Una salteña que se destaca lejos de Salto

Conociendo a Rosario Lázaro Igoa

Lo suyo es la narración de crónicas y cuentos, también el periodismo escrito y la traducción literaria. Es autora de dos libros. En este momento se encuentra realizando algunas actividades en Australia, pero su vida transcurre principalmente entre Uruguay y Brasil (donde está culminando una Maestría en Traducción Literaria). Se llama R.L.I.Rosario Lázaro Igoa, tiene 36 años y es nacida aquí, en Salto. Es por lo tanto una más de los hijos de esta tierra salteña que lejos de ella han encontrado suelo más fértil para su quehacer artístico. Pese a su juventud, el currículo es amplio. De él destacamos: Es traductora literaria y periodista. Doctora en Estudios de Traducción por la UFSC, Brasil. Investigadora posdoctoral en la misma universidad, con un trabajo sobre crónica, periodismo y traducción. Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UdelaR, 2006). Del portugués al español, tradujo novelas de Raimundo Carrero, Beatriz Bracher y Rodrigo Lacerda, además de cuentos y crónicas de Luis Fernando Verissimo y Dalton Trevisan, entre otros. Coorganizó y tradujo una antología de textos de Mário de Andrade titulada Crónicas de melancolía eufórica (Alter, 2016). Colabora con la diaria y la revista Lento. En prosa, publicó los libros Mayito (2006) y Peces mudos (2016). Cuentos suyos han sido publicados en las antologías El descontento y la promesa (2008), Entintalo (2012), Exposición múltiple (2015) y Kafkaville (2015). Con la promesa de ampliar sobre su obra en próximas ediciones, seguramente medinate algún reportaje, compartimos hoy uno de sus relatos:

Barriga llena, corazón contrariado: Pequín y alrededores
En Pequín, los restaurantes tienen estratégicas vitrinas en las que invitan a la gula voluptuosa y al hartazgo imposible. Hay patos de piel brillante, hay ollas de sopa hirviendo en las que se zambullen verduras, y carne, y pollo, y pescado. No faltan mariscos indescriptibles que todavía se mueven a través de bateas gigantes. Platos dispuestos sobre mesas pomposas. Claro, hay también mucha gente que come, siempre, a toda hora, masca, embucha, eructa (a veces), carraspea, escupe sin piedad, y vuelve a comer. Los palitos bailan por la abundancia. Eso dentro de los miles de restoranes. En la calle, los panqueques rellenos de todo menos queso, los imposibles pasteles de Belém (Macao mediante), y las frutas caramelizadas, expuestas al aire malsano de la ciudad. Doblando la esquina, en los callejones, cachetea la puntada agria de la basura. Regarás con tu sangre la comida del pueblo, es el imperativo del que se embandera el escritor, uno de los personajes de Los cuatro libros, de Yan Lianke. Fines de los cincuenta y el Gran Salto Adelante, cuando a Mao se le ocurrió que con la industrialización vía acero y el trabajo rural en masa superarían a potencias como Gran Bretaña. Todo terminó en una hambruna monstruosa. Al cortarse la piel y dejar que brote su sangre, el escritor oscila entre la ofrenda vehemente y la franca autoeliminación. El niño, dirigente impredecible en sus premios y castigos, lo obliga a producir cantidades inalcanzables. Al desangrado, bolsa de huesos y de músculos y de miedo como cualquier otro ser humano, mientras riega el plantío de semillas, se le va la vida en eso, sin doble sentido. Las semillas crecen gordas, pero no alimentan a nadie. Es que el hambre atraviesa como una daga la alegoría cruda de Lianke. Se estima que más de treinta millones de personas murieron de inanición durante el experimento. Hoy comer equivale a alegría. Alrededor, caserío polvoriento. Menos de cien kilómetros de la ciudad perpetua, que brilla en el horizonte. Invierno. Cinco de la tarde y temperatura en picada. El próximo ómnibus vendrá recién dentro de doce horas. Se ven rostros felices a la mesa del único hotel del pueblo. Que es un hotel lo informó el único habitante que habla un poco de inglés. «Follow me, friendo», casi que obligó el hombre flaco y con mirada desencajada. Debe de haber aprendido inglés en alguna guerra, pensé mientras él arrastraba su bicicleta hasta la puerta del lugar. Olor a alimento en el aire glacial. Varios Mercedes estacionados a la entrada. Negocio un cuarto por señas. La familia ofrece cena. Al presumible exsoldado le pagan la comisión con una sopa y luego lo devuelven a la calle. Platos llenos de sobras apilados a un costado de la mesa. Puchos apagados contra lo que hace poco fue comestible. Dientes amarillos expuestos por los gritos y la risa, vaya una a saber de qué. El ruido del tren que lleva y trae carbón es un murmullo noche adentro. En una columna del New York Times de 2012, Yan Lianke reproducía con amargura la satisfacción de su madre al comer dumplings de carne en la cena de fin de año (chino, claro). La señora, tal como la retrata Lianke, supo decir con regocijo: «Ahora podemos comer dumplings rellenos de carne, tan seguido como solíamos comer pasto silvestre cuando éramos pobres». Después de las celebraciones, cuando Lianke se preparaba para dejar su pueblo en la provincia de Henan, la familia le pidió que se hiciera amigo del poder, como si nunca hubiera pasado nada. No hay tutía. O la dignidad o el estómago lleno, así lo estampa. Mientras tanto, Los cuatro libros todavía no fue publicado en China continental.







El tiempo

Ediciones anteriores

septiembre 2018
L M X J V S D
« ago    
 12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930

  • Otras Noticias...