Un poder paralelo

Una de las cosas que siempre me he preguntado por distintos motivos, es, si en este país, las Fuerzas Armadas (FFAA) en general, pero el Ejército en particular, operan como una casta aparte del resto y son una corporación fuertemente hermética, que traducen un poder paralelo al de los partidos políticos, que no son otra cosa que la representación de la sociedad civil organizada, a la que supuestamente los militares están “subordinados”.
El pasado viernes tuve el honor de presentar, una vez más, el libro de ese gran escritor y particularmente un amigo, como lo es Fernando Amado. Hijo de un ex comandante en jefe de las FFAA en democracia, no salió muy solemne, obediente o subordinado, sino precisamente todo lo contrario y las cosas que escribe o lo que dice por su condición política de parlamentario así lo demuestran.
En su última investigación, que le llevó cerca de dos años hacerla y con las que se acerca más en sus trabajos a lo que los periodistas deberíamos hacer para desnudar las tramas de poder que se tejen bajo cuerda en nuestro país desde siempre, Amado describe con precisión, información y veracidad los detalles de porqué los militares cuestionan en cierta medida tener que subordinarse a un presidente de la sociedad civil. Algo que deja en la mira, a decir del autor “bajo sospecha”, a esa casta que se ha formado en el país desde antes de su fundación.
Quizás por eso mismo el Ejército crea que es mucho más que una institución estatal y que sus jerarcas mucho más que meros funcionarios públicos. Sino que consideran, quizás y estoy pensando en función de cómo actúan, cómo operan y cómo a su vez reclaman ser vistos, que están por encima del resto por haber estado desde el principio con sus narices en el suelo de este lugar, desde que todo comenzó, desde antes incluso de que fundara este país y encima por haber participado en las decisiones que dieron lugar a que el mismo surja.
Por eso, a decir también de Amado, hay un hecho objetivo de la realidad y es que en el Uruguay han gobernado dos sectores de la población a lo largo de su historia, la sociedad civil por un lado y los militares por otro. Pero siempre que gobernaron los militares, lo han hecho bajo el descontento generalizado del pueblo, mientras que durante la democracia, ellos ponen sus condiciones y hasta sellan pactos internos y con los operadores políticos que estarán en el gobierno, para garantizar la estabilidad del país, algo que puede sonar mal, pero que siempre ha sido así.
Dentro de todo, nuestro país no es el que tiene una tradición más golpista en la región, sino que estamos mejor vistos que varios de los vecinos que han tenido gente porfiada y autoritaria por decir lo menos, o bestias asesinas como el caso de Pinochet por ser objetivo, que se han quedado con los gobiernos de sus países como si hubiesen tenido derecho a hacerlo.
El caso de Uruguay es diferente, aunque un poco parecido a varios de los peores ejemplos que podíamos imitar de la región, que eran los golpes de Estado, aunque fuimos de los pioneros y de los más adelantados en cumplir el mandato del gobierno de Estados Unidos con Kissinger a la cabeza, como ideólogo de hacer dictaduras en la región para frenar el comunismo, utilizando todos los medios al alcance de nuestro ejército, todo su poder de fuego, para tomar el gobierno por las armas y hacerlo antes de que los por entonces guerrilleros marxistas lo lograran. Aunque treinta y pico de años después llegaran a hacerlo, pero como políticos.
Aunque los militares y las Fuerzas Armadas en su conjunto, no podían haber dado un Golpe de Estado y gobernar de facto un país por más de una década como lo hicieron, sino cuentan con un poder similar a la de una clase gobernante, porque si solamente fueran una institución pública, no podrían haber hecho jamás lo que hicieron.
Ese poder se los da el mero hecho de ser custodios de las armas, porque las armas no matan por sí solas, matan por las manos de los hombres que las tienen y que toman la decisión de hacerlo y si esos hombres que deben custodiar las armas de un país, que además deben ser inteligentes y sagaces, y deben estar al tanto de lo que pasa en el mundo, porque es de éste que se supone que deben cumplir la misión de defender a su país, pero se vuelven soberbios y hacen mal las cosas, creyendo que tienen el poder de poner en jaque a un gobierno y por ende, a una población entera de sus caprichos, por el mero hecho de ser los custodios de las armas.
Entonces si los que lo han hecho en algún momento, utilizaron el nombre del Ejército para ello, y generaron acciones desde allí demostrando ser un poder aparte del resto, los uruguayos mantenemos en una cárcel a esa institución, recordando con recelo lo que hicieron y poniendo nuestro relacionamiento bastante distanciado, sin generar oportunidades de saber cuál es el cometido que tiene el Ejército, cuáles han sido las acciones tendientes a la cooperación y apoyo a la comunidad por parte de esta fuerza en particular que es la más numerosa y la que más influencia tiene en el poder político y en el económico.
Pero es el propio Ejército, aún en democracia, el que se ha encargado de encerrase bajo cuatro paredes y demostrar que son un poder paralelo. Las logias que existen en su interna, como la Logia Tenientes de Artigas de la que ya hemos hablado en estas páginas, pese al enojo de algunos de sus integrantes como el caso de un ex comandante del Batallón de Salto y otros personajes allegados a ese clan, que pretendieron sembrar un manto de oscuridad sobre esos grupos operativos hacia la interna del Ejército, de los que la sociedad, que es la que financia a esta fuerza pero además a la que se suponen que ellos están subordinados, desconocen en absoluto.
Si un general puede decirle a un presidente quién debe ser el ministro de Defensa para que no haya enfrentamientos entre el poder político de turno con las Fuerzas Armadas, es porque algo estamos haciendo mal y la sociedad lo permite, que es peor. No hay que castigar al Ejército, pero éste, que ahora se jacta de que “esas cosas ya pasaron” y abre la casa solamente para los “amigos de la unidad”, debería esforzarse un poco más para no estar en la mira.
No basta con ayudar en los planes sociales, en los actos deportivos o cuando hay catástrofes naturales, para que el Ejército sea de todos tampoco debe ideologizarse, como la estupidez que planteó la senadora Topolansky, que hasta su esposo, el presidente Mujica, no quiso salir atrás porque sino esa noche iba a dormir en el living con la perra Manuela. Sino que va por otro lado, pasa por un involucramiento con la sociedad, pero también con mayor transparencia de la institución y de sus hombres con la sociedad en general, demostrando que son los custodios de las armas del país sí, pero que también son responsables y que han madurado, y que en ese aspecto son el Ejército de todos.
De lo contrario, sino bajan un cambio del papel que juegan como poder paralelo al de la sociedad civil, sino demuestran que pueden ser transparentes y abiertos como deben ser todas las instituciones públicas del país, seguirán estando como lo dice el libro de Amado, “bajo sospecha” y la gente seguirá pasando por la vereda de enfrente con más recelos que aplausos, y eso no le hará bien, ni a ellos ni a nosotros.

