Tradiciones rurales en nuestra letras

La semana anterior publicamos una serie de referencias a escritores uruguayos de corte gauchesco (Bartolomé Hidalgo, Wenceslao Varela y Fernán Silva Valdés), elaboradas por el Profesor capitalino Daniel Vidal en la revista “Tradiciones Rurales”, editada  en 2009 por la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación, dependiente del Ministerio de Educación y Cultura. Seguidamente  presentamos una continuación, en la que Vidal informa y reflexiona sobre tres escritores más que podrían inscribirse en una línea similar: el poeta y narrador Yamandú Rodríguez, y los “hacedores de canciones” Aníbal Sampayo y Rubén Lena.
RUBÉN LENA (1925-1995)
La obra de Rubén Lena (1925-1995) está entrelazada con el terruño y con los habitantes de Treinta y Tres, su ciudad natal, el campo y las serranías del departamento del este de Uruguay. Este poeta se autodefinió hacedor de canciones y en ese gesto de humildad acertó las características fundamentales de su labor: un oficio personal y artesanal, abrazado con pasión, instinto y tesón. Nació en un hogar humilde (su padre era sastre) y vivió una vida humilde. Fue maestro en escuelas rurales, inspector de Primaria y director del Instituto Normal de Treinta y Tres. Sus poemas-canciones hablan de la geografía y de amigos de sus “pagos”. Su trabajo en la escuela Nº 44 de las aisladas Sierras del Yerbal le inspiró “La ariscona”, enseguida, vendrían “Isla Patrulla”, “De cojinillo” y muchas otras, donde estampó el verbo “simple y profundo” que siempre cultivó. Cantó a los héroes de la Historia (“A Don José”, “A Simón Bolívar”, “Al General Leandro Gómez”) y transformó en héroes a personas sencillas del pueblo (“Pobre Joaquín”, “¿No lo conoce a Juan?”). Incorporó a la imagen popular un tono de protesta (“Rumbo”, “El cuello de botella”, “Campo grande”), investigó ritmos nuevos como la serranera y fue pionero en la mixtura de murga y canción en el fonograma Todos detrás de Momo. Desde fines de la década del 50 los jóvenes cantantes Braulio López y José Luis Guerra, Los Olimareños, fueron dos de sus mejores intérpretes, pero hubo muchos otros: Alfredo Zitarrosa, Santiago Chalar, Larbanois – Carrero, Los Hacheros. Durante la dictadura cívico-militar de 1973-1984 Rubén Lena fue destituido, pero a impulso de varios de sus amigos, prosiguió su labor creativa desde la intimidad de su hogar. En 1980 Ediciones de la Banda Oriental dio a conocer el volumen de canciones Las cuerdas añadidas y en 1982 los relatos Vagabundeos y canciones de Zenobio Rosas. En 1984 realizó una selección del Cancionero de Los Olimareños, por el mismo sello. Finalmente en 1933 apareció Meditaciones, memorias inconclusas. En 1985 fue restituido a puesto de Inspector y en 1994 el Ministerio de Educación y Cultura editó una compilación de textos titulada Canciones.
ANÍBAL SAMPAYO
(1926-2007)
Desde más de medio siglo y hasta no hace mucho, el sanducero Aníbal Sampayo regó su canción popular por pueblos y riberas de Latinoamérica: fue fundador del Festival de Cosquín, participante del Encuentro de la Canción de Protesta de La Habana, del Encuentro de Intelectuales por la soberanía de los Pueblos, de festivales de Nicaragua, Venezuela, Bolivia, Chile, Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay. Investigó y analizó las tradiciones musicales guaraníticas del litoral oriental y de las Misiones jesuíticas, con las que se sintió emparentado, en especial en su artículo-ensayo Nuestra canción del litoral, que publicó en el suplemento folclórico del periódico El debate en febrero de 1966. Sampayo polemizó allí con Fernando Assuncao al defender la tesis sobre un patrimonio común de la milonga, la cifra y otros ritmos en los territorios litoraleños de Argentina y de Uruguay. Arte, fauna y geografía se unen en su obra gracias a un insólito poder instintivo que Sampayo hizo consciente al analizar el ritmo recogido