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La plaza estaba totalmente sola, no había absolutamente nadie. El calor inundó la ciudad y generó que mucha gente saliera de sus casas buscando consuelo al sofocante calor salteño, típico de esta zona de selvas y campos agresivos, o por el contrario, se metiera en sus hogares a disfrutar del aire acondicionado.

En ese momento, un taxista estaba sentado en la vereda a la sombra, esperando algún llamado que pudiera darse, pero ya entregado porque el intenso calor no le permitía desarrollar su tarea como debía. Buscaba agua y esperaba que al menos, el cielo que de momento se ponía plomizo aliviara con algunas gotas.

El verano en nuestro medio se hace intenso y para soportarlo hay que buscar alguna solución en una ciudad que cada año parece volverse un poco más caliente, pero que hace que haya panoramas desoladores durante estos días, porque nadie se anima a nada más que a salir cuando es debido.

Con todo, hay algunos que pese a esto disfrutan la temporada porque entienden que el calor salteño da para vivirlo y deleitarse con baños de agua fría en el fondo de las casas, en el club del lugar, en la zona de playas o en el Lago, mientras el taxista sudando decía “no hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista”.