Una de las cosas que siempre me he preguntado por distintos motivos, es, si en este país, las Fuerzas Armadas (FFAA) en general, pero el Ejército en particular, operan como una casta aparte del resto y son una corporación fuertemente hermética, que traducen un poder paralelo al de los partidos políticos, que no son otra cosa que la representación de la sociedad civil organizada, a la que supuestamente los militares están “subordinados”.

El pasado viernes tuve el honor de presentar, una vez más, el libro de ese gran escritor y particularmente un amigo, como lo es Fernando Amado. Hijo de un ex comandante en jefe de las FFAA en democracia, no salió muy solemne, obediente o subordinado, sino precisamente todo lo contrario y las cosas que escribe o lo que dice por su condición política de parlamentario así lo demuestran.

En su última investigación, que le llevó cerca de dos años hacerla y con las que se acerca más en sus trabajos a lo que los periodistas deberíamos hacer para desnudar las tramas de poder que se tejen bajo cuerda en nuestro país desde siempre, Amado describe con precisión, información y veracidad los detalles de porqué los militares cuestionan en cierta medida tener que subordinarse a un presidente de la sociedad civil. Algo que deja en la mira, a decir del autor “bajo sospecha”, a esa casta que se ha formado en el país desde antes de su fundación.

Quizás por eso mismo el Ejército crea que es mucho más que una institución estatal y que sus jerarcas mucho más queejercitomeros funcionarios públicos. Sino que consideran, quizás y estoy pensando en función de cómo actúan, cómo operan y cómo a su vez reclaman ser vistos, que están por encima del resto por haber estado desde el principio con sus narices en el suelo de este lugar, desde que todo comenzó, desde antes incluso de que fundara este país y encima por haber participado en las decisiones que dieron lugar a que el mismo surja.

Por eso, a decir también de Amado, hay un hecho objetivo de la realidad y es que en el Uruguay han gobernado dos sectores de la población a lo largo de su historia, la sociedad civil por un lado y los militares por otro. Pero siempre que gobernaron los militares, lo han hecho bajo el descontento generalizado del pueblo, mientras que durante la democracia, ellos ponen sus condiciones y hasta sellan pactos internos y con los operadores políticos que estarán en el gobierno, para garantizar la estabilidad del país, algo que puede sonar mal, pero que siempre ha sido así.

