Una experiencia con el cambio de hora

Sonó el despertador pero todavía estaba oscuro. Es que son las seis y media de la mañana pero parece que fuera más de madrugada, en realidad esa hora es para los días de semana y no tenía porqué sonar el despertador si era un domingo, único día que puedo darme el lujo de dormir hasta un poco más. Aunque la pregunta igual me la hice, ¿qué pasa que está tan oscuro si ya se ven los primeros destellos del sol a esta hora?
Me levanté y apenas atiné a apagar el estruendoso ruido del aparato que dan ganas de tirarlo lejos y seguir con los ojos pegados a las sábanas, cuando me golpee contra el filo de la cama, todo porque estaba oscuro y yo dormido. No lo podía creer, nunca había proferido tantos insultos entre dientes, porque si llegaba a despertar a los demás, el que iba a recibir un camión de insultos e iba a tener que armar las valijas iba a ser yo.
Al final de cuentas me volví a dormir y todo quedó en eso. Silencio absoluto, aunque la madrugada del domingo nunca es silenciosa, sino todo lo contrario. Siempre hay quienes pasan gritando por la calle, como si no hubiera otra cosa para hacer que despertar a los que eligen quedarse descansando en casa, que lo hacen o porque ya tienen demasiadas noches encima y se aburrieron, o porque si salen por la puerta seguramente no entran más y tienen que ir derecho a comprar el diario al otro día para buscar donde dormir la noche siguiente.
Pero la mente humana viaja rápido, entonces entre el dolor de la rodilla que parecía que me la había partido en cuatro, porque me la había reventado contra el filo de la cama, no se si ya lo dije pero es necesario repetirlo porque así apaciguo el dolor, entre los gritos de algunos trasnochados que todavía estaban dispuestos a despertar al resto con sus frustraciones de un sábado a la noche por tener que volver con los mismos aburridos con los que habían salido de sus casas, cuando quizás salieron con las expectativas de regresar con alguien más divertida y que los haga dejar al Tarzán que llevan adentro, y entre el desconcierto por si era lunes o viernes, de noche o de tardecita, y encima yo sin reloj, me volví a la cama pensando que pronto soñaría estar en un paraíso.
Y así soñé que vivía en un país donde no había pobreza, todo era una playa enorme, con aguas oceánicas que acariciaban las costas del lugar mientras a mi me despeinaba el viento desde mi asiento frente al mar, tomando una bebida dulce y fría que me hacía sentir en equilibrio, sin stress, estaba en armonía conmigo mismo y encima, tenía todas las cuentas pagas.
No tenía horarios, mi familia jugaba feliz por las dunas de arena que componían los kilómetros  de playa limpia y sin olor, pero dejándome descansar y pensar en lo que yo quería, sin que ellos me impusieran todos los temas del día en la cabeza, porque también tengo ese derecho de vez en cuando, de querer algo, de pensarlo, al final de cuentas yo también existo, o mejor aún, lisa y llanamente también puedo no pensar en nada, desconectarme y quedar con la mente en blanco a ver si funciona y las ideas que ingresan son nuevas y me hacen recorrer otros caminos.
Solo se que era yo mismo y que podía pensar en todo o en nada, sin murmullos, sin números que sacar, sin calendarios, sin vencimientos de pago, sin el clásico ¿de dónde voy a sacar para pagar todo eso?
Tranquilo, sin problemas, sin nada agobiante que pensar, sin incomodidades, sin responsabilidades, sin situaciones complejas que resolver o apaciguar, sin teléfonos que atender, sin planes de acción que diseñar, sin tener que organizar el día siendo puntual como un relojito porque sino las 24 horas no alcanzan. Nada de esto. Estaba en la playa, hasta sentía como el agua me mojaba los pies. ¡Qué felicidad!
Para mejor, el país era perfecto. No había impuestos a los sueldos que pagar, las atenciones médicas eran un servicio altruista por el bien del prójimo, no existía algo tan diabólico como el BPS, y por eso no tenías que pagar para jubilarte porque cuando lo hicieras, el Estado te iba a tratar como a un Duque y te iba a dar todo lo necesario para que estuvieras bien.
Era un país donde todos se divertían, todos estaban relajados y en armonía, nadie pensaba en lo que iba a venir y en el aumento de nada, nadie se comía la cabeza pensando como llegar a fin de mes, ni agarraba ninguna calculadora para repartir el dinero entre las mil cosas que tenía que pagar, y a su vez, subsistir hasta el último día.
No había quejas y ni las mujeres de uno, ni los sindicatos reclamaban absolutamente nada, todos estaban más que conformes y agradecidos con lo que tenían en sus bolsillos y en sus casas, y esto, esto sí que era algo maravilloso.
No había que escuchar a político alguno, diciendo absolutamente nada de nada, las personas eran honestas y decían las cosas de frente le guste a quien le guste. Había mucha naturaleza y nadie pensaba en levantar una chimenea para que otros se quejaran, solamente jugaban con arena y agua, la que se sentía cada vez con más fuerza en mi cuerpo, reafirmando la sensación de que estaba en el paraíso. No había ni oficialismo ni oposición. No había chupamedias ni resentidos.
No había gente que jugara por la plata que le daban, sino por lo que sentían con el corazón. No había nada que me hiciera pensar en algo desgastante y que me aumentara la contractura que tengo hace años, sino que todo era distensión, paz y confort.
Hasta que de repente desde la reposera frente al mar, pateo un charco que me hizo sentir que el algo no andaba bien porque nunca en ese lugar podía haber un charco de agua, fue cuando me di cuenta que lo que sentía no era el mar oceánico, sino que parecía lo que se dice justamente un charco, y era que el pañal de mi hijo no había estado bien puesto porque con el maldito cambio de hora, hice cualquier cosa cuando sonó el despertador, menos de la manera que tenía que hacerlo. Ahí salté de la cama y me había olvidado de cambiar la hora, ya era tarde, recontra tarde, y no había hecho ni la mitad de las cosas que en mi estresada agenda me había propuesto el día anterior.
Ahí me acordé de las cuentas que tenía que pagar y de las cuales no había visto ni el recibo, del BPS, de la DGI, del Fonasa y de todas las maldades que han sido inventadas en este mundo real, de que no podía decir buenos días sin que me estuvieran diciendo qué cosas debían estar listas para qué hora, y encima, mientras me ocupaba de limpiar el agua de mar que no era, pero que sí me había mojado algo más que los pies, me volvió el dolor de rodilla porque el filo de la cama sí existe y todo esto por el maldito cambio de hora.

