Una mala forma de actuar

Los entrenan para que sean así, maleducados (por ser cautos con mis expresiones, después de todo, la semana recién empieza). De eso estoy seguro, porque de lo contrario no puede ser que todos los responsables, propietarios o quienes sean los encargados de tener gestoras de cobros y/o call center que se dediquen a perseguir deudores, o a simples clientes de tarjetas de crédito que se atrasen un par de días en abonar sumas irrisorias o algunas considerables, coincidan en contratar a los mismos prepotentes, altaneros y desubicados que son capaces de llamarte varias veces el mismo día con tal de  poder darles su merecido por el altavoz y presionarlos para que paguen.
Seguramente que el que se equivoca soy yo y el perfil del trabajador de un call center que se dedique a cobrar deudas, deba exigir las tres características que esgrimí más arriba. En realidad nunca miré un llamado de trabajo de esa naturaleza, así que no puedo asegurar nada. Por lo tanto, me quedo con la premisa con la que empecé este artículo, porque tampoco hay que matar al de abajo, si es el de arriba el que le impone ser así, ahora, también hay que prestarse para esas cosas.
El otro día me dice una persona que había perdido la factura de una tarjeta de crédito, cuyo importe era de 450 pesos, que se le pasaron dos días y recibió varios llamados, donde la indicación que le dieron para que abonara a través de los agentes de recaudación privados que tienen decenas de locales en la ciudad, no le funcionó, porque le faltó un dato que sí estaba en la factura que ella había perdido, por lo tanto se demoró unos días más en pagar “la deuda”. Pero volvió a recibir el llamado como no podía ser de otra manera.
El tema fue el trato que recibió. El: ¿por qué no fue a pagar?, reiterado tantas veces, siguiendo de un: ¿cuál es su excusa, a ver?, como si la persona estuviera mintiendo, y para terminar un: ¿usted me está tomando el pelo?, con un imperativo: ¡vaya a pagar ahora mismo! Lo que implica coacción, falta de respeto y una serie de epítetos de la que se hacen acreedores estos corresponsales de la confiscación del bolsillo ajeno.
Son soldados que cumplen órdenes del más vil patrón, el capital, y de algún avivado que quiere exprimir hasta el último centavo de cualquier tenedor de un préstamo o una tarjeta, recobrando lo prestado, el crédito accedido y muchos pesos de más, encima llevando a cabo un tipo de práctica insana, abusiva y que muchas veces por la manera en la que se conducen, rayan sin dudas en la extorsión, que es un delito sancionado en el Código Penal.
En otro de los tantos casos que han llegado a mis oídos, está el de una persona que mantuvo una deuda que cayó en manos de profesionales dedicados a la gestión de cobro, y tras hacerlo, recibió una propuesta que se puede decir inmoral y antiética con todo lo que suponen las buenas prácticas de los profesionales. La gestora de cobro le exigía pagar un monto mayor al doble de la deuda original, de lo contrario remitiría los antecedentes a la justicia, para generar un daño aún mayor. A lo que la persona prefirió exponerse a las injusticias de la justicia uruguaya, que ceder a la extorsión de los profesionales de la mal llamada “gestión de cobros”.
Se supone que los gestores de cobro deben buscar facilitar el camino para que los deudores contumaces, o los deudores habituales, salden sus problemas financieros y puedan incluso, de buena manera, con prácticas amistosas, correctas y leales a las buenas costumbres, allanarles el camino para que no vuelvan a incurrir en este tipo de situaciones, más allá de cuál haya sido el problema original que hayan tenido para afrontar sus obligaciones. Y encima derivara en el problema de no solo tener una deuda, sino además de tener que cruzarse en el camino con ellos, que están dispuestos a maltratar a todo el mundo, con tal de conseguir su propósito, e incluso a caer en prácticas extorsivas que solamente generan daño en las personas y una situación de violencia totalmente condenable.
Considero que este tipo de casos no son más que el resultado de la sociedad que tenemos en estos tiempos, donde impera la violencia, el destrato, la maldad, la mezquindad y la deshonestidad, pero sobre todo la desconfianza, donde en vez de pensar que hay que ayudar a la gente, se piensa en cómo generarle un problema mayor, en cómo hacerse de lo de uno y el otro que reviente, en donde la solidaridad pasa por darle monedas al cuidacoches y por negarle un vaso de agua al que te toca timbre por temor a que te roben, donde tampoco miramos a los niños que están solos y que nos hablan hasta buscando afecto en la calle, y donde no los vemos como tales sino como infantes problemáticos de los que debemos deshacernos, ignorándolos.
Eso se traslada luego a quienes son empleados por una empresa que se dedica al cobro de pesos de sus deudores y los hace destratar a las personas por el simple hecho de que tienen una deuda monetaria, los que con su falta de responsabilidad al actuar y hablándole a sus víctimas con cierta impunidad, generando un clima inapropiado para solucionar los problemas de la gente, pero como al parecer no es lo que buscan, con su proceder consiguen el resultado y agravan aún más los problemas de la gente.
En este momento el país atraviesa por un nivel de endeudamiento interno que se vuelve bastante inquietante, porque no hay soluciones al corto plazo. Se trata de uno de los índices de endeudamiento de la gente más relevante desde la última crisis económica del 2002. Todo parte de la falta de conducta económica de la gente y eso es así. Cuando hubo circulante y la gente pudo tener dinero en el bolsillo, se lo gastó sin medir consecuencias, lo hizo ansiosa por poder adquirir los bienes materiales que solo veía en televisión, un consumismo impulsado por el capitalismo, sistema en el que vivimos y aplicaremos sea cual sea el gobierno de turno, por más que algunos palurdos que se dan dique de algo, insistan estúpidamente en que vivimos en una social democracia, pero con un sistema implantado como éste, nadie midió que si compraba mucho, después tendría que pagar mucho.
Entonces comenzó a cobrar protagonismo la famosa calesita, donde para quedarse con dinero en el bolsillo, la gente pagaba el mínimo de deudas o peor aún, directamente no pagaban, entonces se quedaban con algo para gastar aunque las deudas comenzaban a crecer; principalmente con las empresas financieras, las mismas que primero les ofrecieron dinero a un muy bajo costo de devolución y con tasas de interés mínimas, a sola firma y entregándoles hasta caramelos de regalo con tal de que vayan a sus locales, son las mismas que ahora les caen con los dos pies y los acogotan, mostrándoles realmente la otra cara de la moneda.
En ese sentido, estamos generando un mundo de violencia, y de violencia económica, donde le decimos a la gente que se lleve dinero o que gaste y compre, porque no podemos regular el asunto sino afectaríamos la sagrada libertad de mercado, pero después si se atrasa dos días con la primera cuota, le mandamos una gestora de cobro, las que operan como una jauría de perros, para hacerles sentir todo el rigor que no le mostramos cuando fueron al local a llevarse el préstamo que le dimos a sola firma y por encima de sus posibilidades de pago. Incluso a sabiendas que darle más dinero del que puede pagar a una persona, es como darle una metralleta cargada a un niño de tres años.
Por eso reclamo, que la gente no sea tan ingenua y que mida sus posibilidades de pago, pero también que las prácticas abusivas, extorsionadoras y fuera de lugar de las empresas que se dedican a la gestión de cobros terminen con sus actuaciones que rayan en lo delictivo y que solamente generan más violencia, porque se trata de un abuso gratuito con el que tenemos que parar.

