Vale más el esfuerzo que la caridad

El recuerdo que tengo de cuando iba a la escuela, era que antes de entrar a clases teníamos que hacer una fila por orden de altura, tomar distancia y al entrar al salón debíamos decir ¡Buenos Días Maestro! Era lo básico y nos enseñaban a que siempre debíamos saludar a quien teníamos frente a nosotros, porque era la base del respeto y la convivencia de la sociedad en la que vivimos.
Hice primer año escolar en 1985, recién salidos de la dictadura militar, con resabios de aquella época pero en un aula a la que íbamos a aprender y en donde nadie nos hablaba de política partidaria, sino de tener educación, de tener conocimiento y de que el aprendizaje era fundamental para no quedar rezagados en la vida. educacion
Recuerdo cuando el maestro Carlos en una charla que tuvimos en el recreo, nos decía a un grupo de chiquilines, “ustedes tienen que estudiar gurises, para ser independientes y libres, recuerden que si repiten el año, hay miles que se colocan delante de ustedes y ganan las oportunidades que ustedes mismos podrían tener”.
Nos hacían hacer dictados, donde el maestro enunciaba conceptos y nosotros los escribíamos, luego alguien pasaba al pizarrón y los corregíamos entre todos, porque era un horror tener faltas de ortografía. El respeto por la túnica y la moña eran sagrados, cuando alguien no tenía moña, la propia escuela le proporcionaba una, así como los cuadernos, les daban unos de color gris con la estampa de José Pedro Varela en la tapa, porque ese era el concepto de igualdad e inclusión que se impartía en la época, la democratización partía de que todos íbamos con el mismo uniforme y recibíamos la misma educación.
Fui a la escuela pública, la vareliana, la de educación tremendamente laica y profundamente democrática. La cursé entre los años 1985 y 1990; en la actualmente Escuela Nº121, que funciona en el edificio de la Escuela Nº2 por la mañana. Allí aprendí valores que son intangibles y que hoy se perdieron por lejos. Que hoy ya no existen y en donde hoy ese concepto puro de laicidad y democratización de la enseñanza han quedado atrás por lejos. Tuve grandes maestros como el Coco Marazzano, Beatriz Proserpio, Beba Souto, Martha Roux, Oscar Baratta y la fallecida Ana María Grassi, que nunca nos hablarían de cuestiones ideológicas y respetaban a cada uno por lo que era.
Nunca se habló de voto verde ni del amarillo, de lo que había sido la dictadura, del presupuesto para la educación, de las políticas liberales ni de los presos políticos, no supimos nada de los maestros que estaban volviendo a las aulas después de haber sido proscritos por los militares, ni de los que habían sufrido tortura, exilio y cárcel, todos eran maestros con mayúscula más allá de su origen y pensamiento. Simplemente ellos iban a darnos clases, iban a hacer su trabajo y se encargaban de que nosotros aprendiéramos, el resto corría por cuenta de lo que nuestros padres nos enseñaran en nuestra casa, como debía ser.
Por lo tanto nunca supimos de la orientación política, religiosa o sexual de cada uno. Tampoco nos interesaba, todos éramos amigos y compañeros, estudiábamos, el que no lo hacía “quedaba regalado”, no era como ahora que es todo lo contrario, donde el que estudia es un gil y hay que hacerle bullying. El que tenía más de 30 faltas perdía el año sin excepción y el que sacaba menos de 50 sobre 100 en las pruebas anuales, que en el año había tres a modo de parcial de estudio, también. De esa misma escuela pública han salido profesionales exitosos, empresarios despegados, innovadores, creativos, políticos destacados, gerentes de empresas, hacedores de todo tipo. Y también buenos trabajadores.
Sin embargo, hoy las cosas han cambiado mucho, el resquebrajamiento de valores ha impactado de tal forma que hay niños que ni van a clases, muchos de ellos lo hacen apenas para tener el alimento diario en los comedores y pasan de año sin saber nada, porque existe algo que les causa un daño enorme y que es un desastre que se llama “pase social”, donde el gurí no sabe ni escribir, pero lo pasan igual porque la escuela tiene que tener menos índice de repetición y envueltos en una mentira gigantezca, dicen después que el índice de alfabetización es bueno. Cuando todos vemos lo que son nuestros adolescentes, que donde pones a un estudiante liceal frente a una división con quebrados no sabe donde está parado, donde te preguntan qué quiere decir la palabra “enunciado” o te miran con una ceja levantada si les pedís que te conjuguen el verbo pluscuamperfecto.
Lo que se conoció en los últimos días con el pobre joven que fue solamente 65 días a clases, no aprendió nada y aún así pasó de clase, no es algo más que lo que ya sabemos de nuestro decadente sistema educativo. Encima nos tenemos que tragar a la ministra de Educación María Julia Muñoz (que según consignó Vázquez a dos destacados periodistas durante la campaña electoral del 2014, sería designada porque era buena para trancar con los sindicatos de la enseñanza a los que Mujica les había dado mucho poder) decir que Wilson Netto, el actual presidente del Codicen, era el Varela de este quinquenio, porque bregaba por la educación secundaria universal. La pueril comparación no merece dos líneas.
Es algo que no me parece mal la secundaria universal, pero la discusión que debe darse acá no es el hecho que quieran que todos vayan al liceo en forma obligatoria como para tener algo más en el currículum, sino qué clase de liceo es el que le están ofreciendo a los más pobres, a los que no pueden pagarse un liceo privado, a los que deberán ir a clases para seguir cobrando la asignación, qué clase de programas académicos les van a dar, qué tipo de exigencias les impondrán y si realmente se dedicarán a enseñarles para que su concurrencia valga la pena.
Porque si solamente piensan ser flexibles en función de la realidad social de cada uno de los alumnos de contexto crítico a los que obliguen a ir a clases, para después mostrarlo como un logro del gobierno de turno, estamos fritos. Y seguiremos teniendo adolescentes y jóvenes que no saben lo que es un logaritmo, ni conjugar un verbo, ni un binomio y seguirán escribiendo con faltas de ortografía y mucho menos sabrán pensar. Y eso es lo que más me preocupa.
No podemos no premiar el esfuerzo. Y me permito recordar en este caso a mi querido amigo, hoy desaparecido prontamente con apenas 40 años de edad, Gonzalo Juan María Legnazzi, que sorpresivamente falleció hace poco, enterándome días después. Se fue sin decir chau, pero siempre hablábamos con él de su esfuerzo por aprender lo que tanto le costaba pero que tanto le gustaba, como era la carrera de abogacía y le metía para adelante sin escuchar pronósticos.
Él sí que hacía lo imposible por estudiar y salir adelante. La vida me dio el premio de haberlo conocido y de tenerlo desde ahora y siempre en el mejor de mis recuerdos como a una gran persona, que más allá de la profesión que tuviera o el cargo que ocupara donde fuera, era un tipo de cuya humildad, humanidad y amistad, los que lo conocimos deberíamos aprender algo. Gracias Gonzalo por lo que me enseñaste como amigo, siempre vas a estar acá, siempre.

HUGO LEMOS







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