Un mensajero de la libertad

La visita del Papa Francisco a Brasil dejó muchas cosas positivas para los creyentes católicos y también para los no creyentes de ninguna religión. Primero por lo que implica esa investidura en un hombre que es de estas tierras y que conoce la sofocante realidad del continente como la palma de su mano, por eso nunca tan profundos y tan acertados así como bienvenidos, sus discursos en Río de Janeiro, sobre la realidad social, política y económica de nuestra América Latina.
Pero además por el hecho de que estamos atravesando un momento en el que nuestras sociedades en la región se están cayendo a pedazos, donde los valores se retuercen y se desconocen como a cara descubierta, donde predomina el individualismo, el egocentrismo económico y el consumismo descarado, que lleva a que a nadie le importe nada sino el confort y el enriquecerse lo más posible, donde los niños siguen descalzos en muchas partes de nuestro país y tienen que recorrer kilómetros para poder ir a una escuela que seguramente soporta estoica el frío y el calor, la lluvia y el sol, y el viento hace temblar sus paredes, pero que a nadie le importa, donde los espera una maestra cansada por la vida que le toca llevar y frustrada económicamente, las que les transmite lo que puede ese día, porque tiene que llegar a la casa y ver cómo hace para llegar a fin de mes y enfrentar una realidad que seguramente no le gusta vivir.
Donde en muchos hogares campea la violencia doméstica y allí crecen niños que aprehenden esa espantosa vivencia, creciendo con angustias, depresiones y valores trastocados, los que reproducirán de adultos en el caso de que nadie les brinde contención, amor y educación. Y los motive al sí se puede.
Donde le damos la espalda a los adultos y como dijo Bergoglio, ejecutamos una “Eutanasia cultural” contra nuestros abuelos, los ignoramos por completo, les damos la espalda, desde que nos importa un bledo si tienen para comer y si ganan los suficiente para vivir, sufriendo la condena de que al final de sus días, después de haber dejado el alma en la cancha criando hijos, cuidando nietos y trabajando para forjar un país mejor, se les tira unas migajas como las migas de pan que se le dan a las palomas de una plaza y se los ignora hasta para darles un asiento en el ómnibus, dejándolos morir en la más vergonzosa de las soledades.
En un momento donde en el contexto regional latinoamericano dejamos morir a nuestros jóvenes al verlos consumir drogas por las calles y en vez de querer ayudarlos nos horrorizamos, les damos la espalda, los estigmatizamos, los criminalizamos: “ese es violento, delincuente o simplemente tan idiota, porque estará drogado”, decimos con facilidad y los abatimos con nuestra indiferencia, los corremos de nuestro lado y nos importa un carajo cuál sea la causa que haya determinado que tiren su vida a la basura. Porque seguramente no sabemos cómo hacernos cargo del problema, ni tampoco nos importa.
Los principales delitos que se cometen en Salto son los de violencia doméstica y el tráfico de estupefacientes, y eso habla de la sociedad resquebrajada que tenemos, donde ejercer la violencia contra mujeres y niños pasa a ser algo habitual. Y donde consumir drogas es parte de juntarse en una esquina para hablar de nada y para sentirse aún peor, mas lejos del mundo y sobre todo ajenos a nuestra propia familia, sometiéndola al dolor de perderlo todo desde los afectos hasta el sentido de pertenencia y la mancomunión de esfuerzos que esto implicaría que debería implicar el amor por los nuestros.
Pero con todos estos problemas, donde además se suma el del empleo, problema por el que bien dijo Bergoglio, habrá una generación entera de jóvenes que no sabrá lo que significa el valor de la dignidad del trabajo para ganarse la vida, en ese sentido es que el Papa latinoamericano, que tanto barullo provoca en los inmensos muros de mármol de la Iglesia Católica, y sacude sus templos llenos de oropeles y de riquezas centenarias cuyo tesoro es incalculable, al decirles que la razón de su existencia es servir a la gente, porque de lo contrario, de nada habrá servido tener el poder de ser un referente de Dios, si aplican una vida tan fría, frívola, protocolar, solemne, y distante en definitiva, y lejos de los problemas que aducen tener el deber de combatir.
El Papa Francisco dio una cátedra de cómo encarar la vida, las responsabilidades que nos ocupan y los problemas a los que miramos para un costado. Todo esto, en un tiempo en el que la Iglesia Católica se encuentra viviendo momentos de crisis de fe, escasez de participación y muy poca renovación en su público.
Hace poco tiempo, el Obispo de la Iglesia Católica de Salto, Pablo Galimberti, sacudió la modorra interna con un editorial en una publicación eclesiástica, en la que dijo que había que mejorar la comunicación y acercarse más a la gente, para renovar el público objetivo que tiene la Iglesia, ya que por lo que han podido ver, se mantienen los mismos fieles desde hace años y el tiempo pasa, por lo que si no hay una renovación en el público que asiste a las ceremonias, probablemente dentro de poco tiempo, el cura quedará solo a la hora de la Misa.
Aunque al menos, es positivo que haya habido una autocrítica y se piense a quién esta destinado lo que hacemos, para saber cómo lo debemos hacer. Por eso, es que al menos en Salto los católicos se dieron cuenta que la gente quiere llegar a misa y encontrarse con algo que lo movilice, lo que implica que ese algo sea el calor espiritual que se ha venido perdiendo en los últimos tiempos, que haya alguien que los reciba, los salude, los abrace y les pregunte cómo se sienten ese día. Entonces así sabrán que la concurrencia allí es por algo y a partir de eso todo girará distinto.
Pero más allá de este aspecto, que es algo interno de una grey de la cual soy solamente un espectador de afuera, el mensaje del Papa a sus compañeros de ruta, que son los sacerdotes de todas partes del mundo y principalmente de nuestra América Latina, es el llamado a salir a las calles, a involucrarse con los problemas de la gente, a escuchar a los ancianos, que tienen mucho para decir y los más jóvenes tienen mucho que aprender de ellos, pero también a escuchar y a atender a los niños, a nuestros adolescentes, a los jóvenes, a las mujeres, a los que viven en situaciones más vulnerables y a los que atraviesan por problemas como la pérdida de valores.
El Papa que rige actualmente al catolicismo mundial es una figura emblemática, no solamente por su cargo, sino por su acción y su discurso. Es un luchador social, es una voz que pesa cuando dice algo por lo que está diciendo y no tanto por quien lo dice, ¿Es un rebelde? No, para nada, es un manifestante, un avivador, un hombre inteligente y extremadamente libre para decir lo que sabe, lo que piensa, lo que siente, lo que quiere que los demás oigan.
¿Le preocupa que mañana intenten derribarlo porque sus verdades atacan la entraña misma del poder, donde las clases dominantes no quieren una convulsión social, una queja colectiva, una mirada retrospectiva que conlleve al cuestionamiento del confort social? No le preocupa en lo más mínimo. ¿Por su guardia personal, por la honorable y protocolar guardia suiza, porque es una autoridad que se cree inmortal? No, porque lisa y llanamente es un hombre libre y así se siente. Es un vocero de la causa de la humanidad y su llamado está prendiendo en la gente, entre los católicos y sobre todo, en los no creyentes, que lo ven como un revolucionario de la paz y de la anhelada conquista de la libertad, esa que todos merecemos para construir una sociedad mejor. Y eso es lo que el Papa con sus discursos está logrando en la gente.

