Y Salto, ¿existe?

Es ese el primer verso del poema titulado Salto, del libro “Ciudades”, de Leonardo Garet, recientemente publicado y presentado en Montevideo por los escritores Hebert Benítez Pezzolano y Lauro Marauda. Son estas páginas un Leonardo Garetrecorrido poético por más de cien ciudades de los más variados puntos del planeta. Son impresiones que tuvo Garet al estar en cada una de esas ciudades pero que al transmutarlas a sustancia poética generan una voz que las dice a modo de postales construidas con palabras. Una voz que describe pero a su vez (re) inventa lugares y momentos, una voz que se limita a mostrar a la vez que se atreve a confesar. Poemas breves, con palabras sencillas y precisas y, al mismo tiempo, cargadas de infinitas sugerencias. Un libro que evidencia el oficio de un poeta que lleva más de cuarenta años practicándolo.

Al poema titulado Salto hay que leerlo en profundidad, quizás repetidas veces, para encontrar allí, de forma precisa y sin perder lirismo, prácticamente todo lo realmente importante que se puede decir de una ciudad: su geografía (“recostada al río…”), la idiosincrasia de su gente (mediante una crítica guiñada, cómplice y acusadora: “se aplauden entre ellos…”), su historia (“una leyenda de barcos…”) y tantas cosas más que subyacen tras cada verso. Este es el poema:
SALTO
Y Salto
¿existe?
¿es un árbol sobre un río de piedras
una trompeta caída
más cerca de los zapatos que de la boca
es una sola
o tantas?

¿Es una señora de piel perfumada
recostada al río
una herida luminosa
una historia de náufragos
que se aplauden entre ellos?

¿o es un recuerdo
un día de número desconocido
una leyenda de barcos

un sentimiento que inventa
el sentido de las calles
en cada amanecer?
Experiencia poética,
de viaje y del tiempo
La contratapa del libro presenta estas palabras de Hebert Benítez Pezzolano:
“Aunque parezca un poemario de viajes, con la impresionante multiplicidad cultural de los territorios urbanos brotando uno tras otro, Ciudades impone un mapa de la aventura poética. En cierto modo, el yo se prodiga en itinerancias que hacen de cada ciudad una interrogante sobe los avatares del existir. Por eso, tiempos y dimensiones históricas tan distintas como las que atraviesan Jerusalén, Ámsterdam o Salto, son zurcidos por una interioridad que desde su propio flujo temporal mueve el deseo de reconstruirse haciéndose memoria. Así, la experiencia poética es indisociable de la del tiempo. Los sitios visitados, reconstruidos en estampas de identidad incanjeable, desde las que el yo se recuerda, de pronto dan lugar a un espesor intenso que puede sentirse como el de una visitación de sí. El estilo asertivo de la poesía de Garet aflora mediante el confluir de marcas anecdóticas que conviven con reticencias cuyo laconismo deviene en sugestividad. La tensión resultante promueve dos certezas: que estas ciudades son tan consistentes como fantasmáticas; y que, enclavada en un lenguaje poético, la experiencia condensa, mucho más que un testimonio de viaje, el sentido de su vuelo”.