de sonidos naturales (en especial del río de los pájaros pintados) y del canto de las aves: “El ritmo existe en todo elemento universal y ajustado éste al colorido melódico, dictado por el paisaje, reproduce el fenómeno de creación”. Compuso canciones de marcado tono folclórico (“Río de los pájaros”, “Ky chororó”, “Canción de verano y remo”, “Cautiva del río”) y de denuncia social (“Negro José”, “El esquilador”, “Patrón”, “Señor Presidente”, “Hacia la aurora”, “Cárcel”). Aníbal Sampayo cantó a la gesta artiguista y a las revoluciones cubana y nicaragüense, mostró simpatías por Raúl Sendic, líder del Movimiento de Liberación Nacional “Tupamaros”, y estuvo detenido ocho años en el Penal de Libertad. Una vez producida su liberación, emigró a Suecia hasta que pudo regresar al país. Fue perseguido por su verbo político pero su poesía, según sus propias palabras, se desmarcó de la referencia ideológica específica. Sus canciones recogen la tradición del folclore regional y la realidad cotidiana de los seres humildes y desplazados de todos los tiempos. Sampayo se consideró integrante de una notable hermandad latinoamericana. Su canto pertenece a la estirpe de poetas-músicos populares a la que pertenecen Atahualpa Yupanqui y Violeta Parra.
Había nacido en Paysandú en 1926. Murió en la misma ciudad en 2007.
YAMANDÚ  RODRÍGUEZ
(1891-1957)
El tema campero y el lenguaje de los paisanos tuvo en la obra del montevideano Yamandú Rodríguez (1891-1957) un refugio militante. Su obra floreció en la primera mitad del siglo XX, entre la década del diez y la del cuarenta, en sintonía con la tónica realista y la temática rural dominante en las letras uruguayas hasta mitad del siglo XX. Sus inquietudes creativas alternaron entre la poesía, la narrativa y la dramaturgia. Comenzó escribiendo en periódicos y revistas poemas criollos. Las décimas “Raza gaucha” obtuvieron el primer premio en un concurso convocado por el diario La Razón. Luego, con el poemario Aires de campo (1913, prólogo de Elías Regules), inauguró su carrera literaria en libro. Pero su éxito como escritor lo alcanzó en la dramaturgia. En 1917 estrenó en el teatro “18 de Julio” de Montevideo el poema dramático 1810, ambientado en Córdoba y en los albores de la Revolución de Mayo. Pese al tono romántico y al énfasis declamatorio, la pieza adquirió popularidad luego de ser adoptada para su repertorio por el circo criollo. Casi enseguida El matrero (1919), tendió el puente con la escena de Buenos Aires e incluso inspiró a Felipe Boero para componer sobre ella una ópera y al director Orestes Caviglia para llevarla al cine. También en esta ciudad publicó varios cuentos en la revista Leoplán y en revistas teatrales las dos obras aquí nombradas. En Montevideo el editor Claudio García publicó sus tres últimas piezas dramáticas, escritas en verso: Fraile Aldao, Renacentista y El demonio de los Andes (1935). Yamandú Rodríguez era poco afecto a los círculos literarios pese a lo cual mantuvo estrecha amistad con el escritor Felisberto Hernández. Juntos realizaron varias giras por el interior del Uruguay, Yamandú recitaba sus poesías acompañado al piano por su amigo, escritor édito pero todavía leído sólo por grupos de amigos, totalmente desconocido para la mayoría del público. Su producción poética cristalizó luego en otros dos libros de poesía: La cifra (1943) y Romances gauchos (1945). En narrativa, se inició con Bicho de luz (1925), una selección de cuentos que se inaugura con el relato epónimo sobre un “viejo tímido” que había perdido el nombre detrás de este pícaro seudónimo. La narrativa de Rodríguez despuntó por su ágil imaginación y prosiguió en el mismo tono chispeante y seguro en Cansancio (1927), Cimarrones (1933) y Humo de marlos (1940). Una amplia selección de sus cuentos fue publicada por la Biblioteca “Artigas”, Colección de Clásicos Uruguayos, prologada y realizada por Domingo Luis Bordoli en 1966.

