Ursula K. Le Guin y las escritoras del futuro

Hace medio siglo, la escritora estadounidense fue pionera al crear “La mano izquierda de la oscuridad”, una historia llena de personajes que pasan por fases biológicas tanto de macho como de hembra.
La ciencia ficción tuvo dos nacimientos y en ambos hubo madre, pero no padre. Siempre se cita Frankenstein o el moderno Prometeo —que se publicó hace dos siglos—, de Mary Shelley, como la primera novela especulativa, pero ciento cincuenta años antes Margaret Cavendish le regaló a la historia de la literatura un libro mucho menos conocido pero igual de desafiante, El mundo resplandeciente, la primera novela europea firmada por una mujer. libros1 Publicada en 1666, se trata de una ficción de aventuras e ideas que explora un realidad oculta en las entrañas del planeta Tierra. La propia autora define su proyecto en las primeras páginas: “Es la descripción de un nuevo mundo, no como el de Luciano ni el mundo del hombre francés en la Luna, sino un mundo de mi propia creación”. Y a renglón seguido describe su estructura: “La primera parte es romántica, la segunda filosófica y la tercera es meramente imaginada, o (si así puedo llamarla) fantástica”. Como si tuviera que pasar siempre un siglo y medio para que una ficción especulativa creada por una escritora fuera reconocida por su importancia, hasta 1969 no volvemos a tener otro clásico irrefutable, es decir, luminoso, visible. Ese año se publicó La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin, que ganó con ese libro el Premio Nébula y el Premio Hugo a la Mejor Novela (que desde su creación en 1953 solamente se había otorgado a hombres). El cincuenta aniversario de su publicación brinda la oportunidad de reivindicar sus precedentes, de releer la obra y de cartografiar las irradiaciones de su autora en nuestro presente. Aunque el arte de la novela no tiene reglas, una de sus reglas no escritas es que toda novela en algún momento revela la clave para entender su propio título. Se trata por lo general de una frase, un párrafo, un diálogo en que se explica —directa o simbólicamente— por qué el autor ha optado por esas palabras y no por otras para bautizar a su obra. En La mano izquierda de la oscuridad ese fragmento parece encontrarse en la página 237 (Minotauro, 2018), en la que se reproducen los versos de la ficcional Balada de Tormer que rezan: “La luz es la mano izquierda de la oscuridad, / y la oscuridad es la mano derecha de la luz. / Las dos son una, vida y muerte, juntas”. Pero, en realidad, ahí solamente comienza un proceso de lento revelado del profundo sentido del título que tiene ver con la aceptación radical del otro, en toda su diferencia. Leemos en la página 270: “Luz, oscuridad. Miedo, coraje. Frío, calor. Hembra, macho. Es que tú eres, Derem, dos y uno. Una sombra en la nieve”. En esa obra maestra de la ciencia ficción en particular y de la literatura en general, las síntesis entre contrarios se reproducen en todos los niveles de la representación y de lo representado. La prosa y la oralidad, la novela y la poesía se van sucediendo para situarnos en un mundo —el planeta Gueden— que probablemente acogiera en el pasado remoto un experimento de manipulación genética que eliminó la polarización sexual mediante seres andróginos, y con ella la posibilidad de que hubiera guerras. Allí se ambienta la historia de Genly Ai, un embajador de la Federación Galáctica (o Ekumen) que llega en solitario para convencer a los habitantes de Gueden de que se unan a la poderosa institución que representa (y que no cree en las anexiones forzadas). Su gran aliado en esa empresa será Derem Estraven, un ministro y diplomático que le ayudará a entender una forma radicalmente distinta de enfrentarse a las relaciones personales, en las que ha sido eliminado el factor género.
