Una fragmentación social que asusta

Domingo, doce menos diez de la noche. La calle estaba semi a oscuras, algunos autos se encontraban estacionados sobre la acera y el tránsito no era muy fluido a esa hora, salvo por los coches de transporte interdepartamentales que cruzan por la avenida Blandengues. El silencio nocturno se hacía sentir por momentos, lo que generaba relativa paz en el barrio.
Al rato, la locura. Los vecinos golpearon la puerta y dieron el aviso con cierto temor por la reacción de los dueños depobreza casa, de que les habían destrozado dos puertas del auto. A una la forzaron desde el perfil de la ventana del lado del acompañante y a la de atrás, le dieron con una piedra hasta hacer estallar el vidrio. El botín: una sillita de niño ya usada desde hace varios años.
Impávidos, los damnificados no daban crédito a lo que estaban viendo, porque esa importante cantidad de pequeños trozos de vidrio esparcidos por la vereda, no eran otra cosa que el resultado de la furia vandálica de algunos muchachitos que exponiendo sus miserias humanas, causaban un daño para encontrar algo que pudieran vender y seguramente consumir estupefacientes, ingerir alcohol o vaya a saber uno qué otra cosa. Ni siquiera para repartirse lo obtenido por ese triste botín, que vale treinta veces menos que el daño ocasionado, con el motivo de poder alimentarse. Algo que no alivia la bronca, pero al menos se ve con otros ojos.
Entre el murmullo que se daba en la oscura noche por los vecinos, donde la frase ¡qué barbaridad!, pudo escucharse reiteradas veces y hasta al unísono entre los presentes, a quienes los damnificados luego ni siquiera lograron identificar para agradecerles, por la confusión vivida esa noche, donde del descanso de la cama para levantarse temprano al otro día e ir a cumplir con las obligaciones laborales, pasaron en un segundo a ser la parte damnificada de un triste episodio que generaron trámites que llevaron algunas horas y que no los eximieron de la responsabilidad que debían cumplir al día siguiente, pasaron muchos pensamientos por sus cabezas que los llevaron a hacerse un replanteo acerca de muchas de las cosas que en el discurso les pueden sonar bárbaras, pero que cuando ocurren hechos como estos se desvanecen en un segundo.
La pobreza mental a la que estamos asistiendo profundiza una grieta social que muestra cómo la sociedad tal como la concebíamos, se está partiendo en dos. Se fragmenta de una manera importante y determina que por un lado haya asalariados en masa que corren detrás de un sueldo para poder cobrarlo y pagar sus cuentas. Pero de vivir ni hablamos. Para ellos no hay comodidades, darse los gustos, tener vacaciones o poder cumplir sueños que hagan valer la pena las horas y horas que le dedican a una labor que puede llegar a ser la mayor parte del tiempo paupérrima, aburrida, pesada y tediosa, pero da lo mismo, porque al sueldo lo cobran igual y eso genera una mediocridad nauseabunda que se traslada a todos los órdenes de sus vidas. Se llaman los estancados y así viven, durando, hasta el último día.
Pero más abajo que ellos están los que han sido “desdichados”, esos que el sistema los arrojó a la calle y necesita que existan, solventándolos para hacerlos sobrevivir ante un mundo que no ven, ni alcanzan más que por lo que ven en las películas. Ellos deben estar presentes, así los que mandan, los que dan las órdenes y son funcionales al sistema, los pueden usar como comodines cuando quieran.
De allí surgen esa clase de jóvenes que crecen en las calles, sin un hogar que les dé valores, que les transmita alegrías, ni principios, ni códigos de vida o que les enseñe que la riqueza no pasa por el tener mucho o tener poco, sino que pasa por lo que cada uno quiere en la vida, más allá de que sea un asalariado y dependiente de otro, o ni siquiera eso y esté a su suerte. La riqueza pasa por el valor que se le dé a la vida, al cuidar y querer a los hijos, a tener amigos, a perseguir los sueños de cada uno de nosotros hasta el final hasta alcanzarlos. Pero lamentablemente estos últimos no lo entendieron, porque su condición es la de sobrevivir sin querer entender mucho.
Y ahí se transmiten antivalores, como el del todo sirve, el resentimiento de querer sacarle al otro lo que tiene por no haberlo conseguido ellos, o el de menospreciar al resto por su condición de tal.
El daño material sufrido por las personas antes mencionadas va mucho más allá de ver a dos adolescentes, que son consumidores de estupefacientes buscando hacerse de algo a cualquier precio, para seguir drogándose, sino que como todo, tiene una explicación sociológica que es la de vivir en una sociedad que ha institucionalizado la pobreza con determinadas medidas, permitiendo que haya gente que no eduque, que crezca y se desarrolle por la vida sin responsabilidad alguna para con el otro, violando los principios contractualistas con las que se construyeron las sociedades modernas, dejando que entren y salgan del sistema a conveniencia de la burocracia, que no es más que una enorme maraña para confundir a la gente y dejar que siga habiendo algunos que dominan todo y otros que ni siquiera pueden pertenecer, aunque así lo deseen.
Creo que ahí está la raigambre del problema, en el permitir por parte de quienes tienen el poder de decisión, la presencia de antivalores, no creo en la profundización de la represión por sí sola, que es necesaria en ciertos casos, pero, ya que estamos en el tema, si la Guardia Republicana va a venir a Salto para sacarle la moto a los trabajadores y a los funcionarios públicos que se desplazan hasta su lugar de empleo, porque no tienen la libreta o la tienen vencida, en vez de poner puestos de vigilancia en las zonas complicadas de la ciudad y hacer operativos de control en los lugares donde se sabe que la delincuencia anda por la calle como Juan por su casa, ni siquiera queriendo dar un mensaje sobre el control social es que estamos buscando resultados que nos permitan pelear contra los antivalores que son el tema a terminar.
El problema es que la sociedad se sigue fragmentando a pasos agigantados, el control lo tienen unos pocos, el resto estamos indefensos y encima hay una ola creciente de excluidos a los que creemos que los ayudamos dándoles una tarjeta para que compren en lugares de segunda, víveres de tercera. Así, solo seguiremos viendo cómo aumentan los problemas y estaremos a años luz de que los mismos se resuelvan.

Hugo Lemos

 







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