La semana anterior publicamos una serie de referencias a escritores uruguayos de corte gauchesco (Bartolomé Hidalgo, Wenceslao Varela y Fernán Silva Valdés), elaboradas por el Profesor capitalino Daniel Vidal en la revista “Tradiciones Rurales”, editada  en 2009 por la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación, dependiente del Ministerio de Educación y Cultura. Seguidamente  presentamos una continuación, en la que Vidal informa y reflexiona sobre tres escritores más que podrían inscribirse en una línea similar: el poeta y narrador Yamandú Rodríguez, y los “hacedores de canciones” Aníbal Sampayo y Rubén Lena.

RUBÉN LENA

(1925-1995)

La obra de Rubén Lena (1925-1995) está entrelazada con el terruño y con los habitantes de Treinta y Tres, su ciudad natal,Rubén Lena el campo y las serranías del departamento del este de Uruguay. Este poeta se autodefinió hacedor de canciones y en ese gesto de humildad acertó las características fundamentales de su labor: un oficio personal y artesanal, abrazado con pasión, instinto y tesón. Nació en un hogar humilde (su padre era sastre) y vivió una vida humilde. Fue maestro en escuelas rurales, inspector de Primaria y director del Instituto Normal de Treinta y Tres. Sus poemas-canciones hablan de la geografía y de amigos de sus “pagos”. Su trabajo en la escuela Nº 44 de las aisladas Sierras del Yerbal le inspiró “La ariscona”, enseguida, vendrían “Isla Patrulla”, “De cojinillo” y muchas otras, donde estampó el verbo “simple y profundo” que siempre cultivó. Cantó a los héroes de la Historia (“A Don José”, “A Simón Bolívar”, “Al General Leandro Gómez”) y transformó en héroes a personas sencillas del pueblo (“Pobre Joaquín”, “¿No lo conoce a Juan?”). Incorporó a la imagen popular un tono de protesta (“Rumbo”, “El cuello de botella”, “Campo grande”), investigó ritmos nuevos como la serranera y fue pionero en la mixtura de murga y canción en el fonograma Todos detrás de Momo. Desde fines de la década del 50 los jóvenes cantantes Braulio López y José Luis Guerra, Los Olimareños, fueron dos de sus mejores intérpretes, pero hubo muchos otros: Alfredo Zitarrosa, Santiago Chalar, Larbanois – Carrero, Los Hacheros. Durante la dictadura cívico-militar de 1973-1984 Rubén Lena fue destituido, pero a impulso de varios de sus amigos, prosiguió su labor creativa desde la intimidad de su hogar. En 1980 Ediciones de la Banda Oriental dio a conocer el volumen de canciones Las cuerdas añadidas y en 1982 los relatos Vagabundeos y canciones de Zenobio Rosas. En 1984 realizó una selección del Cancionero de Los Olimareños, por el mismo sello. Finalmente en 1933 apareció Meditaciones, memorias inconclusas. En 1985 fue restituido a puesto de Inspector y en 1994 el Ministerio de Educación y Cultura editó una compilación de textos titulada Canciones.

ANÍBAL SAMPAYO

(1926-2007)