La visita del Papa Francisco a Brasil dejó muchas cosas positivas para los creyentes católicos y también para los no creyentes de ninguna religión. Primero por lo que implica esa investidura en un hombre que es de estas tierras y que conoce la sofocante realidad del continente como la palma de su mano, por eso nunca tan profundos y tan acertados así como bienvenidos, sus discursos en Río de Janeiro, sobre la realidad social, política y económica de nuestra América Latina.

Pero además por el hecho de que estamos atravesando un momento en el que nuestras sociedades en la región se están cayendo a pedazos, donde los valores se retuercen y se desconocen como a cara descubierta, donde predomina el individualismo, el egocentrismo económico y el consumismo descarado, que lleva a que a nadie le importe nada sino el confort y el enriquecerse lo más posible, donde los niños siguen descalzos en muchas partes de nuestro país y tienen que recorrer kilómetros para poder ir a una escuela que seguramente soporta estoica el frío y el calor, la lluvia y el sol, y el viento hace temblar sus paredes, pero que a nadie le importa, donde los espera una maestra cansada por la vida que le toca llevar y frustrada económicamente, las que les transmite lo que puede ese día, porque tiene que llegar a la casa y ver cómo hace para llegar a fin de mes y enfrentar una realidad que seguramente no le gusta vivir.

Donde en muchos hogares campea la violencia doméstica y allí crecen niños que aprehenden esa espantosa vivencia, creciendofrancisco1 con angustias, depresiones y valores trastocados, los que reproducirán de adultos en el caso de que nadie les brinde contención, amor y educación. Y los motive al sí se puede.

Donde le damos la espalda a los adultos y como dijo Bergoglio, ejecutamos una “Eutanasia cultural” contra nuestros abuelos, los ignoramos por completo, les damos la espalda, desde que nos importa un bledo si tienen para comer y si ganan los suficiente para vivir, sufriendo la condena de que al final de sus días, después de haber dejado el alma en la cancha criando hijos, cuidando nietos y trabajando para forjar un país mejor, se les tira unas migajas como las migas de pan que se le dan a las palomas de una plaza y se los ignora hasta para darles un asiento en el ómnibus, dejándolos morir en la más vergonzosa de las soledades.

