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La vía pública estaba vacía, completamente. Podía alguien ir caminando por el medio de la calle que seguramente nadie iba a atropellarlo, porque ni siquiera había vehículos circulando. Era la mañana del 1º de enero y los vestigios de las fiestas de la madrugada anterior podían verse en las veredas y en las calles del centro de la ciudad.

Los restos de paquetes de fuegos artificiales vacíos y abandonados en la vía pública, esperando para que alguien los limpiara yacían en pleno pavimento, que a esa hora ya comenzaba a calentar. Bolsas de nylon, papeles, envoltorios de plástico y una serie de pequeños basurales se amontonaban por todos lados.

El primer día del año era la excusa para que los festejos duraran hasta la madrugada y eso solamente generó que la gente no se percatara que al día siguiente quizás no habría quién tuviera que limpiar ese desastre, simplemente contribuían al mismo sin problema alguno y que se arregle el que venga después.

Un policía terminando un procedimiento, una familia despidiéndose porque tenían la dicha de partir con el coche bien cargado, por lo que llevaban, a las lejanas playas del este del país, un par de novios comiéndose a besos en una parada del ómnibus y algún taxista buscando clientes, era algo de lo que podía observarse en una mañana completamente distinta.