Desde más de medio siglo y hasta no hace mucho, el sanducero Aníbal Sampayo regó su canción popular por pueblos y riberas de Latinoamérica: fue fundador del Festival de Cosquín, participante del Encuentro de la Canción de Protesta de La Habana, del Encuentro de Intelectuales por la soberanía de los Pueblos, de festivales de Nicaragua, Venezuela, Bolivia, Chile, Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay. Investigó y analizó las tradiciones musicales guaraníticas del litoral oriental y de las Misiones jesuíticas, con las que se sintió emparentado, en especial en su artículo-ensayo Nuestra canción del litoral, que publicó en el suplemento folclórico del periódico El debate en febrero de 1966. Sampayo polemizó allí con Fernando Assuncao al defender la tesis sobre un patrimonio común de la milonga, la cifra y otros ritmos en los territorios litoraleños de Argentina y de Uruguay. Arte, fauna y geografía se unen en su obra gracias a un insólito poder instintivo que Sampayo hizo consciente al analizar el ritmo recogido de sonidos naturales (en especial del río de los pájaros pintados) y del canto de las aves: “El ritmo existe en todo elemento universal y ajustado éste al colorido melódico, dictado por el paisaje, reproduce el fenómeno de creación”. Compuso canciones de marcado tono folclórico (“Río de los pájaros”, “Ky chororó”, “Canción de verano y remo”, “Cautiva del río”) y de denuncia social (“Negro José”, “El esquilador”, “Patrón”, “Señor Presidente”, “Hacia la aurora”, “Cárcel”). Aníbal Sampayo cantó a la gesta artiguista y a las revoluciones cubana y nicaragüense, mostró simpatías por Raúl Sendic, líder del Movimiento de Liberación Nacional “Tupamaros”, y estuvo detenido ocho años en el Penal de Libertad. Una vez producida su liberación, emigró a Suecia hasta que pudo regresar al país. Fue perseguido por su verbo político pero su poesía, según sus propias palabras, se desmarcó de la referencia ideológica específica. Sus canciones recogen la tradición del folclore regional y la realidad cotidiana de los seres humildes y desplazados de todos los tiempos. Sampayo se consideró integrante de una notable hermandad latinoamericana. Su canto pertenece a la estirpe de poetas-músicos populares a la que pertenecen Atahualpa Yupanqui y Violeta Parra.

Había nacido en Paysandú en 1926. Murió en la misma ciudad en 2007.

YAMANDÚ  RODRÍGUEZ

(1891-1957)

El tema campero y el lenguaje de los paisanos tuvo en la obra del montevideano Yamandú Rodríguez (1891-1957) un refugio militante. Su obra floreció en la primera mitad del siglo XX, entre la década del diez y la del cuarenta, en sintonía con la tónica realista y la temática rural dominante en las letras uruguayas hasta mitad del siglo XX. Sus inquietudes creativas alternaron entre la poesía, la narrativa y la dramaturgia. Comenzó escribiendo en periódicos y revistas poemas criollos. Las décimas “Raza gaucha” obtuvieron el primer premio en un concurso convocado por el diario La Razón. Luego, con el poemario Aires de campo (1913, prólogo de Elías Regules), inauguró su carrera literaria en libro. Pero su éxito como escritor lo alcanzó en la dramaturgia. En 1917 estrenó en el teatro “18 de Julio” de Montevideo el poema dramático 1810, ambientado en Córdoba y en los albores de la Revolución de Mayo. Pese al tono romántico y al énfasis declamatorio, la pieza adquirió popularidad luego de ser adoptada para su repertorio por el circo criollo. Casi enseguida El matrero (1919), tendió el puente con la escena de Buenos Aires e incluso inspiró a Felipe Boero para componer sobre ella una ópera y al director Orestes Caviglia para llevarla al cine. También en esta ciudad publicó varios cuentos en la revista Leoplán y en revistas teatrales las dos obras aquí nombradas. En Montevideo el editor Claudio García publicó sus tres últimas piezas dramáticas, escritas en verso: Fraile Aldao, Renacentista y El demonio de los Andes (1935). Yamandú Rodríguez era poco afecto a los círculos literarios pese a lo cual mantuvo estrecha amistad con el escritor Felisberto Hernández. Juntos realizaron varias giras por el interior del Uruguay, Yamandú recitaba sus poesías acompañado al piano por su amigo, escritor édito pero todavía leído sólo por grupos de amigos, totalmente desconocido para la mayoría del público. Su producción poética cristalizó luego en otros dos libros de poesía: La cifra (1943) y Romances gauchos (1945). En narrativa, se inició con Bicho de luz (1925), una selección de cuentos que se inaugura con el relato epónimo sobre un “viejo tímido” que había perdido el nombre detrás de este pícaro seudónimo. La narrativa de Rodríguez despuntó por su ágil imaginación y prosiguió en el mismo tono chispeante y seguro en Cansancio (1927), Cimarrones (1933) y Humo de marlos (1940). Una amplia selección de sus cuentos fue publicada por la Biblioteca “Artigas”, Colección de Clásicos Uruguayos, prologada y realizada por Domingo Luis Bordoli en 1966.







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