En un momento donde en el contexto regional latinoamericano dejamos morir a nuestros jóvenes al verlos consumir drogas por las calles y en vez de querer ayudarlos nos horrorizamos, les damos la espalda, los estigmatizamos, los criminalizamos: “ese es violento, delincuente o simplemente tan idiota, porque estará drogado”, decimos con facilidad y los abatimos con nuestra indiferencia, los corremos de nuestro lado y nos importa un carajo cuál sea la causa que haya determinado que tiren su vida a la basura. Porque seguramente no sabemos cómo hacernos cargo del problema, ni tampoco nos importa.

Los principales delitos que se cometen en Salto son los de violencia doméstica y el tráfico de estupefacientes, y eso habla de la sociedad resquebrajada que tenemos, donde ejercer la violencia contra mujeres y niños pasa a ser algo habitual. Y donde consumir drogas es parte de juntarse en una esquina para hablar de nada y para sentirse aún peor, mas lejos del mundo y sobre todo ajenos a nuestra propia familia, sometiéndola al dolor de perderlo todo desde los afectos hasta el sentido de pertenencia y la mancomunión de esfuerzos que esto implicaría que debería implicar el amor por los nuestros.

Pero con todos estos problemas, donde además se suma el del empleo, problema por el que bien dijo Bergoglio, habrá una generación entera de jóvenes que no sabrá lo que significa el valor de la dignidad del trabajo para ganarse la vida, en ese sentido es que el Papa latinoamericano, que tanto barullo provoca en los inmensos muros de mármol de la Iglesia Católica, y sacude sus templos llenos de oropeles y de riquezas centenarias cuyo tesoro es incalculable, al decirles que la razón de su existencia es servir a la gente, porque de lo contrario, de nada habrá servido tener el poder de ser un referente de Dios, si aplican una vida tan fría, frívola, protocolar, solemne, y distante en definitiva, y lejos de los problemas que aducen tener el deber de combatir.

El Papa Francisco dio una cátedra de cómo encarar la vida, las responsabilidades que nos ocupan y los problemas a los que miramos para un costado. Todo esto, en un tiempo en el que la Iglesia Católica se encuentra viviendo momentos de crisis de fe, escasez de participación y muy poca renovación en su público.

Hace poco tiempo, el Obispo de la Iglesia Católica de Salto, Pablo Galimberti, sacudió la modorra interna con un editorial en una publicación eclesiástica, en la que dijo que había que mejorar la comunicación y acercarse más a la gente, para renovar el público objetivo que tiene la Iglesia, ya que por lo que han podido ver, se mantienen los mismos fieles desde hace años y el tiempo pasa, por lo que si no hay una renovación en el público que asiste a las ceremonias, probablemente dentro de poco tiempo, el cura quedará solo a la hora de la Misa.

Aunque al menos, es positivo que haya habido una autocrítica y se piense a quién esta destinado lo que hacemos, para saber cómo lo debemos hacer. Por eso, es que al menos en Salto los católicos se dieron cuenta que la gente quiere llegar a misa y encontrarse con algo que lo movilice, lo que implica que ese algo sea el calor espiritual que se ha venido perdiendo en los últimos tiempos, que haya alguien que los reciba, los salude, los abrace y les pregunte cómo se sienten ese día. Entonces así sabrán que la concurrencia allí es por algo y a partir de eso todo girará distinto.

Pero más allá de este aspecto, que es algo interno de una grey de la cual soy solamente un espectador de afuera, el mensaje del Papa a sus compañeros de ruta, que son los sacerdotes de todas partes del mundo y principalmente de nuestra América Latina, es el llamado a salir a las calles, a involucrarse con los problemas de la gente, a escuchar a los ancianos, que tienen mucho para decir y los más jóvenes tienen mucho que aprender de ellos, pero también a escuchar y a atender a los niños, a nuestros adolescentes, a los jóvenes, a las mujeres, a los que viven en situaciones más vulnerables y a los que atraviesan por problemas como la pérdida de valores.

El Papa que rige actualmente al catolicismo mundial es una figura emblemática, no solamente por su cargo, sino por su acción y su discurso. Es un luchador social, es una voz que pesa cuando dice algo por lo que está diciendo y no tanto por quien lo dice, ¿Es un rebelde? No, para nada, es un manifestante, un avivador, un hombre inteligente y extremadamente libre para decir lo que sabe, lo que piensa, lo que siente, lo que quiere que los demás oigan.

¿Le preocupa que mañana intenten derribarlo porque sus verdades atacan la entraña misma del poder, donde las clases dominantes no quieren una convulsión social, una queja colectiva, una mirada retrospectiva que conlleve al cuestionamiento del confort social? No le preocupa en lo más mínimo. ¿Por su guardia personal, por la honorable y protocolar guardia suiza, porque es una autoridad que se cree inmortal? No, porque lisa y llanamente es un hombre libre y así se siente. Es un vocero de la causa de la humanidad y su llamado está prendiendo en la gente, entre los católicos y sobre todo, en los no creyentes, que lo ven como un revolucionario de la paz y de la anhelada conquista de la libertad, esa que todos merecemos para construir una sociedad mejor. Y eso es lo que el Papa con sus discursos está logrando en la gente.

Hugo Lemos







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