Una visión diferente sobre la situación de citrícola

Recibimos y publicamos.

No quisiera dejar pasar estos momentos, donde la empresa está pasando una situación difícil, probablemente debido a problemas de competitividad, sumado a exigencias tanto estatales como laborales, no acorde a la situación de competitividad actual, no es para analizar las causas sino para colaborar en las cosas que pueden poner en duda la propia sustentabilidad de la empresa y la perdida de trabajo de todos sus empleados. Algunos pasajes de mi infancia me hacen recordar con gran admiración y agradecimiento como salteño, a una familia muy conocida en el rubro de la citricultura. Cuando niño, ya hace más de 50 años, iba con mi madre a una verdulería en la calle Agraciada, a comprar frutas y verduras. Era difícil imaginarse que quienes llevaban el canasto al auto para recibir la propina correspondiente por esa “changa”, serían las mismas personas que con el tiempo fueron capaces de construir una gran empresa, dando a una infinidad de salteños tanto trabajo y por tantos años. Hace un tiempo, sentado a las 6 de la mañana en un bar a la salida de Salto, vi llegar un ómnibus con 40 personas que iban a trabajar a alguna de las tantas chacras de citrus que existen en los alrededores de Salto. Supuse que iría a ser una jornada dura de trabajo para esa gente, asegurándose con ese jornal ganado, quizás no lo suficiente como todos quisiéramos, poder alimentar a su familia ese día. Pensé a su vez que esos trabajadores, movilizarían a una gran cantidad de personas generando también ingresos, el dueño del bar con sus ventas así como el chofer del ómnibus, el mecánico, el dueño de la estación de servicio que despacha el gasoil, el empleado de la estación, a toda la gente que vendió “insumos” para que hoy se pudiera tener una buena cosecha de naranjas.
Ese día la cosecha de naranjas sería transportada por un camionero, empacada y acondicionada por muchas personas más, cargada por un trabajador portuario para su exportación, un despachante y sus empleados trabajarían para tramitar la venta, el proveedor de los materiales de la oficina para el trabajo de este despachante, sumado al empleado bancario que trabajó en la línea de crédito para la exportación, los impuestos cobrados, obras de infraestructura efectuadas y sueldos de empleados públicos cobrados y quizás, el mayor impacto, todos esos sueldos generados y volcados a la plaza salteña, generando así un nuevo ciclo y el sustento de miles de personas. De esa manera se crea un sistema en cadena, movilizando y dando empleo a toda la sociedad, un sistema, consecuencia de la decisión de algunos empresarios con visión y empuje, simples personas, como cualquiera de la sociedad salteña, pero contadas con los dedos de una mano, ya que con las mismas posibilidades que todos, tuvieron una visión, trabajaron duro y con imaginación para crear su empresa, creando fuentes de trabajo y salarios para el sustento de tantas familias salteñas.
Es cierto también que estos empresarios no hubieran logrado nada sin el esfuerzo y aporte de sus trabajadores, que con su trabajo, van agregándole valor a un fruto que con mucho trabajo y dedicación, fue generándose desde la chacra. Es un ciclo, una cadena que se inicia con un, empresario capaz, una visión y mucho trabajo. No entendemos entonces por qué en lugar de llamarlos benefactores, de reconocer esos emprendimientos, dichos empresarios son llamados por algunas personas “explotadores”, por personas que han tenido exactamente las mismas posibilidades que ellos de formar una empresa igual. Esas mismas personas se hacen llamar defensores de la clase obrera, tal vez por su inexperiencia, su corta edad o para quizás para ocultar sus propios fracasos, conscientes de que aportan poco y nada a la sociedad, sin cuestionar sus buenas intenciones, terminan por influir a que muchas personas pierdan su único sustento. En tiempos donde se pregona una lucha de clases, creemos que la protección al más débil es parte del equilibrio que debe existir en una sociedad, pero si se hace desmedidamente, con resentimiento y sin pensar en el bien común, nunca se llega a buen puerto. Y el sistema se quiebra, destruyendo miles de empleos y debilitando aún más a esas personas que tanto se “quería” defender.
Leopoldo Amorim










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