Los entrenan para que sean así, maleducados (por ser cautos con mis expresiones, después de todo, la semana recién empieza). De eso estoy seguro, porque de lo contrario no puede ser que todos los responsables, propietarios o quienes sean los encargados de tener gestoras de cobros y/o call center que se dediquen a perseguir deudores, o a simples clientes de tarjetas de crédito que se atrasen un par de días en abonar sumas irrisorias o algunas considerables, coincidan en contratar a los mismos prepotentes, altaneros y desubicados que son capaces de llamarte varias veces el mismo día con tal de  poder darles su merecido por el altavoz y presionarlos para que paguen.

Seguramente que el que se equivoca soy yo y el perfil del trabajador de un call center que se dedique a cobrar deudas, deba exigirdeuda las tres características que esgrimí más arriba. En realidad nunca miré un llamado de trabajo de esa naturaleza, así que no puedo asegurar nada. Por lo tanto, me quedo con la premisa con la que empecé este artículo, porque tampoco hay que matar al de abajo, si es el de arriba el que le impone ser así, ahora, también hay que prestarse para esas cosas.

El otro día me dice una persona que había perdido la factura de una tarjeta de crédito, cuyo importe era de 450 pesos, que se le pasaron dos días y recibió varios llamados, donde la indicación que le dieron para que abonara a través de los agentes de recaudación privados que tienen decenas de locales en la ciudad, no le funcionó, porque le faltó un dato que sí estaba en la factura que ella había perdido, por lo tanto se demoró unos días más en pagar “la deuda”. Pero volvió a recibir el llamado como no podía ser de otra manera.

El tema fue el trato que recibió. El: ¿por qué no fue a pagar?, reiterado tantas veces, siguiendo de un: ¿cuál es su excusa, a ver?, como si la persona estuviera mintiendo, y para terminar un: ¿usted me está tomando el pelo?, con un imperativo: ¡vaya a pagar ahora mismo! Lo que implica coacción, falta de respeto y una serie de epítetos de la que se hacen acreedores estos corresponsales de la confiscación del bolsillo ajeno.

Son soldados que cumplen órdenes del más vil patrón, el capital, y de algún avivado que quiere exprimir hasta el último centavo de cualquier tenedor de un préstamo o una tarjeta, recobrando lo prestado, el crédito accedido y muchos pesos de más, encima llevando a cabo un tipo de práctica insana, abusiva y que muchas veces por la manera en la que se conducen, rayan sin dudas en la extorsión, que es un delito sancionado en el Código Penal.