Sonó el despertador pero todavía estaba oscuro. Es que son las seis y media de la mañana pero parece que fuera más de madrugada, en realidad esa hora es para los días de semana y no tenía porqué sonar el despertador si era un domingo, único día que puedo darme el lujo de dormir hasta un poco más. Aunque la pregunta igual me la hice, ¿qué pasa que está tan oscuro si ya se ven los primeros destellos del sol a esta hora?

Me levanté y apenas atiné a apagar el estruendoso ruido del aparato que dan ganas de tirarlo lejos y seguir con los ojos pegados a las sábanas, cuando me golpee contra el filo de la cama, todo porque estaba oscuro y yo dormido. No lo podía creer, nunca había proferido tantos insultos entre dientes, porque si llegaba a despertar a los demás, el que iba a recibir un camión de insultos e iba a tener que armar las valijas iba a ser yo.

Al final de cuentas me volví a dormir y todo quedó en eso. Silencio absoluto, aunque la madrugada del domingo nunca es silenciosa, sino todo lo contrario. Siempre hay quienes pasan gritando por la calle, como si no hubiera otra cosa para hacer que despertar a los que eligen quedarse descansando en casa, que lo hacen o porque ya tienen demasiadas noches encima y se aburrieron, o porque si salen por la puerta seguramente no entran más y tienen que ir derecho a comprar el diario al otro día para buscar donde dormir la noche siguiente.

Pero la mente humana viaja rápido, entonces entre el dolor de la rodilla que parecía que me la había partido en cuatro, porque me la había reventado contra el filo de la cama, no se si ya lo dije pero es necesario repetirlo porque así apaciguo el dolor, entre los gritos de algunos trasnochados que todavía estaban dispuestos a despertar al resto con sus frustraciones de un sábado a la noche por tener que volver con los mismos aburridos con los que habían salido de sus casas, cuando quizás salieron con las expectativas de regresar con alguien más divertida y que los haga dejar al Tarzán que llevan adentro, y entre el desconcierto por si era lunes o viernes, de noche o de tardecita, y encima yo sin reloj, me volví a la cama pensando que pronto soñaría estar en un paraíso.

