luego trasladados a Montevideo el 24 de julio de 1976. Gracias a ella allanaron la casa de Gatti e incautaron documentación, parte de la cual Gavazzo aún conserva y a partir de la cual se enteró de que el PVP planeaba matarlo a él y a toda su familia.
Casi todos los que vinieron en el primer vuelo estuvieron seis meses en el Servicio de Información de Defensa (SID). Allí fueron reinterrogados, según Gavazzo, sobre cosas menores. Como los habían traído secuestrados y en forma clandestina, debieron montar una operación de “blanqueo” para simular su detención en Uruguay y luego entregarlos a la Justicia.
Pero si bien los argentinos los consideraban “unos perejiles” (no eran peligrosos, sus actividades eran solo políticas), y por eso los dejaron ir, el arreglo con los militares uruguayos fue que después de sacarles información los matarían acá, lo cual no sucedió. En consecuencia, Gavazzo y otros militares dicen que les salvaron la vida.
Eso, y solamente eso, es lo que él considera haber hecho mal en esa época. Porque si bien “fue una cosa buena”, terminó siendo “mala”: muchos de esos 24 luego declararían en su contra, no solo por lo sucedido en este primer vuelo, sino también como testigos del segundo. Son parte de los 107 testimonios que recogieron Guianze y Charles previo a su procesamiento.
“Pero cuando se les entra a preguntar quiénes venían, nombran a los que faltan; y cuando se les pregunta cómo los mataron, dicen ‘ah, no sé’; y cuando se les pregunta quién los mató, dicen ‘ah, no sé’. Entonces nos acusan de haberlos matado pero no saben nada”, alega.

(EL PAÍS)