En otro de los tantos casos que han llegado a mis oídos, está el de una persona que mantuvo una deuda que cayó en manos de profesionales dedicados a la gestión de cobro, y tras hacerlo, recibió una propuesta que se puede decir inmoral y antiética con todo lo que suponen las buenas prácticas de los profesionales. La gestora de cobro le exigía pagar un monto mayor al doble de la deuda original, de lo contrario remitiría los antecedentes a la justicia, para generar un daño aún mayor. A lo que la persona prefirió exponerse a las injusticias de la justicia uruguaya, que ceder a la extorsión de los profesionales de la mal llamada “gestión de cobros”.

Se supone que los gestores de cobro deben buscar facilitar el camino para que los deudores contumaces, o los deudores habituales, salden sus problemas financieros y puedan incluso, de buena manera, con prácticas amistosas, correctas y leales a las buenas costumbres, allanarles el camino para que no vuelvan a incurrir en este tipo de situaciones, más allá de cuál haya sido el problema original que hayan tenido para afrontar sus obligaciones. Y encima derivara en el problema de no solo tener una deuda, sino además de tener que cruzarse en el camino con ellos, que están dispuestos a maltratar a todo el mundo, con tal de conseguir su propósito, e incluso a caer en prácticas extorsivas que solamente generan daño en las personas y una situación de violencia totalmente condenable.

Considero que este tipo de casos no son más que el resultado de la sociedad que tenemos en estos tiempos, donde impera la violencia, el destrato, la maldad, la mezquindad y la deshonestidad, pero sobre todo la desconfianza, donde en vez de pensar que hay que ayudar a la gente, se piensa en cómo generarle un problema mayor, en cómo hacerse de lo de uno y el otro que reviente, en donde la solidaridad pasa por darle monedas al cuidacoches y por negarle un vaso de agua al que te toca timbre por temor a que te roben, donde tampoco miramos a los niños que están solos y que nos hablan hasta buscando afecto en la calle, y donde no los vemos como tales sino como infantes problemáticos de los que debemos deshacernos, ignorándolos.

Eso se traslada luego a quienes son empleados por una empresa que se dedica al cobro de pesos de sus deudores y los hace destratar a las personas por el simple hecho de que tienen una deuda monetaria, los que con su falta de responsabilidad al actuar y hablándole a sus víctimas con cierta impunidad, generando un clima inapropiado para solucionar los problemas de la gente, pero como al parecer no es lo que buscan, con su proceder consiguen el resultado y agravan aún más los problemas de la gente.

En este momento el país atraviesa por un nivel de endeudamiento interno que se vuelve bastante inquietante, porque no hay soluciones al corto plazo. Se trata de uno de los índices de endeudamiento de la gente más relevante desde la última crisis económica del 2002. Todo parte de la falta de conducta económica de la gente y eso es así. Cuando hubo circulante y la gente pudo tener dinero en el bolsillo, se lo gastó sin medir consecuencias, lo hizo ansiosa por poder adquirir los bienes materiales que solo veía en televisión, un consumismo impulsado por el capitalismo, sistema en el que vivimos y aplicaremos sea cual sea el gobierno de turno, por más que algunos palurdos que se dan dique de algo, insistan estúpidamente en que vivimos en una social democracia, pero con un sistema implantado como éste, nadie midió que si compraba mucho, después tendría que pagar mucho.

Entonces comenzó a cobrar protagonismo la famosa calesita, donde para quedarse con dinero en el bolsillo, la gente pagaba el mínimo de deudas o peor aún, directamente no pagaban, entonces se quedaban con algo para gastar aunque las deudas comenzaban a crecer; principalmente con las empresas financieras, las mismas que primero les ofrecieron dinero a un muy bajo costo de devolución y con tasas de interés mínimas, a sola firma y entregándoles hasta caramelos de regalo con tal de que vayan a sus locales, son las mismas que ahora les caen con los dos pies y los acogotan, mostrándoles realmente la otra cara de la moneda.

En ese sentido, estamos generando un mundo de violencia, y de violencia económica, donde le decimos a la gente que se lleve dinero o que gaste y compre, porque no podemos regular el asunto sino afectaríamos la sagrada libertad de mercado, pero después si se atrasa dos días con la primera cuota, le mandamos una gestora de cobro, las que operan como una jauría de perros, para hacerles sentir todo el rigor que no le mostramos cuando fueron al local a llevarse el préstamo que le dimos a sola firma y por encima de sus posibilidades de pago. Incluso a sabiendas que darle más dinero del que puede pagar a una persona, es como darle una metralleta cargada a un niño de tres años.

Por eso reclamo, que la gente no sea tan ingenua y que mida sus posibilidades de pago, pero también que las prácticas abusivas, extorsionadoras y fuera de lugar de las empresas que se dedican a la gestión de cobros terminen con sus actuaciones que rayan en lo delictivo y que solamente generan más violencia, porque se trata de un abuso gratuito con el que tenemos que parar.