Mucho antes de que se hablara cotidianamente de identidades líquidas, la gran escritora estadounidense imaginó un planeta en que la ambisexualidad es del todo verosímil, cuyos habitantes albergan fases biológicas tanto de macho como de hembra. Como siempre ocurre en la ficción especulativa, se trata de una estrategia para pensar con distancia en nuestro propio mundo. “Supongo que lo más importante, el factor de mayores consecuencias para la vida de cada uno, es nacer hombre o mujer”, admite el protagonista humano. Y después añade: “En cierto sentido las mujeres son para mí más extrañas que tú”. La relación entre Ai y Estraven, la puesta en escena de sus diferencias, deviene en la novela una metáfora colectiva, a través de la reflexión constante sobre la comunidad, la etnia, la especie, la patria: “No, no hablo del amor cuando me refiero al patriotismo, hablo del miedo. El miedo del otro. Y las expresiones de ese miedo son políticas, no poéticas: odio, rivalidad, agresión”, dice Estraven. En el proceso de la difícil amistad, casi amor, entre ambos personajes se refleja la dificultad de toda negociación entre ideologías o culturas distintas. Hija de antropólogos, Ursula K. Le Guin trabajaba en sus novelas con herramientas de lo que podríamos llamar una antropología utópica. Además de embajador o negociador o representante del Ekumen, su protagonista es una suerte de etnógrafo que intenta comprender las reglas de la realidad que pretende anexionar: “No estoy vendiendo progreso a los aborígenes. Hemos de encontrarnos como iguales, con una comprensión y un candor compartidos, antes que mi misión pueda siquiera empezar”. Su figura es un puente simbólico entre nuestra realidad y la de ellos. Y, al mismo tiempo, un acueducto cuántico entre 1969 y 2019. Las atrevidas ideas sobre género y sobre relaciones interespecies que Ursula K. Le Guin planteó hace medio siglo se han vuelto comunes en buena parte de la producción filosófica y narrativa de nuestra época. Las pensadoras Donna J. Haraway o Vinciane Despret, por ejemplo, recurren constantemente a su obra —y a la de otros grandes autores de ciencia ficción— para comprender nuestras interacciones personales y con especies compañeras. Y las más destacadas autoras de ficción especulativa de hoy han conseguido normalizar la presencia de escritoras en las esferas del éxito y del reconocimiento, siguiendo el camino de la maestra. Si en una conferencia de 1999, “Premios y género” (recogida en Contar es escuchar), la autora de Los desposeídos denunciaba que los premios recaían todavía a finales de los años noventa automáticamente en autores y no en autoras, en la nómina de los últimos años de los premios Nébula y Hugo predominan escritoras como N. K. Jemisin, Anne Leckie o Mary Robinette Kowal. Kameron Hurley —que pertenece a ese olimpo—lo dejó muy claro en el título de uno de los textos que antologó en La revolución feminista geek: “Secuestrar los premios Hugo”. “No, no hablo del amor cuando me refiero al patriotismo, hablo del miedo. El miedo del otro. Y las expresiones de ese miedo son políticas, no poéticas: odio, rivalidad, agresión”, dice Derem Estraven, uno de los personajes de <em>La mano izquierda de la oscuridad</em>. “No, no hablo del amor cuando me refiero al patriotismo, hablo del miedo. El miedo del otro. Y las expresiones de ese miedo son políticas, no poéticas: odio, rivalidad, agresión”, dice Derem Estraven, uno de los personajes de La mano izquierda de la oscuridad.
La literatura de ficción que crean asume como natural la revolución del género; pero la visión ecuménica de Le Guin ha dejado paso en sus libros a una visión moral sobre todo distópica. En Justicia auxiliar, Leckie cuenta en primera persona la historia de Justicia de Toren, antaño una monstruosa nave de guerra con dos mil años de existencia y una inteligencia artificial que controlaba a miles de soldados, que ahora ha sido reducida a un único cuerpo y una única identidad, la soldado Brecq. Humillada, se embarca en un plan de venganza. El poder, de Naomi Alderman, trama otra forma de venganza femenina cuando cuatro mujeres descubren poseer un enorme poder eléctrico, que puede alterar la jerarquía mundial.
En plena relectura global de El cuento de la criada, de Margaret Atwood (la otra gran referente del género, y de todos los géneros, junto con Ursula K. Le Guin), Louise Erdrich fabula la resistencia que una mujer embarazada protagoniza ante una teocracia castradora, en Un futuro hogar para el dios viviente. Mientras que El libro de Joan, de Lidia Yuknavitch, imagina un mundo posgenital y pospapel, en el que la piel se ha convertido en la superficie en la que se cuentan las historias de amor; y Las estrellas son legión, de Kameron Hurley, narra un plan de genocidio en un sistema de naves-mundo en absoluta decadencia, muchas páginas después de que la primera línea de la novela diga: “Recuerdo haberme deshecho de un bebé”.
La propia Hurley da una explicación interesantísima sobre el giro que se da entre la ficción especulativa de la época de Ursula K. Le Guin y la actual. Si para los autores que crecieron en los años cincuenta y sesenta fueron posibles universos más o menos armónicos y esperanzadores como los de Star Trek o el Ciclo del Ekumen, los de las décadas siguientes se formaron en la lectura ciberpunk, cuyas profecías se fueron cumpliendo: el poder omnívoro de las corporaciones y de la televisión condujo, en efecto, a regímenes autoritarios. “Cuando me planteo construir futuros más esperanzadores me pregunto si es la idea correcta”, escribe en su citado libro de ensayos, porque es posible que “los libros de apocalipsis terroríficos” fueron los que ayudaron a la humanidad “a evitar el desastre nuclear”. Y porque es importante que existan tanto los horizontes oscuros como los radiantes, pues de ambos —como nos recuerda la balada de Tormer— se nutre dialécticamente la realidad.
(THE NEW YORK TIMES)