Y así soñé que vivía en un país donde no había pobreza, todo era una playa enorme, con aguas oceánicas que acariciaban las costas del lugar mientras a mi me despeinaba el viento desde mi asiento frente al mar, tomando una bebida dulce y fría que me hacía sentir en equilibrio, sin stress, estaba en armonía conmigo mismo y encima, tenía todas las cuentas pagas.

No tenía horarios, mi familia jugaba feliz por las dunas de arena que componían los kilómetros  de playa limpia y sin olor, perodormidodejándome descansar y pensar en lo que yo quería, sin que ellos me impusieran todos los temas del día en la cabeza, porque también tengo ese derecho de vez en cuando, de querer algo, de pensarlo, al final de cuentas yo también existo, o mejor aún, lisa y llanamente también puedo no pensar en nada, desconectarme y quedar con la mente en blanco a ver si funciona y las ideas que ingresan son nuevas y me hacen recorrer otros caminos.

Solo se que era yo mismo y que podía pensar en todo o en nada, sin murmullos, sin números que sacar, sin calendarios, sin vencimientos de pago, sin el clásico ¿de dónde voy a sacar para pagar todo eso?

Tranquilo, sin problemas, sin nada agobiante que pensar, sin incomodidades, sin responsabilidades, sin situaciones complejas que resolver o apaciguar, sin teléfonos que atender, sin planes de acción que diseñar, sin tener que organizar el día siendo puntual como un relojito porque sino las 24 horas no alcanzan. Nada de esto. Estaba en la playa, hasta sentía como el agua me mojaba los pies. ¡Qué felicidad!

Para mejor, el país era perfecto. No había impuestos a los sueldos que pagar, las atenciones médicas eran un servicio altruista por el bien del prójimo, no existía algo tan diabólico como el BPS, y por eso no tenías que pagar para jubilarte porque cuando lo hicieras, el Estado te iba a tratar como a un Duque y te iba a dar todo lo necesario para que estuvieras bien.

Era un país donde todos se divertían, todos estaban relajados y en armonía, nadie pensaba en lo que iba a venir y en el aumento de nada, nadie se comía la cabeza pensando como llegar a fin de mes, ni agarraba ninguna calculadora para repartir el dinero entre las mil cosas que tenía que pagar, y a su vez, subsistir hasta el último día.

No había quejas y ni las mujeres de uno, ni los sindicatos reclamaban absolutamente nada, todos estaban más que conformes y agradecidos con lo que tenían en sus bolsillos y en sus casas, y esto, esto sí que era algo maravilloso.

No había que escuchar a político alguno, diciendo absolutamente nada de nada, las personas eran honestas y decían las cosas de frente le guste a quien le guste. Había mucha naturaleza y nadie pensaba en levantar una chimenea para que otros se quejaran, solamente jugaban con arena y agua, la que se sentía cada vez con más fuerza en mi cuerpo, reafirmando la sensación de que estaba en el paraíso. No había ni oficialismo ni oposición. No había chupamedias ni resentidos.

No había gente que jugara por la plata que le daban, sino por lo que sentían con el corazón. No había nada que me hiciera pensar en algo desgastante y que me aumentara la contractura que tengo hace años, sino que todo era distensión, paz y confort.

Hasta que de repente desde la reposera frente al mar, pateo un charco que me hizo sentir que el algo no andaba bien porque nunca en ese lugar podía haber un charco de agua, fue cuando me di cuenta que lo que sentía no era el mar oceánico, sino que parecía lo que se dice justamente un charco, y era que el pañal de mi hijo no había estado bien puesto porque con el maldito cambio de hora, hice cualquier cosa cuando sonó el despertador, menos de la manera que tenía que hacerlo. Ahí salté de la cama y me había olvidado de cambiar la hora, ya era tarde, recontra tarde, y no había hecho ni la mitad de las cosas que en mi estresada agenda me había propuesto el día anterior.

Ahí me acordé de las cuentas que tenía que pagar y de las cuales no había visto ni el recibo, del BPS, de la DGI, del Fonasa y de todas las maldades que han sido inventadas en este mundo real, de que no podía decir buenos días sin que me estuvieran diciendo qué cosas debían estar listas para qué hora, y encima, mientras me ocupaba de limpiar el agua de mar que no era, pero que sí me había mojado algo más que los pies, me volvió el dolor de rodilla porque el filo de la cama sí existe y todo esto por el maldito cambio de hora.

Hugo Lemos