Dentro de todo, nuestro país no es el que tiene una tradición más golpista en la región, sino que estamos mejor vistos que varios de los vecinos que han tenido gente porfiada y autoritaria por decir lo menos, o bestias asesinas como el caso de Pinochet por ser objetivo, que se han quedado con los gobiernos de sus países como si hubiesen tenido derecho a hacerlo.

El caso de Uruguay es diferente, aunque un poco parecido a varios de los peores ejemplos que podíamos imitar de la región, que eran los golpes de Estado, aunque fuimos de los pioneros y de los más adelantados en cumplir el mandato del gobierno de Estados Unidos con Kissinger a la cabeza, como ideólogo de hacer dictaduras en la región para frenar el comunismo, utilizando todos los medios al alcance de nuestro ejército, todo su poder de fuego, para tomar el gobierno por las armas y hacerlo antes de que los por entonces guerrilleros marxistas lo lograran. Aunque treinta y pico de años después llegaran a hacerlo, pero como políticos.

Aunque los militares y las Fuerzas Armadas en su conjunto, no podían haber dado un Golpe de Estado y gobernar de facto un país por más de una década como lo hicieron, sino cuentan con un poder similar a la de una clase gobernante, porque si solamente fueran una institución pública, no podrían haber hecho jamás lo que hicieron.

Ese poder se los da el mero hecho de ser custodios de las armas, porque las armas no matan por sí solas, matan por las manos de los hombres que las tienen y que toman la decisión de hacerlo y si esos hombres que deben custodiar las armas de un país, que además deben ser inteligentes y sagaces, y deben estar al tanto de lo que pasa en el mundo, porque es de éste que se supone que deben cumplir la misión de defender a su país, pero se vuelven soberbios y hacen mal las cosas, creyendo que tienen el poder de poner en jaque a un gobierno y por ende, a una población entera de sus caprichos, por el mero hecho de ser los custodios de las armas.

Entonces si los que lo han hecho en algún momento, utilizaron el nombre del Ejército para ello, y generaron acciones desde allí demostrando ser un poder aparte del resto, los uruguayos mantenemos en una cárcel a esa institución, recordando con recelo lo que hicieron y poniendo nuestro relacionamiento bastante distanciado, sin generar oportunidades de saber cuál es el cometido que tiene el Ejército, cuáles han sido las acciones tendientes a la cooperación y apoyo a la comunidad por parte de esta fuerza en particular que es la más numerosa y la que más influencia tiene en el poder político y en el económico.

Pero es el propio Ejército, aún en democracia, el que se ha encargado de encerrase bajo cuatro paredes y demostrar que son un poder paralelo. Las logias que existen en su interna, como la Logia Tenientes de Artigas de la que ya hemos hablado en estas páginas, pese al enojo de algunos de sus integrantes como el caso de un ex comandante del Batallón de Salto y otros personajes allegados a ese clan, que pretendieron sembrar un manto de oscuridad sobre esos grupos operativos hacia la interna del Ejército, de los que la sociedad, que es la que financia a esta fuerza pero además a la que se suponen que ellos están subordinados, desconocen en absoluto.

Si un general puede decirle a un presidente quién debe ser el ministro de Defensa para que no haya enfrentamientos entre el poder político de turno con las Fuerzas Armadas, es porque algo estamos haciendo mal y la sociedad lo permite, que es peor. No hay que castigar al Ejército, pero éste, que ahora se jacta de que “esas cosas ya pasaron” y abre la casa solamente para los “amigos de la unidad”, debería esforzarse un poco más para no estar en la mira.

No basta con ayudar en los planes sociales, en los actos deportivos o cuando hay catástrofes naturales, para que el Ejército sea de todos tampoco debe ideologizarse, como la estupidez que planteó la senadora Topolansky, que hasta su esposo, el presidente Mujica, no quiso salir atrás porque sino esa noche iba a dormir en el living con la perra Manuela. Sino que va por otro lado, pasa por un involucramiento con la sociedad, pero también con mayor transparencia de la institución y de sus hombres con la sociedad en general, demostrando que son los custodios de las armas del país sí, pero que también son responsables y que han madurado, y que en ese aspecto son el Ejército de todos.

De lo contrario, sino bajan un cambio del papel que juegan como poder paralelo al de la sociedad civil, sino demuestran que pueden ser transparentes y abiertos como deben ser todas las instituciones públicas del país, seguirán estando como lo dice el libro de Amado, “bajo sospecha” y la gente seguirá pasando por la vereda de enfrente con más recelos que aplausos, y eso no le hará bien, ni a ellos ni a nosotros.

Hugo Lemos